La bailaora

Rita, la bailaora, en acción era un fenómeno de la naturaleza. La leyenda aseguraba que sus pies eran capaces de paralizar el viento y cesar el crecimiento de la hierba. Cuando salía al escenario temblaban los cristales al ritmo de sus tacones. El pulso, la respiración y hasta el parpadeo de los espectadores se quedaba en suspenso. Ni las moscas se movían cuando los  volantes de Rita se arremolinaban para bailar al compás de la guitarra y las castañuelas.

Solo una vez, un hombre osó romper la magia del suspense saliendo al encuentro de Rita en el escenario. Allí, delante de todo un público hipnotizado, se postró ante la bailaora para pedirle matrimonio.

Dicen los más ancianos del lugar que, muchos años después de la desaparición de ambos, aún sigue escuchándose el repiqueteo de los tacones de Rita sobre el tablao al llegar la medianoche.

 

Minificción  elaborada para los Viernes Creativos de Ana Vidal

Ilustración: Ina Hristova

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CASAS

 

Sentada en el diván le hablaba de mis ruinas. No era fácil. Él se hacía el profesional, pero yo le veía dar ligeros respingos en cada puerta que traspasábamos.

-Todos tenemos cuartos prohibidos, casas abandonadas -me dijo, cuando decidimos abordar la reconstrucción.

-La mía es un laberinto de cuartos secretos, de penumbra y telarañas -respondí-

y él:

-Ya estoy acostumbrado.

Pero no lo estaba. En cada habitación se asustaba más y, a veces, intercambiábamos puestos y era él quien se tumbaba en el diván y yo quién le guiaba.

-Esto no puede ser -me dijo en la última sesión que lo intentamos- No estoy preparado para esto, vamos a tener que cambiar de terapia.

Y así estamos desde entonces. Yo llamándolo a voces y él dentro de quién sabe qué ruinas, a las que llama su casa.

MVF ©

Micro elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Foto: reyes Velayos

El Bic Naranja

Pasando hojas

Supe que mi madre era una mujer árbol desde que era un niño. Siempre dejaba un rastro de hojas por casa. Las encontraba en el suelo, sobre las sábanas de su cama o en el escritorio de su habitación: hojas blancas repletas de letras negras, hojas rojas pintadas con tinta azul. Era un árbol capaz de estar inmóvil en las situaciones más comprometidas, en las que alcanzaba a hacerse casi invisible con su don de milagrosa quietud. En la adolescencia, viéndola temblar una tarde de otoño, semidesnuda, sobre un lecho de hojas doradas frente a la ventana cerrada de su habitación, le pregunté qué extraño viento la afectaba, estando como estaba al calor del hogar. Antes de que alcanzase a hablarme vi la respuesta en sus ojos, cuyo brillo apagaron de golpe las luces de los faros del coche de papá. Fue entonces cuando recogí las hojas del suelo y, con mucho cuidado, antes de que papá subiese, se las volví a poner. Al día siguiente, la animé a trabajar de mimo en sus horas libres, a seguir rellenando hojas blancas con tinta negra y, sobre todo, la convencí para llamar a tía Aurora, que era una maga de la restauración,  para que la ayudase a borrar todas y cada una de las manchas rojas y azules que cubrían su atlas corporal.

Resultado de imagen de mujer desnuda frente a lecho de hojas secas

Imagen tomada de la red.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros

#hombresyalgunasmujeres

Cita en Casa Blanca

La imagen puede contener: 2 personas, sombrero
Llevamos tanto tiempo distanciados que ambos habíamos perdido la cuenta de lo que hacía el otro. Convivíamos bajo el mismo techo pero sin tropezarnos. Cada uno en su mundo y en su habitación. No recuerdo ni en qué momento decidí apuntarme a una página de contactos. Me pesaban las noches sin dormir y los días dormitando. Por el chat comencé a hablar con un chico bastante simpático. No quisimos intercambiar fotos, porque los dos pensábamos que las imágenes casi nunca hacen justicia a la realidad. Nos fuimos conociendo “por dentro”, despacito, como quien no quiere la cosa durante un año y, al final, decidimos abrir la puerta al mundo real y vernos cara a cara.
Quedamos en un bar poco céntrico. Uno de esos refugios para adolescentes enamorados. Pese a que los dos rondábamos la cuarentena, seguíamos conservando el romanticismo. Él llevaría un sombrero a lo Bogart y yo un traje a lo Ingrid con blusa blanca.
En cuánto entré lo divisé sentado al fondo del local. Con el sombrero inclinado, mientras leía el periódico, no podía verle el rostro. Llegué hasta él y entonces levantó la vista para mirarme.
-Soy Quique –me dijo Enrique, a punto de partirse la caja.
-Joder, chico, cuánto hace que no te veía tan guapo!
¡Para que luego digan que la tecnología deshumaniza! Enrique y yo, por llevar la contraria, gracias al chat del ordenador volvemos a estar enamorados.
Manuela Vicente Fdez ©
Texto elaborado para el Blog Nosotras, que escribimos bajo la temática: Cita a ciegas

Entre tiempos

Cada vez que mudo mi piel me da por descalzarme, sentarme al borde del acantilado y contar los dedos de los pies. Comienzo siempre por el dedo meñique del derecho: cuento los cinco dedos muy despacio, como si los viese por primera vez. Después sigo con el dedo gordo del izquierdo, hasta el meñique y desde él continúo de nuevo hasta el otro pie. Cuento cien dedos en diez minutos, estirando el tiempo y la piel. Esto no tendría más transcendencia que una anécdota, si no fuese porque soy una sirena y jamás he tenido pies.

 

Microrrelato publicado en ENTC

                                      Fotografía: Benoit Courti

TENTACIONES

 

La imagen puede contener: nube, cielo, exterior y naturaleza
Fuente de la imagen: idEC

Le robé el novio a mi prima Berta. Fue ella quien me enseñó su foto, quién me contó que sus besos sabían a azúcar, quien me dijo que Paulo salía todos los domingos con su bici e iba hasta la antigua ermita. Allí le esperé, con la cadena de mi bici fuera de sitio y el corazón también.

 

LA PULSERA

Robé el billete de veinte euros de la cesta cuando el padre Ángel no miraba. Lo necesitaba para comprarle una pulsera a Amanda mejor que la que le había comprado Guille. Faltaba un día para su cumpleaños y llevaba un mes rogando que un billete de veinte euros estuviese al alcance de mi mano…

MVF©

 

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Textos elaborados para el blog Nosotras, que escribimos bajo el tema: Secretos

 

La obsesión de don Rigoberto

 

La imagen puede contener: personas de pie

 

 

Don Rigoberto no aceptaba el declive físico. Renegaba del paso del tiempo y no hacía otra cosa que hablar de su juventud, mostrando a todo el mundo fotos de cuando era joven y se comía el mundo a bocados, masticando como si fuese un chuletón de primera, la carne prieta de sus admiradoras que arriesgaban al billar el todo por una sola noche a su lado. Con el correr del tiempo, la figura de nuestro Tenorio se redondeó, pese a que el insistía en decir que seguía siendo el mismo frente al espejo. Fiel a su obsesión con la estética, invirtió todos sus ahorros en la futura criogenización de su cabeza con vistas a que, llegada la suma de los tiempos, pudiesen añadirle un cuerpo acorde a sus nobles características una vez completada la resurrección.

Cuando llegó su hora, los escasos familiares que asistieron a su sepelio, se santiguaban pensando que dentro del féretro iba el cuerpo descabezado de su pariente y no cesaban de temer una maldición. Maldición que sin duda no dejó de perseguir al fantasma de nuestro hombre, pues, desde ese momento y generación tras generación, todos afirmaban verlo, rondar los alrededores del Camposanto, así tal cual estaba, sin cabeza sobre los hombros, portando eternamente en la mano un retrato de su rostro en plena juventud.

MVF©

 

Texto basado en la imagen, elaborado para la sección Viernes Creativos, de El Bic Naranja

Eclosión final

 

La imagen puede contener: personas sentadas, árbol y exterior
Fotomontaje: Kevin Corrado

 

En cierta ocasión, en uno de mis paseos por el bosque, pude ver a la mitad de un hombre intentando asomar a la superficie. Me dieron ganas de ayudarle, a pesar de que había oído que todo intento de esta índole resulta penoso y contraproducente, que es como intentar ayudar a salir de su crisálida a una mariposa: lo único que se consigue es detener la madurez de sus alas que, sin esta lucha, serán tan débiles que nunca conseguirán volar. Lo vi, y el hombre me llamó por mi nombre, extendiendo sus manos hacia mí quizá porque, tiempo antes, yo misma había estado en su situación, debatiéndome dentro de mi crisálida y él me había visto. Lo único que pude hacer fue acariciar su torso desnudo, animándole a encontrar la fuerza para hacer asomar el resto del cuerpo y que no se quedase, por siempre, como tantos medio hombres que una encuentra a menudo por el bosque: con los pies en una parte y el corazón en otra.

MVF©

 

Propuesta basada en la fotografía y elaborada para Los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Amar hasta el final

La imagen puede contener: 1 persona, exterior
Foto: Karolina Bazydlo

 

Me llamo Amalia y cuando amo lo hago con intensidad y es curioso esto de la intensidad, porque no depende de mí, pero engancha. Tal vez por eso, ni en mi mente ni en mi corazón concebí nunca otra forma de amar. Ese amor tranquilo y sosegado que no agita tu sangre, del que suelen hablar los matrimonios con el correr de los años, no es el amor que yo quiero. Amontonar platos sucios en el fregadero hasta que decides romper unos cuántos, puede llevarte demasiado tiempo. Sé que hay gente que no puede entender mi proceder por más que intente justificarme, pero yo creo que, en realidad, le hice un favor a Enrique cuando salí corriendo minutos antes de presentarme ante el altar. Le ahorré el disgusto de oírme hacer gárgaras por las noches, verme dormir con antifaz y levantarme llena de legañas, o de encontrarme con dos rodajas de pepino sobre los ojos al llegar a casa; pero, sobre todo, le ahorré tener que verle echando panza frente a la tele, con varios botellines de cerveza y restos de pizza a su alrededor;  peleándose con su reflejo al hacerse la raya al lado para cubrir la azotea de sus ideas, o enfrentándose al duro momento de tener que aceptar una excusa para dormir en camas separadas.

Sí. Cuando vuelvo atrás en la memoria y me veo frente al espejo, adornada y decorada como todas las novias que se precien, me alegro de verme lanzar los zapatos blancos al aire, de rebuscar en el armario hasta dar con las botas de montaña negras y de salir disparada (y remangada) con el mismo vestido de novia y la tarjeta de crédito escondida bajo la ropa, rumbo a cualquier lugar lejos de aquel en el que aborrecernos juntos.

Texto basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Viajes

 

Foto: René Maltête

 

En todas partes, y no solo en Venecia, hay mujeres sirenas. Mujeres que, al llegar la noche, se llenan de escamas, sus piernas se unen en una larga cola de pez plateada. Esas mujeres, pocas, bajan a las profundidades. Y encuentran marineros perdidos, que están a punto de ahogarse. Los salvan del abismo del mar, despejan la sal de sus bocas, peinan sus cabellos enmarañados. Los conducen hasta la orilla, mientras susurran canciones en sus oídos, dulces canciones que les regresan de sus siniestros, de sus escarpados viajes. Yo conocí una vez a una sirena, cuando estaba a punto de ahogarme. La conocí y le pedí que se quedase conmigo. Y ahora, en las noches más oscuras, descendemos los dos a bañarnos.

Texto elaborado para la página Esta Noche Te Cuento bajo la temática: “Sirenas”

ENTC