El juego del mariscal

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Hacienda de la Gorvorana (Realejo Alto, Tenerife 1757)

Ha logrado burlar la vigilancia de todos y entrar a pleno día en el despacho de papá. Sabe del escondite secreto de los soldados y no tiene miedo a caerse de la silla con tal de llegar a su objetivo. Una vez se hace con el botín, se sienta a la mesa y despliega toda la artillería, en la que no faltan bergantines de guerra con sus cañones. Agrupa a los soldados según el color de su uniforme y saca del bolsillo de su pantalón un pañuelo, que extiende  para simular un ancho mar que separa ambos bandos.

Tan entretenido está el niño en surcar los mares a través del fuego enemigo, en sobrevivir a emboscadas y salir victorioso en su estrategia, que no oye el ruido de pasos acercándose ni se da cuenta de que han abierto la puerta.

Su padre, Matías de Gálvez y Gallardo, Virrey de la Nueva España, cambia en un instante el rictus de contrariedad de su rostro, al ver invadido de esta forma su despacho, por un gesto de complacencia  al fijarse en la concentración del hijo que juega, voluntarioso y con brío, a ser militar. El Virrey padre, carraspea y ante la súbita sorpresa infantil, pregunta con voz firme:

―¿Qué estás haciendo, Bernardo?

―La guerra, padre, la guerra ―contesta el niño.

―Ah, sí ¿Y cómo va la empresa?

―Muy bien, mira:

¡Yo solo, como un valiente, cruzo el fuego en mi bergantín y logro la victoria!

 

MVF©

Relato que quedó finalista en el concurso de Zenda libros organizado bajo el tema:

“Papel de España en la guerra de la independencia de  los Estados Unidos”.

#bajodosbanderas

Fuente de la imagen: todoababor.es

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LA CASA DEL VIEJO

 

Fuente de la imagen: ibytes.es  “Boys card game”

 

Relato finalista en el II Premio  de Relato Breve convocado por el semanario Las Nueve Musas (Oviedo)

 

La casa en la que vivía el viejo era la más antigua del lugar, tanto, que se creía que había sido la primera casa del pueblo. Sus ancestros habían ayudado a la orden de los franciscanos desde tiempos inmemoriales. Ayudaban en las cosechas, en la restauración del convento y en lo que hiciera falta, quizás por ello, el viejo gozaba del respeto de los religiosos. Fray Rufino, el guardián del convento, le tenía en mucha estima y con frecuencia mandaba a los hermanos a llevarle diversos productos de la huerta. Los niños del lugar no compartíamos el mismo sentimiento por el anciano. Acostumbrábamos a llamarle viejo pese a la corrección de nuestras madres, que insistían en que nos refiriésemos a él como señor Demetrio, pero nosotros le llamábamos viejo a conciencia, porque nos resultaba gruñón y antipático.

Estábamos en los terribles años de 1942 en una Italia entregada a la causa nazi. Los niños de Perusa vivíamos la escasez en nuestras carnes y nos fastidiaba ver el privilegio con el que contaba el viejo ante la población y la orden de los franciscanos.
Burlábamos la vigilancia de nuestras madres y, si el tiempo era bueno, jugábamos a molestarlo. Sobornábamos a su perro con restos de comida, y entrábamos en su propiedad para tirarle piedras a los balcones, golpear con fuerza la aldaba de la puerta, y escapar corriendo en cuánto le divisábamos. Los más osados intentaban colarse dentro de la casa para amedrentar después a los demás contando siniestras historias, como que el viejo coleccionaba cosas extrañas y que guardaba en su despensa tarros llenos de formol con restos humanos. Las malas lenguas decían que andaba en tratos con el diablo y que los monjes, para que los dejase tranquilos y no trajese el mal a la aldea, le llevaban alimentos como una forma de mantenerlo a raya. Los chicos más mayores iban aún más allá de todo esto y aseguraban que los religiosos le llevaban, en medio de las viandas, cuidadosamente escondidos, restos que iban a parar a su laboratorio, como embriones de mujeres que habían sufrido abortos, o muñones amputados provenientes de la enfermería del convento. A decir verdad, yo no creía nada de esto y tenía al viejo por buena persona, a pesar de su talante huraño. Poco a poco, fui desligándome del grupo poniendo excusas para quedarme en casa cuando insistían en molestar al pobre hombre, pero, sabedor de sus planes, no dejaba de sentirme cómplice por mucho que me retirase, por lo que pronto urdí otro plan para contrarrestar el de ellos: me haría amigo del viejo y, entre los dos, los alejaríamos. Fue así como mi amistad con Demetrio comenzó a fraguarse.

El primer día que acudí a su casa lo hice con la excusa de llevarle unas viandas del convento en lugar del hermano Bruno, al que intercepté con el encargo por el camino. No olvidaré la expresión del anciano al abrirme la puerta. Intenté convencerle de que mi intención era buena pero, sin darme tiempo, cogió el cesto con la comida y me cerró la puerta en las narices. No me di por vencido y continué rondando su propiedad y ofreciéndole mi ayuda ante la menor excusa. Tanta fue mi insistencia que, al final, una tarde lluviosa de invierno en la que acudí de nuevo con unos tarros de mermelada de parte del prior, se compadeció de mí al verme empapado y me hizo pasar para que me secase las ropas junto al fuego. Demetrio era hombre de pocas palabras, pero generoso de puertas adentro. Sin importarle mis quince años, me invitó a un café irlandés y me ofreció su pitillera. Fue la primera persona en tratarme como a un adulto y eso le granjeó automáticamente mi respeto. Entre él y yo se estableció una extraña relación, y pronto pasé a ser su chico de los recados, a cambio él me daba propina y eso me daba cierta independencia a una edad en la que disponer de algo de dinero te amplía el mercado de posibilidades. Me pagaba también por tareas de poca monta, como segarle el césped, ayudarle a colocar una verja, o recoger el ganado. Demetrio contaba con un rebaño de cabras y ovejas de las que sacaba leche, quesos y mantequilla que luego vendía en los colmados del pueblo. Lo mismo hacía con los huevos de las gallinas o con los animales que cazaba, pero a mí no me cuadraban nunca las cuentas, pues muchas veces le acompañaba en sus cacerías, y el número de los venados o conejos que cazábamos era muy superior al número de los que vendía. Él me explicaba que el invierno era largo y que metía muchas piezas en el arcón refrigerador, en previsión del mal tiempo o de cualquier imprevisto que le impidiera salir de caza. Como yo era joven y, a fin de cuentas, no era asunto mío llevar la contabilidad del viejo, no me preocupaba mucho por estos detalles, pero no podía evitar que la duda se me instalase entre ceja y ceja, y regresase a mi memoria parte de la leyenda que envolvía al hombre, cada vez que veía como Demetrio tan solo vendía una de cuatro partes.

Descubrí su secreto, como suele pasar con la mayor parte de los descubrimientos importantes, por pura y simple casualidad. A estas alturas de mi amistad con Demetrio, contaba yo con una llave de seguridad para entrar en su casa en caso de urgencia, siempre que fuese estrictamente necesario. Conocedor de la reserva de mi amigo y de lo importante que resultaba para él mantener su intimidad no había hecho uso de ella hasta aquel día en que, después de golpear la puerta varias veces sin obtener resultado, decidí emplear la llave para poner a salvo las botellas de vino y las truchas escabechadas que acababan de enviarle por mí desde el convento, y, tras dejarlas encima de la mesa de la cocina, ya me iba cuando llamaron mi atención unos ruidos que provenían del fondo de la casa.

Extrañado, agucé el oído pues me pareció oír la voz de Demetrio, y otras voces desconocidas que le contestaban. A mi mente vinieron entonces las murmuraciones y leyendas sobre la actividad del viejo y a punto estuve de abandonar la casa pero, tal como afirma un antiguo dicho, la curiosidad mata al gato. Mi naturaleza impulsiva no podía dejar de lado la oportunidad que se me presentaba así que, con especial sigilo, busqué la puerta del sótano y comencé a descender, muy despacio, por sus escaleras empinadas. A medida que descendía palabras comprometedoras fueron llegando a mis oídos: pasaportes, salvoconductodeportados. Al darme cuenta de lo que allí ocurría quise volver sobre mis pasos sin que me viesen, pero ya era tarde. El crujido de una tabla al descender les había alertado de mi presencia.

―¿Quién va? ―preguntó el viejo Demetrio con una voz de mando que le desconocía, al tiempo que sentí el ruido de  una pistola al cargarse.

―Soy yo, Demetrio ―dije con un hilo de voz, mientras me agachaba por puro instinto.

El grupo de hombres y mujeres allí refugiados  ―pues tal era la palabra que los definía― no se ponían de acuerdo en qué hacer conmigo. La mayoría opinaba que su seguridad estaba en peligro y que era imposible que un chiquillo como yo mantuviese la boca cerrada. Aunque Demetrio estaba de mi parte, no dejaba de estar enojado, pues quedaba en una posición ante los demás que le obligaba a tomar responsabilidades. Tras largos momentos de tensión y juramentos en los que la mirada del hombre  me fulminaba a cada segundo,  acordaron que la única garantía que podían tener de que yo no hablase era dejarme allí encerrado. Ante mi cara de susto y perplejidad, Demetrio se aprestó a tranquilizarme.

―No te preocupes, chaval. El guardián del convento hablará con tus padres y les convencerá de que te hemos encargado una misión.

Comprendí que los religiosos eran sus aliados para acoger a los judíos y de ahí venían las continuas entradas de alimentos que le procuraban. De pronto cuadraron en mi mente las cuentas de adónde iban a parar los animales de caza que el viejo no vendía, las botellas de vino, y las ingentes cantidades de leña que almacenaba. Al mirar con detenimiento  las caras de aquellas gentes pude ver el sufrimiento en sus ojos, la amargura en el rictus de sus labios, pero también la esperanza en los rostros de los más jóvenes, pues había niños y adolescentes allí en los que antes no había reparado.

Fue así como comenzó una nueva etapa en mi vida, marcada por el encierro con los exiliados judíos que habitaban en el trasfondo del sótano de Demetrio, pues el sótano, propiamente dicho, no terminaba dónde parecía, sino que contaba con una puerta oculta, que daba lugar a otras escaleras, por las que descendían los refugiados al caer la noche para llegar a otro refugio más profundo. Durante el día, todos ellos ascendían al segundo sótano para recibir un poco de luz, que entraba fugazmente a través de un pequeño ventanuco. Se cuidaban mucho de descender en cuánto Demetrio tocaba un timbre que tenía conectado al refugio desde la parte alta. Aquella tarde yo le había dicho a Demetrio que no vendría porque tenía que estudiar para un examen de historia pero, en el último momento, me había llamado el hermano Bruno para entregarme las botellas de vino y las truchas que pensaba tener listas al final de la semana y, debido a un cambio de planes en la organización, habían preparado antes. Todo pareció confabular, en resumen, para que yo me quedara encerrado en el refugio con los huéspedes de Demetrio, y conociese de primera mano parte de los horrores del holocausto. Algunos de ellos habían perdido a sus padres, esposas, hijos, madres, hermanos y demás familiares, de mano de los oficiales hitlerianos. Hasta entonces, Auschwitz, Dachau, Gross-Rosen, no eran más que palabras pronunciadas a media voz y a las que aprendí a sumar otras, como Risiera di San Sabba, en el que las condiciones de vida eran míseras pese a no ser deshumanizantes como en los campos de Alemania. Conocí la tristeza de no ser nadie, de perderlo todo y de depender de la caridad de los demás para sobrevivir pero, sobre todo, gracias a este encierro forzoso, tuve la oportunidad de conocer a Amanda.

Yo tenía dieciséis años en aquellos momentos, tres menos que Amanda. Ella era una joven muy culta, a la que le encantaba leer, de una belleza sin igual. Sus ojos almendrados te miraban de tal manera que no podías ocultarle nada. En el medio de la oscuridad del refugio, su piel blanca resplandecía ante la escasa luz de que disponíamos, como si se tratase de un diamante. Había conseguido traer, entre sus pocas pertenencias, unos pocos libros, sobre cuya lectura volvía una y otra vez, siempre que la luz se lo permitía. Fue ella la que me contó la historia de su pueblo, la que me habló de política y de los sueños de grandeza delirantes aprovechados para hacer germinar la idea de La gran Alemania como excusa para conquistar el mundo. Pero no solo de política se nutrió nuestra relación. Con Amanda era posible hablar de cualquier tema, inabordable con cualquier otra chica. Yo la veía como una maestra, por mucho que ella, de naturaleza humilde, se restase méritos; podía sentir cómo mi mente se abría al hablar con ella, para encontrar las respuestas a lo que preguntaba. No me preocupaba estar en el refugio, al contrario, mi obsesión era irme con ellos cuando consiguieran marcharse, para seguir al lado de Amanda. Incluso le planteé mis deseos a Demetrio, que me miró como si estuviese loco y los desechó de inmediato.

Cuatro meses de aquel otoño-invierno de 1943 fueron los que pasé encerrado en los sótanos de Demetrio, y puedo asegurar, sin ningún temor a equivocarme, que fueron los más intensos y provechosos de mi existencia. No solo en el terreno sentimental, sino en el conocimiento de la naturaleza humana y en su inmensa capacidad de recuperación, de seguir adelante en las circunstancias más adversas e inesperadas que la vida pueda ponernos por delante. No dejó, ni por un momento, el viejo Demetrio que me relajase en mis responsabilidades con la excusa del encierro, sino que aprovechó para encomendarme que, dado mi repentino interés por la lectura y los acontecimientos políticos, llevase un diario de todo cuánto sucediese en el sótano además de la contabilidad de los gastos. Ese sería el proyecto con el que se me conocería, una vez terminada la etapa funesta que nos tocaba vivir. No dejaba de sorprenderme mi amigo con su conducta y sus intentos para animarme a formar parte activa de la historia. Tanto que solo ahora, con la escuela que dan los años, llegué a formarme una idea del formidable hombre conocido como el viejo de la colina, que vivía en un pueblo de Italia.
Cuando llegó el día en que, finalmente, llegaron los pasaportes y salvoconductos que necesitábamos para que los hebreos pudiesen continuar su camino, sentí desgarrarse una parte de mi alma. Sabía que no podía ir con ellos, abandonar a mi familia e intentar labrarme un futuro incierto al lado de una mujer increíble cuando yo no tenía más que dieciséis años. La infinita paciencia y razonamiento de Amanda, que soñaba con poder ser un día una buena maestra, me hizo ver, aunque a regañadientes, que nuestros destinos tenían que separarse. La noche antes de partir la pasamos leyendo juntos pasajes del reciente libro de Saint Exupèry: El principito, y nos cambiamos nuestros nombres por Rosa y Zorro. Me quedé con el libro, y con el obsequio de una foto suya que me dejó guardada dentro del mismo y dedicada, en su parte posterior, con una de las frases célebres del cuento:

Siempre estaré contigo. Recuerda que «lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque prometió escribirme a casa de Demetrio, nunca llegué a recibir sus cartas. El viejo héroe murió poco tiempo después, a causa de un fulminante ataque al corazón que nos dejó a todos conmocionados. Su casa fue derribada con el tiempo por sus sobrinos, los cuales construyeron en el terreno un hostal al terminar la guerra, sobre cuya fachada hicieron poner una placa que reza:
Antigua casa de Demetrio Belgrano, bajo cuya tutela numerosos judíos pudieron salvar sus vidas del holocausto nazi.

Los monjes franciscanos se alegraron de verme regresar a mis estudios y, cuando tuvimos que partir de la aldea por el traslado de trabajo de mi padre a otra localidad, nos brindaron gustosos cartas de acogida para otros conventos de la orden, por si en alguna ocasión llegábamos a necesitar de ayuda, así como las puertas abiertas del suyo para venir a visitarlos. Terminé con éxito la carrera de medicina y, a mi vez, intenté seguir ayudando a mis semejantes en todo cuánto, Amanda y todas las personas que estuvieron conmigo en aquellos oscuros tiempos, me habían enseñado.

 

Manuela Vicente Fernández
Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

 

 

 

 

 

 

 

 

Enfriando el champán

Cristina agarra el punzón y lo clava con fuerza en el hielo. Pica hielo pensando en los invitados que están a punto de llegar para la cena de fin de año. Pica hielo pensando en su exmarido que este año vuelve, como los malditos turrones por Navidad, a cenar en su casa. Y ella consiente por sus hijas, siempre las hijas, que se han puesto de acuerdo, como buenas gemelas, para insistir en cenar con los dos. Ni con la una ni con el otro: con los dos, como si no supiesen lo que se cuece, que hace tiempo que no son niñas y no ignoran que él se acaba de dejar con la última Barbie, la de las tetas de goma y culo con relleno con la que iba al gimnasio todos los días; vaya por Dios, con lo monísima que era… Y sigue picando hielo mientras piensa en su padre, que ha pedido el alta voluntaria en el hospital, tras prometerle por centésima vez que está limpio, pero que aparecerá por la puerta con varias botellas de vino blanco, cava y quien sabe más, y al que pillará bebiendo en la cocina, mientras sostiene el abridor con la otra mano y pone cara de res camino del matadero: ¡Estaba probándolo, Cristina, hay que ver cómo eres! Y esta Cristina sigue picando hielo y más hielo, porque sabe que le va a hacer falta. Le va a hacer falta para enfriar un poco la calentura interior que amenaza con convertirse en volcán y estallar escupiendo lava. Lava y más lava. Ardiente lava, que arrasará con la cara de bobo de su ex, con la sonrisa bailona de su padre y con los novios de las gemelas, cubriendo los dientes largos de bruno y el pelo engominado de Toni, el yernísimo. Sí. Cristina sigue picando hielo para la cubitera. Hielo y más hielo, sin darse cuenta de que hace tiempo que está sonando el timbre de la puerta y los teléfonos de la casa también comienzan a sonar.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros, bajo el lema: Cuentos de Navidad.

CuentosdeNavidad

 

El cuento que me contaron

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Fuente de la imagen: Inevery crea

Ayer Nadia me habló de la Navidad.  Me contó que es una tradición de Occidente que, por curioso que resulte, hunde sus raíces en  Oriente y toma elementos griegos, e incluso de los antiguos ritos celtas, para acabar mezclándose con leyendas de los países nórdicos y sajones. Vaya cuento ese de la Navidad, en la que un obispo con su sayal rojo acaba convertido en un anciano rechoncho vestido del mismo color pero con chaqueta y pantalón y  una larga barba blanca al que, para más inri, se refieren como si fuese una mujer: Santa Claus, e incluso en algunas zonas con nombre de padre: Papá Noel. La tradición cristiana nos habla asimismo de otros tres hombres que resultan ser tres Reyes Magos, que regalan al niño Dios que acaba de nacer por obra y gracia del espíritu santo de una joven virgen casada con un anciano, tres grandes dones: oro, incienso y mirra, que simbolizan, en ese orden, lo material, lo espiritual y lo sagrado. Pues me ha contado Nadia que para celebrar la Navidad, cuyo nombre quiere decir renacimiento, se regala a los niños  juguetes y cosas que ellos mismos han pedido antes en largas cartas dirigidas a los almacenes de los Reyes Magos o del orondo Papá Noel. No se les regala mirra ni incienso, quizás porque el oro, como primer elemento de la lista, oculta con su brillo a los otros dones. Yo no se cuál es la verdad, pero creo que esos niños de Occidente tienen una suerte morrocotuda, porque les caen del cielo regalos que a los demás nos están vetados cuando debería ser al revés. Nosotros, los niños migrantes desheredados (*), nos acercamos más a la historia de ese Dios que nació en un pesebre sin más calor que el que le daba una mula y un buey, y al que alguien birló  el oro en un descuido.

 

 

(*)Crisis migratoria de niños (BBC)

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros:

#cuentosdeNavidad

Los tres tratos

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madastra, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a darle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle, y todos ellos pasaban largas horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tanto fue mi pavor y tan mala cara puse que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de gravedad. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico  solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar a las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendar el cuidado de mi alma. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en mi busca. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras muchos años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado a casa de un sacerdote para confesarle. Nada más llegar a su vivienda me encontré con la siniestra conocida, haciendo guardia en la puerta de entrada. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para abordarla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti, a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para acoger la promesa de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo… ―murmuré, confundido.
La muerte me miró con sorna y lanzó una gran carcajada. Como viese que yo seguía esperando, explicó:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
― ¡Vaya, debí haberlo figurado!―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, acoger la promesa de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el sacerdote que te ha llamado no es otro que el que te confesó en su día. Ya entonces estaba gravemente enfermo pero,  a cambio de tus largos años de oración, su tiempo le fue alargado.

 

Texto presentado a Zenda libros, con motivo del concurso Historias del día de muertos (con la palabra México incluida como premisa)

#DíadelosMuertos

La matrioshka del cuadro

 

Fuente de la imagen: thumbs.dreamstime.com

 

Cuando la vi me recordó  esas muñecas rusas, tan redondas y coloradas, vestidas de alegres colores. Estaba embarazada y ese detalle fue el que me llevó a verla como una auténtica matrioshka, que quise inmortalizar para siempre. Deambulaba por el mercado de la feria medieval, como buscando algo que no acababa de encontrar. Revolvía telas y manoseaba cortinas, edredones, jarrones y cuadros por igual. Se detuvo un instante ante un espejo y acarició su marco con delicadeza. Al ver sus manos, que parecían de porcelana, deseé ser vendedor para poder atenderla, aunque ella seguía su ruta, mirándolo todo, sin detenerse en nada. No quise perderla de vista y, buscando excusas, mientras ella se detenía en un puesto de churros ambulante, entré en una librería que me dio la idea para abordarla.

Cargado con pinceles y blocs de dibujo, a falta de lienzos, le salí al paso para hacerle una propuesta:

―¿Me permite dibujarla, señora?

Me miró con sorpresa, como si mi presencia allí le resultase insólita, y sonrió al tiempo que me corregía:

―Señorita, pintor, señorita.

―¿Me permite entonces? ―insistí

―No tengo dinero para comprar su dibujo.

―¡Oh, no se preocupe por eso! Soy estudiante de bellas artes, necesito practicar. Si tiene un minuto le regalaré el resultado –repuse, improvisando.

Asintió con la cabeza, aunque en sus ojos asomó un gesto de incredulidad.

Pedí a un vendedor ambulante de muebles de madera permiso para dejarla sentar en una de sus banquetas, ofreciéndome a retratar su puesto más tarde. No estaba seguro de mis dotes de dibujante (nunca había sido estudiante de bellas artes) pero bien valía la pena intentarlo a cambio de poder contemplarla. Me gustaba dibujar  aunque nunca había sentido  la necesidad de inmortalizar a alguien con tanta fuerza como sentía en ese momento. Sabía que si la dibujaba una vez, mi memoria guardaría el recuerdo de sus rasgos y podría reproducir el dibujo después, en la soledad de mi casa.

Mi matrioshka se recostó en el respaldo de la banqueta de madera, y me pareció asistir a un momento único, cuando la vi acariciar su vientre con espontaneidad.

―Es una niña, ¿sabe? ―comenzó a decirme― se llamará Alicia.

―¿Cómo la del país de las maravillas? ―se me ocurrió decir.

―Exacto ―respondió―. Siempre ha sido mi cuento favorito.

―¿Es usted de aquí? No recuerdo haberla visto antes ―dije tontamente, como si conociese a todas y cada una de las mujeres de la ciudad, mientras comenzaba a trazar las primeras líneas de su rostro a carboncillo.

―Soy de aquí y de allá ―respondió, esquiva.

Comencé a dibujar la curva de su abdomen intentando reflejar el aura maternal que la envolvía. Hubiera querido detener el tiempo en ese momento, absorto en  el magnetismo que irradiaba la mujer que estaba pintando. Cuando estaba a punto de finalizar el retrato, después de una eternidad en la que el vendedor del puesto ya comenzaba a recoger los muebles, me obsequió una gran sonrisa, exclamando:

―Gracias por este regalo inesperado.

Sonreí, repasando en la lámina la línea de sus labios, y levanté la vista para replicar que el gusto había sido mío cuando, para mi sorpresa, comprobé que había desaparecido. Miré alrededor sin verla por ninguna parte, y pregunté angustiado al vendedor si la había visto marchar.

―¿De quién me habla? ―me preguntó a su vez.

―De la mujer que estaba sentada en esta banqueta hace un momento.

Con gesto de extrañeza, el vendedor negó haberla visto.

―¡No puede ser! Era una mujer rubia, muy bella, estaba embarazada y vestía un vestido de gasa amplio…

El vendedor lanzó una risotada, interrumpiéndome.

―Me suena mucho su descripción. Déjeme pensar dónde he visto yo una mujer semejante… ―dijo, rebuscando entre los cestos de mimbre, que portaban cuadros para escoger uno.

Juro por dios que creí enloquecer al contemplarlo. Ante mis ojos estaba la misma mujer que yo había pintado hacía un momento, mirándome enmarcada tras un cristal y pintada con acuarelas de las que yo no disponía.

―¿Quién es esta mujer? ―pregunté al borde del delirio.

―¡Quién puede saberlo amigo! ―exclamó el vendedor encogiéndose de hombros―tal vez una ninfa, o el sueño de algún pintor tan loco como tú, anda, recoge tus bártulos y vete.

Miré a mis pies y recogí el bloc de dibujo del suelo con estupefacción. Ante mí aparecía, retratado a carboncillo el puesto del vendedor ambulante, con la banqueta vacía y el cesto de cuadros al lado.

 

Relato elaborado para el concurso  El Tintero de Oro del blog Relatos en su tinta (de David Rubio) y que obtuvo el Primer Premio Tintero de Oro en su primera edición 

http://relatosensutinta.blogspot.com.es/2017/10/gala-de-premios-i-edicion-tintero-de-oro.html

El viento de levante

 

http://www.fotoplatforma.pl/foto_galeria

 

Jeremías ―alias el Grajo― otea el cielo nada más levantarse. Aún no ha catado el desayuno y, de hecho, está acabando de abrocharse los botones de la camisa. Lo primero que hace siempre, nada más poner los pies en el suelo, es salir a la terraza para ver de dónde sopla el viento. Hoy viene de levante y eso indica que va ser una dura jornada. En días como estos, el Grajo reúne fuerzas con un buen desayuno: un par de huevos fritos con varias lonchas de panceta ibérica, vino de casa y un par de plátanos, aderezados con una generosa copa de orujo. Después carga su escopeta y sale al monte. Huele la sangre desde pequeño y, como a los grajos, le gusta escarbar en la maleza. Le apodaron así cuando hizo el servicio militar y salía todas las noches de caza con el sargento. Hoy vendrá tarde, cansado y sudoroso, pero cenará carne.

                                                                                MVF©

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo la premisa de incluir la palabra viento.

 

 

 

 

 

Algún día…

Ayer estuve leyendo las bases del concurso de Zenda. Relatos de entre cien caracteres y mil palabras que incluyan la palabra Viento. Es curioso, porque siempre he pensado que el viento lleva y trae muchas palabras. Estos días trae gritos que huelen a sangre y a dolor. No importan las razones que intenten darse de la sinrazón. No importa el nombre que se le de ni las fronteras que se levanten, porque los culpables están por todas partes y son de todos los lugares. Oigo los gritos en el viento que llegan cada vez más fuertes. La locura es real. Sí, he pensado al leer las bases de la convocatoria, algún día iré a Zenda y me quedaré a vivir allí.

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo la premisa de la palabra Viento

El mural

No tuve ocasión de tratarle y cuando lo conocí  ya no era el de los viejos tiempos. Se había quedado solo y malvivía entre las ruinas de una antigua edificación, víctima  de esa enfermedad surgida en los años ochenta que causaba estragos entre los que se enganchaban al oro líquido, esa infernal amante que los volvía ciegos, sordos y ajenos a todo cuanto no fuese  su mortal espejismo.

Hoy, cuando hace más de veinte años que encontraron su cuerpo entre los desperdicios y el abandono, con la única compañía de su última jeringuilla, me ha asaltado su recuerdo de improviso al doblar una calle y encontrarme de frente con el mural que pintó apenas un año antes de su muerte.  Las letras, de igual tamaño y forma, con una leve inclinación, perfectamente simétricas, guardan  testimonio del arte de quien las pintó.

Quintero, al final de su vida podía no ser el que fue, pero su espíritu seguía guardando la proporción y la esencia de los que nacen diferentes, con un extraño don. Detenida ante la magnitud de aquel sencillo, pero magistral anuncio, contemplé admirada los trazos sobre el muro lateral de la fachada: Matías Rodríguez ― Carpintería ―Leí―. Completaba la inscripción un dibujo hiperrealista de un armario, con sus cajones y espejo y,  al lado, un teléfono con una serie de números digitales, perfectos en todos sus ángulos. Bajo el anuncio una pequeña firma, escueta, pero muy personal:

Quintero.

 Ninguna letra clásica. Ninguna de imprenta. Pero todas ellas dotadas de su propia peculiaridad. Recordé mis estudios de grafología, y leí en cada una rasgos del extraordinario artista que tan poco tiempo nos había acompañado, y del que apenas se conservaba más testimonio ni recuerdo que aquel mural.

Letras desligadas, sin sus palos laterales, me hablaban  del desapego de su portador.  La N, interrumpida en la mitad de su curva, señalaba su falta de apoyo y respaldo, al tiempo que la R, puntiaguda, como saeta, mostraba su carácter contradictorio, reflejado igualmente en la barra ascendente de la T y en la extraña O que, en forma de rombo, daba muestra de una personalidad fuera de lo común, creativa y singular.

El ruido de una sirena me sacó de mi ensoñación y caí en la cuenta de que había pasado un buen rato mirando el letrero. Soplaba un viento frío y tenía los ojos empañados. Recordé hacia dónde me dirigía y los recados que tenía pendientes.

¡Quintero!

Pronuncié su nombre en voz alta y, soltando un bufido, arrojé de un puntapié contra una esquina una lata de cola que me estorbaba el paso en la acera.

 

Texto publicado en la revista Argentina Extrañas Noches- Literatura Visceral:

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2017/04/01/El-mural

El homenaje

Su excelencia y arzobispo, monseñor Valverde, se preparaba para asistir al homenaje con el que las hermanas del convento de Santa Clara querían obsequiarle en el día de su  patrona,  como principal benefactor que era de su santa orden. En toda la comarca y parte de los alrededores, eran conocidos los dulces de la congregación. Los buñuelos y el tocino de cielo de las monjas podían conquistar al más austero de los ascetas. El arzobispo, como buen amante de  ancestrales tradiciones,  consentía en dejarse agasajar si eso convenía al espíritu de las religiosas, cuya comunidad no solo había crecido en los últimos tiempos, sino que despuntaba como una de las mejores en cuanto a organización y recaudación de fondos se refiere.

Cuando llegó, a las doce en punto del mediodía, para celebrar la homilía, las hermanas lo recibieron afectuosamente y él puso todo su empeño a la hora del sermón en resaltar las virtudes de la orden y el recuerdo de la Santa que había otorgado el nombre a la fundación; a resultas de su buen hacer, los fondos recaudados superaron todas las expectativas y monseñor, una vez acabada la ceremonia religiosa, se dispuso a dar buena cuenta de los entrantes que las monjas habían dispuesto a modo de compensación.

Después de los aperitivos y los entremeses, las hermanas sirvieron un  primer plato compuesto de  pato a la naranja con guarnición  de verduras de la huerta caramelizadas, cuya fina tersura se derretía en el paladar, todo ello regado por uno de los mejores vinos, también cosecha del propio convento, que basaba en la tradición vinícola buena parte de sus ingresos. Acompañaban al arzobispo sendos cardenales, habituales confesores de las hermanas, que no quedaban a la zaga en cuanto a la cata de vinos y degustación de carnes se refiere.

Como segundo plato sirvieron bacalao a la cazuela con gambas y pimientos rellenos, que el buen arzobispo degustó también con abundante vino, a la par que ambos cardenales, cuyas mejillas encendidas delataban los vasos que entre pecho y espalda iban endosando en el cuerpo.

Entre plato y plato, monseñor Valverde iba aflojando más y más el cinturón de su pantalón,  que terminó por aflojarse del todo al llegar los postres.

Cuando sus dedos, blancos y refinados, se alargaron para alcanzar un buñuelo, monseñor  apenas era capaz de respirar de la congestión que sentía.

ꟷNo puede dejar de probar la joya de nuestra cocina, monseñor –apelaba sor Ángela, aportando más  bandejas de  pasteles.

No uno ni dos, sino hasta cuatro o cinco buñuelos, amén de otros tantos tocino de cielo,  acabó degustando el homenajeado, antes de hacer el brindis y otorgar la bendición anual.

Aquel día permanecería por siempre grabado en la memoria de las hermanas de santa Clara, las cuales, no escatimaron gastos al encargar una placa con el nombre del arzobispo y ofrecer visitas guiadas hasta la tumba de su excelencia, que encontró la muerte al poco de acabar el refectorio, justo después del brindis en el que hizo mención, como todos los años, de la generosa cantidad que,  en caso de fallecimiento, legaba a la congregación de las religiosas.

 

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Jan Brueghel: La visita a la granja

 

Relato elaborado para la página Relatos Compulsivos (Google +) en la que obtuvo el segundo puesto en el Concurso de Navidad  bajo el tema La Gula, organizado por dicha página.