Renacimiento

―No quiero volver a la tierra―dijo el alma al guía―, en ese planeta uno envejece y se desgasta rápidamente. La gente está pendiente de mil y una necedades y tonterías; aparte de que no he visto en todo el universo planetario seres más toscos y tercos. Ridiculizan a todo aquel que trata de atraer su atención a lo primordial, dan por sentado que los astros están ahí para regirlos, encapsulan el tiempo y lo dividen en pequeñas celdas a las que llaman días, se pasan las noches durmiendo pero sin ser capaces de resetear sus sistemas. La mayor parte de los seres que allí habitan son unos grandes ignorantes. De hecho lo ignoran todo sobre ellos mismos, hasta desconocen las claves de su propio programa interno. Cuando enferman de algo serio sus doctores más reconocidos no hacen sino recortar trozos a sus cuerpos; hasta son capaces de extraerse órganos enteros o implantarse prótesis de diversos materiales en lugar de armarse de coraje y  buscar en su propio medio los actos y consecuencias que causan  su deterioro. No están dispuestos a cambiar, y ese es el handicap principal que arrastran: el de ser seres planos. Ni siquiera saben abstraerse y contemplar más dimensiones que las simples coordinadas que ellos mismos inventan. Por favor, Padre, no me envíe allí de nuevo. Ya he tenido más que suficiente con las setecientas vidas, sumamente agotadoras, que he vivido en ese caótico lugar sin pies ni cabeza.

―Olvidas que aún no has completado la misión que te fue encargada para realizar en el planeta azul.

―Bien sabe Dios que en cada viaje lo intenté. ¡No es culpa mía si no convenzo a la gente! He sido monje, fraile en misiones, predicador en el desierto… ¡Si incluso me tocó redactar la doctrina del catecismo siendo Claudio Fleury!

―Nadie te pide que convenzas a toda la gente, pero tienes que entender, hijo mío, que ni siquiera en una de esas vidas lograste convencer  a tus parientes más cercanos para que vendieran sus posesiones y las repartieran entre los pobres.

―¡Sus posesiones no me incuben! ¡Yo hice voto de pobreza y lo cumplí! ¿O es que soy acaso responsable de lo que hagan mis parientes?

―Sabes que sí.  Tu contrato fue escrito desde el minuto uno del génesis. Sabes que cuando aceptaste ser Adán tus descendientes heredaron el pecado original de tu soberbia.

―¡Pamplinas! yo lo único que les dejé fue la tierra para que la labraran.

―Pero tu estirpe pobló el mundo y sus obras te conciernen.

―¡Mi estirpe! ¡Pero si yo mismo fui creado del barro! ¿Qué podía hacer un producto de la tierra como yo?  Por más que me echéis la culpa creo que setecientas vidas dan para aligerar mi deuda…

―Solo una más.

―¿Para qué? ¿Qué es lo que se me pide en esta?

―Solo que te llames Eva, te cases con un Adán y puebles la tierra de nuevo.

 

MVF©

Wenzel Peter, Adán y Eva en el Paraíso Terrenal

Para la convocatoria de Zenda libros

#Historiasdeviajes

Mis abuelos, bisabuelos de mis hijos. Mis padres, abuelos de mis hijos. Nosotros, abuelos de los hijos de nuestros hijos.

Imagenes Sin Copyright: Fotografía de las manos de un anciano y un ...

Mis dos abuelos habían sido sacristanes. Los dos quedaron viudos. Solo llegué a conocer a una de mis dos abuelas que perdí a corta edad. Mi abuelo paterno era un hombre casi ciego, operado de cataratas en un tiempo en que esa operación solo era posible realizarla en la capital. Contaba mi tía que, a tal efecto, mucho antes de que yo naciese, había viajado con él desde el pueblo hasta Madrid para que pudiese ser operado. Pero las cataratas volvieron, parcialmente, unos años después y mi abuelo se acostumbró a ver a través de una nebulosa; sobre todo en uno de los ojos, que la cortina de niebla persistió en cubrir. Además de ser medio ciego mi abuelo estaba sordo. Por aquellos tiempos no existían los audífonos o no habían llegado a un pueblo de provincias como era el nuestro.

 Mi abuelo vivía, pues, en su propio confinamiento personal. No participaba apenas de las decisiones familiares de sus hijos, entre otras cosas porque de las conversaciones y la confrontación de opiniones no pillaba ni la mitad. Todo lo preguntaba y, como no había quién le hiciese de oyente, habría de conformarse con la resolución adoptada que le transmitían al final. Fue así, delegando funciones, como mi abuelo consiguió acostumbrarse a no preguntar. Se sentaba en su sitio de siempre, frente a la ventana, y, mientras los demás hablaban y hablaban, él contaba los vehículos de colores brillantes que veía pasar. Dos coches rojos, tres amarillos, uno azul. Cuando yo entraba en la casa familiar, donde vivía mi abuelo con mis tíos, lo buscaba en la galería y me sentaba a su lado para conversar.

Algunas veces le hallaba en actitud meditativa. Sombrero en mano, los ojos perdidos en un punto fijo, los labios articulando palabras sin voz. Sabía entonces que estaba rezando y no debía quebrar el silencio. Él hacía una señal al percibirme y yo asistía a ese tiempo de recogimiento sentada a su lado sin decir ni mu. Sabía que no debía hablar hasta que mi abuelo concluyese su ritual poniéndose de nuevo el sombrero. La espiritualidad formaba parte de su vida sin estar reñida con lo cotidiano, porque en él era algo que no necesitaba explicación. Meditar era tan natural como el hecho que sus vecinos acudiesen a él para rogarle que, en sus momentos de recogimiento, se acordase de alguno de sus hijos cuando estos se hallaban en difícil situación. Colocarse el sombrero marcaba el inicio de la charla y el cambio de registro se daba con espontaneidad.

Mi abuelo saludaba a la niña que yo era con multitud de nombres: ¡Hola reiniña! ¿Qué tal Ruliña? ¡Ya pensé que no te acordabas de mí!  Siempre mostraba alborozo al verme y alegría ante mi charla infantil. Él era para mí, en aquellos años, el gran escuchador. Ajeno al trajín del resto de habitantes de la casa, era el único que me prestaba toda la atención. No me importaba tener que hablarle tan alto al oído que mis pequeñas manos tuviesen que adoptar la forma de un altavoz. A su lado en el escaño, me alzaba de rodillas hasta llegar a su oreja y, usando mis manos como bocina, le contaba mis aventuras y gran parte de mis miedos. Él me escuchaba sin banalizar nunca mis confidencias y ofreciéndome un consejo al finalizar. Entre los temas tabú que más me gustaba platicar con él estaba el miedo a los muertos, a los fantasmas, a las apariciones, que en el imaginario gallego del que formábamos parte, tanto daban que hablar. Mi abuelo sonreía, benévolo, ante mis angustias y siempre me decía al terminar: No temas nunca a los muertos, ruliña, teme a los vivos, que ningún muerto ha regresado jamás del más allá . En medio del bullicio del mundo y de la casa, mi abuelo, con su presencia, era el baluarte seguro en medio del movimiento: el punto de quietud.

 

Mi otro abuelo, había sobrevivido, junto a dos hermanos, a la partida de todos los miembros de un numeroso clan familiar. Viudo y con cinco hijos, de los cuales mi madre era la única mujer, los vio partir y abandonar la hacienda, desde el mayor al más joven, buscando un futuro mejor. Uno de ellos a la lejana América, otro al País Vasco donde encontró la muerte, y los otros tres a la Ciudad Condal. En una casa grande construida dos siglos antes y en la que habían vivido varias generaciones, se apañó con sus dos hermanos solteros hasta el regreso de mi madre a tierras gallegas, y se siguió apañando cuando uno de los dos hermanos que le acompañaban también partió. Mi familia era atípica porque contrariaba todos los cánones de la estadística, que atribuía a las mujeres mayor longevidad. Mis dos abuelos eran muy mayores y, cuando se encontraban, ambos se saludaban con extrema educación y cordialidad. Hablaban de sus respectivas esposas, ya fallecidas, denominándolas Ama con sumo respeto, expresándose en un mismo lenguaje arcaico que me sorprendía,  pese a que ellos dos no podían ser más diferentes entre sí; ya que frente al recogimiento del primero,  mi abuelo materno era el vivo ejemplo de la fiesta y la jovialidad.  Pese a los numerosos infortunios que la vida le había deparado, su casa siempre estaba abierta para todo aquel que llamase  y  quisiese jugar a los naipes, tomarse un vino o compartir un rato y para los jóvenes en particular. La cultura y la hospitalidad se daban cita desde muy antaño entre las paredes de su casa, que había hecho de hogar a los maestros y artesanos que llegaban de todas partes del lugar. Podría decirse que no había persona en toda la comarca que no conociese el nombre de mi abuelo ni supiese el camino para llegar hasta él.  Pero, más allá de las diferencias entre ambos, mis dos abuelos concordaban en lo que dije al principio: la espiritualidad. Ambos habían sido sacristanes, ambos habían recitado cánticos en los tiempos en que la misa se decía en latin. Habían aprendido de los silencios. De la similitud en la condición humana que enraíza detrás de cualquier lengua e identidad. Porque habían aprendido a exorcizar sus miedos, a contener sus angustias, y  en ellos la religión había surgido como un elemento más de la naturaleza sin guardar semejanza alguna con la beatitud. Porque ellos creían en el devenir del tiempo. En los ciclos y en las cosechas.  En el trabajo personal y en la superación.

De mi abuelo materno aprendió la valentía mi madre, a levantarse cada día de sus muchas caídas por muchos cuerpos vencidos o doloridos que viese a su alrededor. Y de mi madre aprendí a levantarme, aunque fuese a la pata coja, yo también. De mi abuelo paterno aprendió mi padre a temer a los vivos, a superar el ambiente opresivo de la pobreza y construir, con la sola fuerza de sus manos y  su férrea voluntad, un hogar. De mi padre aprendí a contener mi propia angustia vital en tiempos de caos; a mirar hacia uno y otro lado buscando mi punto de quietud.

Quiero creer que de mis padres, ahora ancianos y abuelos, aprenden mis hijos a hacerse mayores sin perder ni un ápice de su lucha, de su dignidad y de su tesón. Quiero creer que a sus futuros hijos les hablarán de nosotros. De lo que aprendimos de ellos y de lo que hemos logrado transmitirles a nuestra vez.  Porque si algo habremos aprendido todos juntos es la lección de que los mayores lo dan todo en la rueda de la vida, hasta su propio aliento, para que los que les siguen lo hagan un poco mejor.

 

#NuestrosMayores

#Zenda libros

Volver a casa

Era ya noche cerrada cuando Noel enfiló el camino hacia el pueblo. Desde lo alto de la colina podía ver las casas de sus vecinos, alumbradas con luces navideñas parpadeantes como estrellas anunciadoras de múltiples Belenes hechos con figuras de cartón piedra, representando a herreros sin forja, reyes montados en camellos y vírgenes estrenando maternidad al lado de ancianos carpinteros que disponían lechos de pajas para recién nacidos al calor de mulas y bueyes. A su mente acudió la imagen de Dosinda en la oscuridad, iluminándose con velas para acostar a los niños, después de una cena frugal a base de gachas de avena, de la que habría reservado una parte para él. Para él, que llegaba de nuevo con el saco vacío, como un papá Noel desahuciado que tan solo conservase el nombre, un nombre que a sus padres se le había ocurrido ponerle y que le pesaba, sobre todo en estas fechas, más que el propio saco cuando estaba lleno. Divisó la vivienda y aparcó con cuidado el trineo en la parte de atrás de la casa, cogió la única bolsa de caramelos que le quedaba y soltó a los renos.

Ni una mísera cesta con mazapanes e higos secos le habían dado este año los del centro comercial.

 

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros

#cuentosdeNavidad

Calle Santa Lucía

La calle Santa Lucía, en el pueblo de Santa Esperanza, es una calle de héroes. No hay más que pasar puerta a puerta y detenerse un rato en el umbral. Empezando por la parte de abajo, lindando con el cementerio, está la casa de doña Palmira que, con las manos llenas  de harina, intenta sujetar a doña Visi para que no se escape y se meta, junto a los panes, en la furgoneta de su yerno. La vivienda continua es la casa de don Gilberto que, junto con la paga, cuenta las monedas que gana ayudando al padre Lucas, a ver si le alcanza para pagar  los estudios de su hijo en el internado. Le sigue la casa de doña Adelaida que persiste en sus trece de tejer gorros y bufandas para aquel hijo que resbaló y perdió la vida inhalando nieve. En la cima del pueblo está la casa de Juanillo, ciego de nacimiento, cuya madre sigue rezando a santa Lucía solo  para pedirle que deje a su hijo seguir viendo el mundo que imagina: un mundo  en el que todos sus vecinos y ellos son héroes tan maravillosos que amanecen cada día.

 

Imagen sacada de la red.

Texto elaborado para el espacio ENTC bajo el tema: Héroes.

http://estanochetecuento.com/heroes-de-carne-y-hueso/

 

 

Almas gemelas

Desde niños sus vidas habían estado ligadas. Acostumbrados a soñar despiertos tumbados sobre la hierba seca del campo, disfrutando de largos paseos subidos a lomos de los caballos de la granja y durmiendo bajo el mismo techo. Martín entre  sábanas de seda bordadas con sus iniciales y Clara envuelta en sábanas de algodón cosidas a la luz de la lumbre por su madre. Con el paso del tiempo él tuvo que marchar a la ciudad para continuar sus estudios y ella esperaba ansiosa a que llegase el verano. Entonces, volvían a abrazarse sobre la hierba,  a bañarse en la orilla del río y tejer sueños bajo el inmenso techo de las estrellas. Hasta que, al final de un septiembre, justo cuando Martín se había ido, ella descubrió que esa vez le había dejado un misterioso regalo. Un regalo que crecía en su vientre para dar fruto en primavera y no sabía cómo ocultar. El tiempo, una vez más, puso las cartas boca arriba y cuando Martín llegó no pudo encontrarla. Ni su madre ni ella trabajaban ya para la casa.

Desesperado, removió cielo y tierra hasta dar con su paradero. Sor María ―como ahora se llamaba―, había hecho voto de silencio y clausura y no podía recibir visitas de nadie. Muchos años después, aún retenía su imagen en la memoria,  mirándole  desde la ventana de su celda,  con inmensa tristeza mientras marchaba.

Martín continuó su camino y, con el discurrir de los años,  se casó con una joven de igualdad de estudios y casta. Tuvieron hijos y vivieron una vida sin hierba, sin baños en la orilla del río ni estrellas alumbrando sus sueños. Cuando, al final de esa vida, ya viudo y viejo, le preguntaron en qué asilo prefería que le ingresaran se acordó del antiguo monasterio y sus ojos se iluminaron.

 

©  Manoli VF

 

Relato elaborado para el concurso Historias por la igualdad de Zenda.

Imagen de origen:

anawalls.com/images/animals/horses-couple-grass-distance-stand

La mimo

Pintura de Liu Yamin de su obra: Cuaderno De Retazos
Pintura de Liu Yamin de su obra: Cuaderno De Retazos

Tenía un nuevo aliciente. Al principio, le había parecido duro posar durante horas en la calle. Aunque el clima era bueno, este trabajo no era para todo el mundo. No era fácil permanecer estática, sin sentir el peso del cuerpo, la tensión de los músculos, obligados a permanecer quietos y, sobre todo, el maldito picor, torturando como una mosca las distintas partes de su cuerpo. Pero ahora la cosa había cambiado. Recordando el tacto de sus manos se le iban las horas. Liviana, como si las alas de ángel que le tocaba llevar esta semana la elevaran del podio terrenal en el que posaba, esperaba a que llegaran las doce del mediodía. Sabía que entonces, como si de un transeúnte más se tratase, él haría su aparición. La miraría un buen rato para, al final, acercarse a ella y arrojar al cuenco unas monedas, sin olvidarse nunca de comprobar la posición de su anillo, que hoy, desde su dedo pulgar le indicaba que su esposo aún seguía de viaje de negocios.

Microrrelato basado en la imagen. Elaborado para el blog grupal que administro http://www.nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es

Enlace a la entrada:

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/02/la-mimo_96.html

 

El árbol de la vida

Microrrelato basado en la imagen /Ilustración: Mario Sánchez Nevado, Aegis-Strife.net

 

Cuenta la historia sagrada que, en el principio de los tiempos, cuando dios creó al primer hombre y a la primera mujer, dispuso para ellos un fabuloso Edén, con toda suerte de manjares y árboles frutales entre los cuales creó dios al árbol prohibido. El árbol de la sabiduría, por cuyas hojas circulaba la savia del bien y del mal, la misma que daba origen al conocimiento. Tras crearlo, dios tuvo a bien probar la fidelidad de sus criaturas y, para ello, colocó a este árbol en medio de todos los otros, señalándolo oportunamente con los símbolos que lo delataban, ordenando a la primera pareja de humanos que jamás comiesen del fruto que de él brotase so pena de perder su condición inmortal y ser desterrados por siempre del paraíso. De todos es conocido que, puesto que dios había creado a los dos seres a su imagen y semejanza, ambas creaciones respondieron a la duda que había nacido en el pensamiento del creador. Comieron del fruto del árbol prohibido y, al comerlo, tuvieron conocimiento de su efímera condición,  sucumbiendo a su vez a su propio pensamiento.  Si estas primeras criaturas hubiesen fijado su atención, en lugar de en su propia desnudez y vulnerabilidad, en los símbolos que dios había dispuesto en torno al árbol, la savia del conocimiento les habría hecho entender el prodigio verdadero del árbol de la creación.

La estrella de cinco puntas que aparece en la base del árbol, nos habla del perfecto equilibrio del ser con los elementos, en los que femenino y masculino se integran como un solo principio, lo mismo que el bien o el mal, lo material y lo inmaterial.

La armonía de los cuatro elementos se muestra también en las dos ranas situadas junto al mismo árbol, que en su transición de agua a tierra nos enseñan la mutación elemental, al igual que las setas, las cuales nacen en otoño, tras el fuego purificador del verano,  llevándonos a la recogida del fruto y  la cosecha sembrada.

Y es que el árbol de la vida es un árbol joven del que brotan todas las posibilidades: distintos cuerpos, masculinos y femeninos, jóvenes y ancianos, en permanente cambio, giran alrededor de él, enseñándonos el único y verdadero origen del universo:

 El pensamiento y la imaginación.

 

https://elbicnaranja.wordpress.com/2016/12/16/viernes-creativos-escribe-una-historia-2/comment-page-1/#comment-5640

Texto elaborado para el espacio Viernes Creativo (El Bic Naranja)

Teoría de las posibilidades

Anoche soñé que se me entregaba un folio en blanco para inventar de nuevo mi vida y diseñarla a mi gusto. Lo primero que pensé fue en fijar mi residencia en el sur, pero entonces me asaltó la idea de perder a nuestros amigos, y dispuse que nos acompañaran. Después, me entristeció alejarme tanto de la familia y decidí añadir su traslado. Entonces, visualicé la triste estampa que compondrían nuestras casas abandonadas y opté por incluirlas en el equipaje; al hacerlo, me asediaron todos los recuerdos que dejaba atrás, en las calles y paisajes que había recorrido durante años y, ante la necesidad de llevármelos, decidí despertar y usar el folio para escribir esta historia.

                                                          MVF © Todos los derechos reservados

Microrrelato incluido entre  los veinte finalistas en el VII Certamen de Microrrelatos Canyada d’Art 2016

Seleccionado y publicado en la antología del mismo nombre.

Fuera de control

La ayudé a cruzar la calle una tarde de invierno. Soplaba un viento helado que casi le arranca la bufanda. Me impresionó su debilidad, sus greñas blancas en terca rebeldía con su gorro de lana. Su mano casi esquelética empuñando con fuerza el bastón. Por un momento olvidé mi condición de autómata y la guie al otro lado de la acera.

–¿No tienes miedo de que te vean conmigo? –me preguntó, mirándome con sorpresa.

–¿Qué podrían hacerme?

–Reprogramarte, por ejemplo –fue su respuesta.

–¡Bah! –repuse con gesto de desprecio– Hace tiempo que no tengo memoria.

La miré mientras se perdía, encorvada, calle abajo. Increíble. Debería haberla denunciado por andar sola por las calles a su avanzada edad, más teniendo en cuenta que me habían nombrado inspectora urbana, pero… ¿Quién se acordaba?

El desacuerdo

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Me acuerdo. Me acuerdo de ver arder los troncos en la chimenea. Del intenso frío. De las palabras de mis padres. Del miedo. Miedo a no saber qué decidir, a no saber qué responder. El chisporroteo del fuego, los leños consumidos. Me acuerdo.

 

Microrrelato elaborado para la sección Viernes creativos (el bicnaranja)

Premisa: escribir sobre un  Me acuerdo (ejercicio literario usado y descrito por George Perec)

 

Enlace a la entrada:

https://elbicnaranja.wordpress.com/2016/12/02/viernes-creativo-escribe-una-historia-168/#comments