Feliz regreso

Como todos los años el primer sábado de junio se celebraba en el pueblo la fiesta de las Candelas que, por tener su onomástica en pleno invierno, cuando los rigores del frío de febrero se cernían sobre el lugar, los aldeanos habían dispuesto para bien entrada la primavera, con el fin de disfrutar de la festividad en buen tiempo.

Al igual que en años anteriores, al terminar las clases del viernes preparé mi bolsa de viaje y junto al vestido por estrenar y la ilusión de mis catorce años, metí el libro y el cuaderno de inglés, para repasar los verbos sobre los que me examinaría el lunes. Días antes había fantaseado con el evento y y el baile. Tenía ganas de reencontrarme con mis primos y amigas.

La mañana del sábado amaneció lluviosa y, para más inri, me encontré indispuesta. Recién estrenada la adolescencia comenzaba a pelearme con mis hormonas, que hacían lo que les venía en gana sin consultar la agenda de mis planes, dando veracidad al dicho de que la madre naturaleza manda siempre. Me levanté contrariada, enfadada con el mundo y con mi cuerpo, aferrándome al tibio consuelo de que un tazón de leche de cabra caliente aderezado con dos buenas cucharadas de cacao, sería capaz de inyectarme sino alegría, una buena dosis de energía para encarar el día de otra manera. Y justo acababa de recrearme con el sabor dulzón del desayuno cuando mi madre y mi abuelo requirieron de mis servicios.

― ¡Ven, te necesitamos en el corral para guardar la entrada!

Les seguí y me asignaron el puesto de vigía mientras ellos entraban al corral a no sé qué faena.

―Ten cuidado ―advirtió mi abuelo―que no se escape ninguna cabra.

A ninguno de los dos se les ocurrió darme más indicaciones ni tan siquiera un bastón con el que defender mi puesto. No pensaron que decirme que contuviese el rebaño venía a ser lo mismo, en ese momento, que mandarme contener la lluvia y los truenos. Todo pasó en un instante, antes de que tuviese tiempo de preguntarme a qué carajo debía estar atenta. Una cabra salió de la oscuridad del corral corriendo violentamente hacia la puerta embistiéndome con sus cuernos. Ante la terrible amenaza yo hice lo único que me pidió mi instinto: apartarme para que no se me echase encima.

―¡No la dejes salir! ¡Agárrala! ―les oí gritar desde adentro mientras el corazón se me subía a la garganta.

―¿Pero qué has hecho? ¿No te dijimos que no la dejases marchar? ¡Me has echado a perder la mejor de las cabras!

A la retahíla de reproches de mi abuelo pronto se unió mi madre sin atender a mis razones. Poco importaba que no me hubiesen dado recurso alguno o que los cólicos me hiciesen doblar el cuerpo.

Por más que supliqué, haciéndoles saber de mis malestares, no conseguí que mi madre se impusiese ante el abuelo. Aunque esta vez no erraron tanto en sus juicios pues, al menos, me concedieron un aliado que conocía el terreno. El tío Paulo y yo debíamos salir sin demora a buscar la cabra al monte.

Recuerdo que caía una fina llovizna y a mi mente acudían alternativamente las palabras airadas del abuelo “Me has echado a perder la mejor cabra” y los consejos de las mujeres del pueblo que afirmaban que “no es bueno para la salud mojarse al andar de mes”, por más que daba vueltas a estas dos frases no lograba encontrar sentido a ninguna de ellas. El tío Paulo, al igual que el señor Seguín del cuento de Alphonse Daudet, llamaba a voces por la cabra que, al parecer, como Blanquita, también había querido irse al monte: Carrula! , Carruliña! ah, Carrula por onde andas? Sae, que ven o lobo!

La surrealista escena se repitió hasta caer la tarde, cuando ya mis pies no podían seguir al bueno del tío Paulo, incansable buscador, que no dejó resquicio del monte sin rebuscar.

―Vamónos reina, que la cabrita o está ya bajo los dientes del lobo o no quiere saber nada de nosotros. Quién sabe, igual cuando lleguemos a casa descubramos que nos ha tomado la delantera y ha vuelto al corral ella sola.

Las palabras del tío eran como un bálsamo prometedor de milagros que, aunque no aplacaban mis temores, alentaban mis esperanzas.

El anhelado convite transcurrió con la sombra de lo sucedido y, ni tan siquiera en el baile pude desquitarme de la espina clavada en el centro de mi inocencia, pues la llovizna embarraba los pies y mojaba los rostros de los mozos, afeándolos en extremo.

A la cena me entretuve con una cadena rota de plata, haciéndole nudos a modo de cuentas, mientras rezaba por el regreso de la cabrita. Después de cenar estudié los verbos de inglés en el intento de no sentirme inútil del todo.

Sin muchos ánimos retomamos la busca de la cabra, con mejor tiempo, a la mañana siguiente, pero con igual infortunio. Ni siquiera pudimos hallar su rastro ni en forma de pisadas o de heces nuevas.

Regresamos a casa cabizbajos y comimos en silencio. A mí me pesaba ver el semblante ensombrecido del abuelo, cuya mirada parecía llena de reproches.

Partimos después de la comida sin volver a mencionar el incidente.

Recuerdo que el lunes regresé a casa satisfecha del examen y, nada más llegar, mi madre salió alborozada a mi encuentro:

―Tengo dos noticias increíbles: el abuelo y el tío sacaron al monte las cabras y, al traerlas de vuelta, descubrieron que la cabrita que se escapó se había unido al rebaño, sana y salva. ¡Imagínate, sobrevivió dos días en el monte, sin que la atacara el lobo!

«¡Vaya! Tuvo más suerte que Blanquette, la cabra del señor Seguín» pensé para mis adentros.

―¿Y la otra noticia? ―   pregunté.

―Es un auténtico milagro, hija, no vas a creerlo―dijo mi madre―: ¡Poco después de aparecer la cabra el abuelo encontró en la cocina una cadena con varios nudos, como si fuesen las cuentas de un rosario!

 

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

 

Relato basado en hechos reales

Alusiones:

Cuento de La cabra del señor Seguin (leer)

 

 

La emboscada

Los jugadores de cartas (Paul Cézanne)

Sí, ya sé que todo ocurrió en mi taberna, señor juez. Jácome Bembibre, Jerónimo Malasaña y Pepe El carreta, eran tres tristes que no tenían ni una taza de caldo que echarse al gaznate. Cada uno de ellos apostó contra el patrón la paga de todo el año si le ganaban la partida. Entraron por el orden con el que los estoy nombrando ahora, ilustrísima, no le miento. Los tres pidieron un vino de la casa mientras que el patrón pidió una jarra de sidra fresca: «Juego con sidra para brindar con vino cuando gane» sentenció, sonriendo de medio lado, como los ladrones. Que el patrón no distinguía un rey de una sota era bien sabido pero ya dicen que más sabe un tuno por tuno que por estudiado, aunque no se diga así el refrán. El caso, Señoría, es que me olí que en esa partida iba a haber tomate, ya fuese por el patrón o por el alcaldísimo de su padre, que consiguió la alcaldía sin más mérito que ser  hijo de Serafín Moreno, de quien dicen que llegó a ser la mano derecha del generalísimo hasta para bajarle los pantalones, pero esa es otra historia, y perdóneme vuestra excelencia, pero es que para ponerse en situación hay que ver de dónde viene la mala sangre. Como decía, los tres hombres apostaron la paga porque nada más tenían para apostar después de que el Morenito les quitase las tierras de los trigales y los arriendos de los castaños a las bravas, una vez que el alcalde lo nombró como único propietario. Aunque malo, el Moreno nunca hubiese dejado a tres hombres con sus respectivas familias en la calle, pero el Morenito se encaprichó de la Lorena, la hija del Jerónimo y cómo no pudo conseguirla como criada se propuso desahuciar a su padre, arrancándole las tierras que trabajaban él y sus cuñados. Perra vida, me dije, al ver a los tres perdidos remangarse las mangas y escupir en las manos para pedir suerte, antes de echar las cartas.

Yo les serví un vino aguado para que no se les nublase el entendimiento y al servir pude ver que el patrón jugaba con dos barajas. Les hice señas a los tres como pude, pero ellos estaban tan ciegos de lo enrabiados que no repararon en mí. El caso es que cada carta indeseada que le tocaba al hijo del Moreno daba el cambiazo sin que ninguno de los tres desgraciados se enterasen. Y qué le voy a decir señor juez, cuando vi levantarse al Malasaña rojo de ira, puñal en mano, yo no miré porque se me echaba fuera de la cafetera el café y soy muy malo para fregar la mugre que queda. Así que quiere que yo le cuente. Ni se sí fue el Malasaña o fue el Bembibre o el Carreta. Mire usted, señor juez, yo solo sé que estas cosas cuando se enredan ya no hay manera de componerlas. Cuando me giré los vi a los cuatro enzarzados y, al minuto siguiente, el patrón caía a plomo sobre el suelo poniéndolo todo perdido como en la matanza del marrano. Recuerdo que me quedé mirando el líquido viscoso y espeso que manaba de su cuello a borbotones y me dio por pensar que era una pena que el Morenito hubiese bebido sidra, porque podrían hacerse unas buenas filloas con su sangre.

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

TESOROS DE INFANCIA

Resultado de imagen de fotos de baúles antiguos

Y ve el capitán pirata cantando alegre en la popa

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul

(La canción del pirata – José Espronceda)

Cuando era niña jugaba a encontrar el cofre del tesoro en todas las casas a las que me llevaban y, la verdad, no me iba del todo mal, porque siempre encontraba algo. En las casas desconocidas no me atrevía más que a mirar y, si acaso, levantar la tapa de algún joyero pero sin tocar nada. Pero lo mejor sucedía siempre en las casas de mis abuelos. En cualquiera de ellas siempre había un viejo baúl aunque, al vivir todos en la montaña, nunca hubiese un barco. La pirata era yo, todo hay que decirlo, con parche o sin parche. Abría el baúl de los tesoros y metía mi mano (sin garfio) hasta el fondo.

En casa de mi abuelo materno había varios cofres y baúles, pero el mejor de todos  era el baúl de las novelas del oeste. Con mi mano de niña hojeaba aquellas antiguas joyas de Marcial Lafuente Estefanía y no tardaba en ser teletransportada a uno de los muchos ranchos que describían. Veía los caballos atados al poste de la entrada y oía las conversaciones del salón con la sensación de estar cometiendo un pecado. Me mandaba mi madre por aquel tiempo a barrer y limpiar las habitaciones pero yo abría baúles, cofres y armarios. Descubría la colección de sellos del abuelo, sus fotos antiguas y leía las cartas que guardaba en una caja de latón, de las del Cola Cao. Cuando acababa con la limpieza, me tumbaba sobre una de las dos camas de la habitación y escuchaba el tic-tac del reloj que sonaba como si el tiempo fuese allí pasado. Miraba la ventanuca de cristal, pequeña para que no entrase el viento,  el lavamanos con su palanganero de porcelana, las paredes de piedra, los estantes, y me parecía haber viajado a otra época de la que regresaba siempre con algo. Otros días me tocaba atender la limpieza del corredor y descubría la fila de vasijas de barro, las monedas que había dentro de las más pequeñas y el pequeño baúl del rincón de atrás que estaba lleno de agendas y calendarios. Yo los miraba con mis ojos de diez años intentando hacer memoria de lo que era de mí antes de ser yo misma: 1945, 1954, 1966… Me parecía haber hallado el pasado atrapado en aquel baúl y se me hacía imposible ver fechas en las que no tenía conciencia de mi existencia (y aún vislumbrar la oscura posibilidad de no haber existido) mientras la vida bullía con sus días en aquella casa.

Mi intriga con el tiempo siempre se acentuaba entre aquellas paredes antiguas, vestigios o reliquias para mí de la estirpe de la que procedía: cántaras en desuso, letrinas edificadas en el jardín de atrás, leñeras inmensas llenas hasta el techo de troncos enormes cortados para un fuego a ras de suelo y un sinfín de enseres y herramientas que ya no se usaban llenaban mi imaginación de preguntas.

Mi otro refugio, la casa paterna, acogía imágenes religiosas, rosarios y campanas. Cercana a la iglesia, en ella los relojes aún tenían más relevancia. Pero el tiempo allí era un continuo presente, que recordaba de continuo su fugacidad, ya que al reloj de la iglesia que daba las horas y las medias, se unía el reloj de carrillón que mi tío había instalado en la sala y que, no conforme con dar las medias, también daba los cuartos. Como ambos relojes no estaban sincronizados aquello se convertía en una especie de relojería desacompasada. Los libros que encontraba en aquellos baúles, en consonancia con el ambiente, eran en su mayor parte religiosos: biblias encuadernadas en piel, cuadernos de oración, biografías de santos… En honor a la verdad he de decir que, aunque era un ambiente de respuestas, yo prefería el bullicio de la otra casa.

En mis andanzas como Corsaria, a medida que iba creciendo, descubría cosas más comprometidas e interesantes como las revistas de Interviú guardadas en cajas de cartón en la galería de mi abuelo materno o El Romance de Eloísa y Abelardo escrito en un manuscrito antiguo en la otra casa. Mis dos abuelos –que a diferencia de la mayoría de los ancianos de la comarca habían sobrevivido ambos a sus esposas– eran hombres virtuosos y los dos habían sido sacristanes. Con uno descubrí el arte de disfrutar de las cosas y con el otro rituales en latín y secretos de iglesia que, junto al reloj de los cuartos, me recordaban continuamente el paso del tiempo. Quizás, con la perspectiva que da la vida puedan unirse, como en un engranaje de relojería, los dos mensajes.

Aún mucho tiempo después de la pérdida de los dos patriarcas, y siendo ya una mujer adulta, seguí descubriendo cosas en ambas casas:

En la del abuelo materno un par de billetes de las antiguas pesetas guardado dentro del baúl de la ropa y en la del abuelo paterno una biblia antigua encuadernada en color rojo junto a una colección de relojes de mano.

 

A mis dos capitanes

 

Relato elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa: un relato de aventuras.

#ZendaAventuras

La barca

La barca era chiquita. Había hecho muchos viajes y estaba llena de remiendos. La había heredado de sus padres y sacado a la mar innumerables veces, primero con ellos, más tarde con su esposo y, al aumentar la familia, también  con sus hijos.

Ahora la barquita necesitaba reparaciones, pero era urgente salir a la mar cada día en busca de nuevas provisiones.

Era invierno y era consciente del daño que el agua fría y el viento infligían a la  pequeña embarcación. Sabía que el mar estaba lleno de peces, pero dudaba de la capacidad de la barquita.

Su familia tenía hambre. Sus padres, demasiado mayores, esperaban los alimentos al otro lado del mar. Su esposo luchaba noche y día contra la helada, intentando mantener el fuego del hogar encendido, mientras su hija mayor  traía leña y su hijo pequeño crecía cada día más deprisa. Solo su anciana suegra, la abuela de los remedios mágicos, leía en el fondo de su alma e intentaba sellar con escamas y aceite de pez el fondo de la barquita. Mientras ella salía al mar, la abuela limaba en el espejo del agua las aristas de la luna. Al llegar la noche, entre las dos preparaban los peces que la hija mayor se encargaba de repartir a toda la familia.

Era invierno y la pequeña embarcación aguantaba,  mientras  todos hacían acopio de madera para poder reconstruirla.

 

MVF/ 24-noviembre-2018

#cadadía

La luna en la calle Bailén

Es de noche en la calle Bailén. Echado sobre la cama  siento  la pegajosidad de mi piel, empapada en sudor. He bebido, pero no tanto como para olvidarme de ella. Estar solo conlleva pequeñas licencias, como la de fumar hierba tumbado sobre la cama, con la ventana abierta de par en par, las luces apagadas. Hace ya rato que arrojé los auriculares para cambiar a Metálica por el ruido callejero, los cláxones de los coches y los gritos del piso de al lado.

Pienso en Celia. A las once de una noche abrasadora de primeros de agosto. Veo su cuerpo desnudo, la blancura de sus nalgas, como dos medias lunas. Siempre me pareció que su piel era de un nacarado imposible. Sus pechos, pequeños y puntiagudos. Su cintura. Cómo me duele en este momento. En este momento, cuando trato de echar mano a la botella y ya no queda más. Ni una sola gota. Me bebería su sangre entera para perderme en ella. Pero ya no está aquí. No forma parte de mis días ni de mis noches. Su esencia está enterrada bajo siete llaves cuyos candados fueron arrojados al mar.

El humo carga el ambiente de la habitación y mi cabeza da vueltas. Celia… la única mujer que hubiera podido rescatarme, no está aquí. La atropelló, una noche como ésta, un tren que no esperaba. Sus pies descalzos caminaban sobre las vías y yo los recogí. Cargué con ellos toda la noche. De vez en cuando me hablaban. Lloraban por los pasos que nunca darían, los trenes a los que  no se subirían, las noches que habrían de venir. Noches como ésta, llenas de humo y de ginebra. De soledad.

Y lo peor, es que también ella está sola. Mucho más que yo. Porque ni siquiera puede contar consigo misma y esa es la única licencia que se permite ahora: el olvido. No sé si en la oscuridad de su noche entrará algún resquicio de luz. Si al mirar la luna se acordará de mí. La calle Bailén es un caos a estas horas. Alguien grita aporreando una puerta. Cuando la bebida y la hierba comienzan a hacerme efecto, me sumerjo en un breve sopor mientras mi mente se va llenando con la imagen de Celia. La chica que yo conocí, antes de que toda su familia pereciese bajo las aguas mientras luchaban por llegar a tierra,  y que ahora duerme, muy en el fondo de esa otra Celia que subsiste, en una de las celdas del hospital psiquiátrico en el que está recluida.

 

Cuento publicado en la revista zaragozana El Callejón de las Once Esquinas (marzo, 2018)

La verdadera historia de la elefantividad

Algunos días la noche llega antes. En esos días, mamá prepara un vaso de leche con cacao a media tarde y me hace acostar muy temprano. Dice que es para que no oiga pasar a los elefantes que vienen cargados de sueños para los niños buenos. Como voy a la cama tan pronto a veces me entra hambre antes de que sea hora de levantarse, entonces llamo a mamá y ella me enseña un truco infalible para engañar al estómago y poder descansar. Se acuesta a mi lado y entre las dos nos ponemos a contar elefantes.

Yo le hablo de un elefante que viene cargado de regalos y trae, entre otras cosas, el columpio que se quedó en casa de la abuela Inés cuando vinimos a España, la enredadera que crecía desde el balcón hasta tocar el tejado, y a la misma abuela, que viene sentada en una silla de oro, como son las sillas de los elefantes de sueños. Mamá también tiene su elefante favorito y es uno que siempre va vestido de amarillo porque ese es el color del sol y de las flores de nuestra tierra. Brilla tanto el elefante de mamá y da tanto calor que me olvido de que estamos en invierno y va a venir esa fiesta que los niños de aquí llaman Navidad. Yo, al principio, no comprendía porque esos días toda la ciudad se llena de luz y no se puede alcanzar ninguna, y mamá tenía que reñirme cada vez que me veía alzar los brazos para coger una estrella. Me costó mucho entender que todas esas estrellas estaban para alumbrar las calles, porque nosotros siempre tenemos que alumbrarnos con velas cuando se hace de noche y por eso quería coger solo una de las luces, para ver como se ve mi habitación al ponerse el sol, cuando mamá y yo soñamos con los elefantes. Y hablando de elefantes, ahora ya sé a qué viene poner tantas luces en las calles, porque mamá me contó que era para alumbrar su paso cuando llegaban cargados con los sueños de los niños, y también me contó que ese cuento de papá Noel y los elfos no era verdad, pero que los mayores nos lo decían para que nos acostásemos pronto y no oyéramos el ruido de los verdaderos magos: nuestros amigos, que traían sobre sus lomos nuestros sueños secretos.

Ahora que mamá me explicó, por fin, en que consiste esto de la Elefantividad estoy más tranquila, aunque no me deja pronunciar el verdadero nombre de la fiesta salvo cuando estamos las dos solas. Dice que es nuestro secreto y a mí me gusta la idea de tener secretos con ella, porque eso quiere decir que me estoy haciendo mayor y podemos hablar de nuestras cosas, pero hay algo que no entiendo de la Elefantividad, y es porque los sueños que pido tardan tanto en llegar a casa. Anoche se lo pregunté a mamá y me dijo que era porque quedaban pocos elefantes y muchos sueños por cumplir y que, por eso, ella se iba a encargar de ayudarles a repartirlos, junto con otras madres igual de buenas. Cuando me lo dijo me asusté un poco, porque pensé que iba a dejarme sola de noche, pero ella me dijo que hay un lugar para los niños de las mamás que trabajan de repartidoras y que allí voy a poder hacer muchos amigos e intercambiar con ellos elefantes de la suerte, mientras esperamos para volver a nuestras casas.

 

Relato publicado en la revista zaragozana EL Callejón de las Once Esquinas en el número de diciembre ‘2017

Los tres tratos

 

Fuente de la imagen: blueplayarealestate.com

 

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madrasta, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a transmitirle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle y se pasaban horas y horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o de la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tal fue mi pavor y tan mala cara debí poner, que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de la gravedad de mi mal. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico tan solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar al delirio de las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendarme. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en busca mía. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras varios años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado para confesar a un sacerdote, y fue entonces, justo al entrar en su habitación, cuando vi a la siniestra conocida sentada a la vera de su cama. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para encararla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para atender el ruego de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para pedirme que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo ―murmuré, confundido.
La muerte se me quedó mirando,  lanzando al rato una carcajada y, como viese que yo seguía en ascuas, siguió diciendo:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
―Entiendo ―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, atender al ruego de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el fraile que se está muriendo no es otro que el que te confesó en su día. Ya por entonces estaba bastante enfermo pero, a cambio de tus largos años de oración, su tiempo  le fue alargado.

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa de incluir la palabra: México.

#DíadelosMuertos