Almas gemelas

Desde niños sus vidas habían estado ligadas. Acostumbrados a soñar despiertos tumbados sobre la hierba seca del campo, disfrutando de largos paseos subidos a lomos de los caballos de la granja y durmiendo bajo el mismo techo. Martín entre  sábanas de seda bordadas con sus iniciales y Clara envuelta en sábanas de algodón cosidas a la luz de la lumbre por su madre. Con el paso del tiempo él tuvo que marchar a la ciudad para continuar sus estudios y ella esperaba ansiosa a que llegase el verano. Entonces, volvían a abrazarse sobre la hierba,  a bañarse en la orilla del río y tejer sueños bajo el inmenso techo de las estrellas. Hasta que, al final de un septiembre, justo cuando Martín se había ido, ella descubrió que esa vez le había dejado un misterioso regalo. Un regalo que crecía en su vientre para dar fruto en primavera y no sabía cómo ocultar. El tiempo, una vez más, puso las cartas boca arriba y cuando Martín llegó no pudo encontrarla. Ni su madre ni ella trabajaban ya para la casa.

Desesperado, removió cielo y tierra hasta dar con su paradero. Sor María ―como ahora se llamaba―, había hecho voto de silencio y clausura y no podía recibir visitas de nadie. Muchos años después, aún retenía su imagen en la memoria,  mirándole  desde la ventana de su celda,  con inmensa tristeza mientras marchaba.

Martín continuó su camino y, con el discurrir de los años,  se casó con una joven de igualdad de estudios y casta. Tuvieron hijos y vivieron una vida sin hierba, sin baños en la orilla del río ni estrellas alumbrando sus sueños. Cuando, al final de esa vida, ya viudo y viejo, le preguntaron en qué asilo prefería que le ingresaran se acordó del antiguo monasterio y sus ojos se iluminaron.

 

©  Manoli VF

 

Relato elaborado para el concurso Historias por la igualdad de Zenda.

Imagen de origen:

anawalls.com/images/animals/horses-couple-grass-distance-stand

Madre Naturaleza

 

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Todas las tardes le oía tocar al piano.  Desde su piso subían al nuestro, como efluvios de otra época, las melodías, siempre clásicas, que interpretaba. Ante mis ojos de dieciséis años, un misterioso músico de veintitantos que vivía solo y entraba y salía a su completo antojo, era el sumun de la libertad. Estaba en esa edad en la que mi cuerpo florecía ante mi propio asombro, despertándome del dulce letargo de la infancia para arrojarme a un mundo de sensaciones, olores, y estremecimientos, que desconocía. Palabras como virginidad, orgasmo, varonil, o enamoramiento, bailaban sobre las lecciones de gramática o los libros de lectura del instituto. De repente, todo olía a sexo, a juventud, a prisa; olores que intentaba ocultar con el desodorante de después de la ducha, la colonia de fresa de la droguería, o los kilos de laca fuerte que aplicaba por capas en mis cabellos. Y, en medio de esa algarabía, abriéndose paso entre el  atropellamiento general, las notas de su música  se colaban cada tarde hasta la última célula de mi cuerpo, haciéndome notar su presencia.

El día en que, siguiendo las notas musicales, tuve el coraje de llamar a su puerta, fue el día en que la naturaleza no aguantó más con el asunto. Mamá había salido con prisa a casa de la abuela Inés que, en uno de sus habituales despistes, se había dejado el grifo abierto y navegaba en barca por la cocina,  no sin antes pedirme que me ocupase de tender la colada que ella había dejado a medias al atender al teléfono. Fue precisamente mientras tendía la ropa, cuando el azar tejió los hilos que me llevaron hasta su puerta. El sujetador de mamá resbaló de mis dedos hasta caerse encima de sus cuerdas, justo debajo de las nuestras. Horrorizada de ver, entre sus finos suéteres de algodón, aquel sujetador de vieja, con aquellas enormes copas de color carne que parecían hechas para contener pelotas de agua, me debatí entre la vergüenza de reclamar la prenda o asumir el bochorno de que la descubriera. De  cosas como estas se hacen montañas a los quince años, cuya resolución pasa casi siempre por recabar segundas opiniones, por lo que opté por llamar a Flora, una de mis amigas más íntimas, para preguntarle:

    

    -No seas tonta, baja a pedirle la prenda. Es la excusa perfecta para platicar con él―me dijo, divirtiéndose con la situación―   eso sí, asegúrate de decirle que es de tu vieja, no vaya a creer que  también usas bragas hasta el ombligo.

 

Enfadada por la desfachatez de mi amiga, colgué el teléfono enviándola a freír morcillas, pero, después de pensarlo un rato, decidí que era mejor tomar el toro por los cuernos y asumir la vergüenza. Después de todo, puede que no tuviese muchas más oportunidades como ésta.

Cuando abrió la puerta me quedé muda un par de minutos. Hacía calor y salió a abrir con la camisa abierta y unos vaqueros viejos medio desabrochados. Al darse cuenta de mi azoramiento, sonrió burlonamente abrochándose un par de botones.

―Hace calor, y la ropa solo es un estorbo –dijo.

―Sí, claro ―respondí a media voz, sin saber cómo decirle a continuación que venía a buscar el sostén de mi madre.

―¿Querías algo? ―fue su lógica pregunta.

―Esto, sí… yo… bueno, es que se me ha caído una prenda a tus cuerdas al tender la ropa.

―¿Una prenda? ¿Cuál es?

―Bueno, si no te importa y me dejas pasar a recogerla…

Con un curioso gesto que era a la vez de interrogación y sorpresa, se apartó del umbral a la vez que hacía un ademán de paso con sus manos:

―Como gustes, vecina. Al final del pasillo a la derecha.

Sabía que me seguía y, por un momento, pensé que podía oír el atronador latido de mi corazón amenazando con escaparse de mi pecho.

Cuando me vio estirarme para alcanzar el sujetador que  había quedado enredado entre dos de las cuerdas, me ofreció su ayuda:

―Espera, no vayas a ser tú la que se caiga ahora. Déjame a mí.

Tras un lapsus de tiempo que se me hizo eterno, me entregó la prenda sonriendo pícaramente:

―Siempre he pensado que estos sujetadores valdrían de alforjas para las balas de cañón.

―Bueno, ya sabes es de…

―Tu vieja. Claro que lo sé. No necesitas decírmelo. No hay más que verte ―respondió mirando directamente a los botones de mi pechera.

Roja como la pulpa de las sandías, di media vuelta bruscamente para marcharme, cuando sentí que me tomaba del brazo.

―Escucha, no he querido ofenderte. Al contrario, me pareces una joven muy dulce…

―Me gusta mucho como tocas al piano ―me sorprendí diciéndole.

―Quédate un rato y podrás oírme en directo.

Ese rato se convirtió en toda la tarde. Toda la tarde llena de sus manos. Sus manos en el piano y en mi cintura. Sus manos arrancando de mi cuerpo otro tipo de música. Sus dulces manos, enseñándome el camino a un mundo lleno de contrastes, que salía a recibirme entre las notas musicales y el anticuado sujetador de mi madre.

Relato publicado en la Revista argentina Extrañas Noches -Literatura visceral- (01/03/2017)

Enlace a la publicación:

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2017/04/01/Madre-Naturaleza

http://www.revistaextranasnoches.com/inicio-1/author/Manuela-Vicente-Fern%C3%A1ndez

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