El ruido de sus pasos al caminar

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Camina deprisa. Como si al acelerar el paso espantase la oscuridad. Odia el ruido de sus zapatos sobre el pavimento  y piensa que tiene que llevarlos al zapatero para que le ponga suelas de goma, suelas silenciosas que no anuncien por dónde va.  Ha perdido el último tren y sabe que no llegará a tiempo de acostar a Martín y decide llamar para darle las buenas noches. Marca un número y le llega la voz familiar de su madre: el niño duerme ya. Ha llegado cansado del colegio y ha cenado temprano. No te preocupes, dice, todavía no ha llegado Ismael. Ismael es el padre de Martín y el marido de la mujer que camina deprisa en la oscuridad. La misma que acaba de llamar a casa para anunciar que no llegará a tiempo de acostar al pequeño.

La abuela pone la mesa, mientras el padre del niño, que acaba de entrar por la puerta, descuelga el teléfono. Llaman de la estación de tren, han encontrado este número en el dispositivo móvil de una mujer descalza, que  ha caído sin vida sobre el andén.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones en el V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

Fuente de la imagen: miszapatos.com

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Llamadas a media noche

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Fuente de la imagen: itpmperu-wordpress.com

 

La despierta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

Al otro lado de la línea el silencio. Un denso silencio.

―¿Eres tú, Daniel?

Le responde una voz rota, como un susurro lejano:

―Llamaba para decirte adiós, Sara.

―¿Ya has llegado a París?

―No.

Un sonido agudo como de una sirena de ambulancia atraviesa la noche, arrancándola del sueño y volviéndola de forma brusca a la realidad. Su corazón late desbocado mientras los pulmones se esfuerzan en respirar. No recuerda qué ha soñado pero siente la mano del miedo aferrada a su garganta, y otra vez ese sudor frío que anticipa lo que sucederá. Se levanta, y busca a media luz una pastilla para seguir durmiendo, pero apenas comienza a descender en brazos de Morfeo, la alerta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar la antología del V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

 

 

 

 

 

 

La dote

 

El anciano tiembla junto a la chimenea apagada. Apenas un rescoldo  del fuego perdura en la forma de una brasa medio cubierta por la ceniza. No se atreve a alzar la vista hacia el cuadro que preside el salón y revela el rostro de una noble dama: la que un día fuera su esposa. ¿Qué vas a hacer con nuestras tres niñas? Siente en su fuero interno que le pregunta la mujer. Pensaba casar este invierno a la mayor,  pero lo ha perdido todo, no le queda más que un tesoro: la juventud de sus tres doncellas. El terrible Igor vendrá a buscarlas mañana para llevárselas a su casa de citas. Gotas de helado sudor recubren la frente del padre, que se sobresalta al oír un ruido. Pájaros en el tejado, piensa, mientras acuden a su mente otros pájaros, los que tienen sus hijas, ignorantes de su destino, en sus bellas cabezas. El ruido se intensifica y suena ahora como un aleteo. Lo mismo es un murciélago, se dice, que  ha quedado atascado en el tiro.  Aún no termina de pensarlo cuando una bolsa cae desde el agujero de la chimenea, levantando una nube de ceniza. El anciano la recoge,  confuso, y abre los ojos como platos al descubrir su contenido: San Nicolás acaba de arrojarle una bolsa llena de monedas, salvando con su regalo, el porvenir de sus tres hijas.

 

Texto elaborado para Zenda libros 

#cuentosdeNavidad

Volver a casa

Era ya noche cerrada cuando Noel enfiló el camino hacia el pueblo. Desde lo alto de la colina podía ver las casas de sus vecinos, alumbradas con luces navideñas parpadeantes como estrellas anunciadoras de múltiples Belenes hechos con figuras de cartón piedra, representando a herreros sin forja, reyes montados en camellos y vírgenes estrenando maternidad al lado de ancianos carpinteros que disponían lechos de pajas para recién nacidos al calor de mulas y bueyes. A su mente acudió la imagen de Dosinda en la oscuridad, iluminándose con velas para acostar a los niños, después de una cena frugal a base de gachas de avena, de la que habría reservado una parte para él. Para él, que llegaba de nuevo con el saco vacío, como un papá Noel desahuciado que tan solo conservase el nombre, un nombre que a sus padres se le había ocurrido ponerle y que le pesaba, sobre todo en estas fechas, más que el propio saco cuando estaba lleno. Divisó la vivienda y aparcó con cuidado el trineo en la parte de atrás de la casa, cogió la única bolsa de caramelos que le quedaba y soltó a los renos.

Ni una mísera cesta con mazapanes e higos secos le habían dado este año los del centro comercial.

 

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros

#cuentosdeNavidad

Luz sin calor

 

Y Fue Tu Silencio El Que Me Dio Todas Las Respuestas #
Reflections (Flickr.com)

Eléctrica es la luz en el cuerpo de un árbol metálico,
un árbol sin raíz nos alumbra
desde el centro comercial extendiendo sus brazos
un árbol que es un mundo que ha inventado una historia
en la que beben peces
vuelan renos y regalan juguetes tres reyes magos.
Un árbol sin vida parpadea
en la plaza mayor,
cargado de huecos regalos.
Ilumina los cartones de los mendigos
riela en la noche los pies descalzos
Es Navidad y sigue habiendo gente con hambre
gente sin techo
gente sin un trabajo
gente sin esperanza y con frío
aunque haya un árbol luminoso en el centro
alumbrándolos.

 

❤ Feliz solidaridad a todos ❤

 

 

toma lluvia
Fuente de la imagen: Pinterest (myrevelment.com)

 

 

 

 

 

Un soplo de aire fresco

El recuerdo de un mal amor se había adueñado de mi ánimo y no tuve espacio para otra cosa durante demasiado tiempo. Un día me armé de valor y me dispuse a eliminar todos los restos del naufragio con los que aún tropezaba día tras día por casa. Vacié armarios, portarretratos, tarjetas de memoria y demás islas que persistían en flotar alrededor de mi universo cotidiano. Ventilé todas las habitaciones y recibí la caricia del aire fresco como una saludable invitación a recibir los nuevos días que me esperaban. Como traída del viento me llegó la propuesta de mi amiga Esperanza, invitándome a pasar un fin de semana con ella en Benicàssim, un pueblo de Castellón. Tomándolo como un inicio de lo que estaba por venir, acepté y reservamos habitación en el hotel Montreal. Cuando llegó el día señalado partí ligera de equipaje junto a mi amiga hacia mi próximo destino: un pueblo fantástico en el que encontraría un nuevo amor con el que navegar por mares muy distintos que forman parte de otra historia.

 

Relato seleccionado para formar parte de la antología del II Concurso de Microrrelatos del Hotel Montreal, bajo el lema: Un pueblo fantástico.

 

 

Los tres tratos

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madastra, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a darle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle, y todos ellos pasaban largas horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tanto fue mi pavor y tan mala cara puse que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de gravedad. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico  solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar a las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendar el cuidado de mi alma. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en mi busca. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras muchos años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado a casa de un sacerdote para confesarle. Nada más llegar a su vivienda me encontré con la siniestra conocida, haciendo guardia en la puerta de entrada. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para abordarla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti, a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para acoger la promesa de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo… ―murmuré, confundido.
La muerte me miró con sorna y lanzó una gran carcajada. Como viese que yo seguía esperando, explicó:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
― ¡Vaya, debí haberlo figurado!―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, acoger la promesa de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el sacerdote que te ha llamado no es otro que el que te confesó en su día. Ya entonces estaba gravemente enfermo pero,  a cambio de tus largos años de oración, su tiempo le fue alargado.

 

Texto presentado a Zenda libros, con motivo del concurso Historias del día de muertos (con la palabra México incluida como premisa)

#DíadelosMuertos

Bajo la morera

 

Imagen: elhogarnatural.com

El otro día una mujer me recordó a Karen. Tenía los mismos ojos almendrados y se movía ondulando las caderas como ella. A punto estuve de preguntarle su nombre cuando oí que alguien la llamaba. No era Karen. No volví a verla después de aquel verano, en el que nos hicimos amantes bajo la morera que había en la finca de sus abuelos. Recuerdo el sabor de su boca llena de azúcar, sus pechos que sabían a mermelada. Déjame coger las moras, pedía, riéndose bajo mis besos,  mientras yo la besaba más todavía. Sus ojos eran dos brasas que incendiaban mis sentidos, su cintura un dulce veneno que me mataba. Morir. Resucitar. Sufrir. Amar. Tal era la noria en la que girábamos.

Todavía hoy, cuando llega el tiempo de las moras, se me estremecen las entrañas.

MVF©

Texto elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa de: Sabor dulce.

https://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/10/bajo-la-morera.html

La sombra de Edelvina

La imagen puede contener: una o varias personas, planta y exterior
Del libro: La España oculta (de Cristina García Rodero)

 

La sombra de Edelvina alejó a todas las mujeres de Manuel. Ni siquiera su gran amor, Gerarda, fue capaz de ir más allá del umbral de la puerta de su casa. Algo se instalaba entre el cuerpo de Manuel y la vivienda, que ninguna de sus novias logró traspasar. Salían, apenas ponían el pie para entrar en ella,  con el rostro demudado y un ahogo difícil de calmar. Otra que le ha dado un aire, decían los vecinos al verlas desfallecer una a una, sin que nadie atinase a comprender la causa. Manuel, que se había criado a la vera de su madre y había gozado siempre, en vida de ésta, de su beneplácito para salir y entrar, sospechaba, aún sin quererlo, que la promesa hecha a Edelvina en su lecho de muerte le retendría para siempre soltero: Prométeme que nunca te irás de esta casa, le había suplicado a su hijo.

                                                                                  ©Manoli VF

 

Texto elaborado para la sección Viernes Creativos, de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/22/viernes-creativo-escribe-una-historia-205/comment-page-1/#comment-6439

https://www.facebook.com/groups/101042810429852/permalink/137886303412169/

 

El don

 

Tengo el extraño don de escuchar a los objetos. A menudo, estos tienen tal necesidad de hablar que me los llevo a casa. Mis hijos no comprenden por qué tengo la vivienda llena de trastos y dicen que es por el síndrome de Diógenes, que me afecta desde que vivo sola. No sé qué tiene que ver el sabio de Sinope conmigo, pero supongo que él tenía también este don y, por eso, acabó viviendo en un tonel, para no escuchar más las voces de las cosas que lo rodeaban. A mí no me molestan, porque me llevo bien con todas, solamente las sillas se ponen un poco impertinentes si no las atiendo, y les da por atrancarme el paso. El otro día la tele se estropeó y me dijo: “No quiero que me arregles más, porque no aguanto más películas y telediarios”. Desde entonces, es la encargada de moderar las conversaciones, salvo cuando llegan mis hijos y se apaga.

MVF©

 

Microrrelato finalista en el V Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez (Zafra-Badajoz)

Enlace a todos los relatos seleccionados:

http://www.colectivomanueljpelaez.org/uploads/docs/2017premio.pdf