La palabra omitida

Cansancio es una palabra que no se pronuncia.
Cuando declina el día y los laureles se tornan en cenizas,
Cuando se seca el agua de la fuente
y las manos excavan en su lucha
de encontrar el vergel en otro cauce
de abrir senderos donde surgen ruinas.
Cansancio es un sonido impronunciable
que el afán de la vida no permite.

Cuando los sempiternos petirrojos
abren sus alas oteando brisa
y chocan con los cables de las torres
de tensión sin que la gran bandada
cambié un milímetro su ruta,
cuando despunta el día en la ventana
sin saber de la noche, lenta, oscura,
cuando las manos se abren a la nada
cansancio es la palabra nunca dicha.

Porque hay un mar esperando veleros
porque hay un norte al que orientar la vida
porque estamos aquí hasta que el viento
nos borre de un plumazo como borra
la duna que se eleva terca, efímera,
porque nacimos para ser heridos
y curar con la sal nuestras heridas,
porque la tierra espera a ser labrada,
y las naranjas brotan encendidas,
porque el vientre del mundo es fértil, joven,
y contiene las almas aún dormidas,
porque el impulso sigue hacia adelante
cansancio es la palabra más inútil.

MVF

Fíos no camiño

Un poema en galego-castelán

FÍOS

Seica fomos de neve,
folerpas ateridas,
leves corpos de auga
que se funden
a beira do camiño.
Seica fomos de sal,
corpos de vento,
beizos resecos e feridos
que entreabertos buscaban outros beizos
para adquirir sentido.
Seica fomos de soños,
corpos rotos,
cachos de almas sen tino
onde o fogar se chama ventre, nai,
e vivimos durmidos.

MVF

HILOS

Quizás fuimos de nieve,
cuerpos estremecidos,
leves cuerpos de agua
que se funden
a la vera del camino.
Quizás fuimos de sal,
cuerpos de viento,
labios resecos y heridos
que entreabiertos buscaban otros labios
para adquirir sentido.
Quizás fuimos de sueños,
cuerpos rotos,
trozos de almas sin tino
donde el hogar se llama vientre,
madre, y vivimos dormidos.

Manuela Vicente Fernández

Imagen: retrato realizado con hilos y clavos del artista Kumi Yamashita
(http://kumiyamashita.com/portraits)

Retrato artístico con hilos y clavos realizado por el artista Kumi Yamashita

Una terraza con vistas

Siempre sabía dónde encontrarla.
La recuerdo tendiendo ropa en la terraza,
regando las plantas de la galería.
Le gustaban los geranios, cultivar su huerta,
la vida al aire libre.
Con brío llenaba el cesto de remolachas,
serraba leña, sacaba agua del pozo,
me enseñaba lo que sabía.
Por las tardes, en verano, al declinar el sol,
me dejaba recoger los huevos de las gallinas.
A su lado descubrí la naturaleza,
vi nacer y crecer corderillos.
El año en el que perdí el rumbo
no me dejó desnortarme
y me llevaba con ella a recorrer los caminos,
mañana y tarde venía a casa a buscarme.
Era mi tía y madrina.
Se llamaba Filomena y me dió siempre calor,
de la nieve no tenía más que su luz y blancura

A mi tía ❤

Las mujeres de mi casa

Las mujeres de mi casa eran capaces de llevar un cesto enorme lleno de remolacha sobre sus cabezas. Cavaban un huerto entero ellas solas de sol a sol. Cortaban leña, vareaban garbanzos. Nos contaban cuentos las noches de invierno, cantaban coplas mientras cosían y nos hacían vestidos extraordinarios. Tenían tiempo de reírse y lloraban sin avergonzarse. Bailaban pasodobles los días de fiesta y trenzaban lana a diario, cocinaban bizcochos de harina y huevo en moldes de lata. Hacían torrijas en cocinas de leña y leían las tardes de lluvia junto a la ventana. Bordaban nuestros nombres a punto de cruz en las servilletas, y preparaban ricas meriendas de pan con miel o agua y azúcar que nos sabía a gloria. Cuando estaban alegres contaban chistes a la sombra de los árboles y nunca dejaban mucho espacio para la tristeza. Cuando llegaba el frío nos hacían camisones de franela y llenaban bolsas de agua caliente para nuestras camas. Bajo la mesa de la cocina ponían braseros. No nos faltaba la leche caliente ni el arropo ni el beso al acostarnos. Cuando estaban ellas no existía el miedo. Eran Madres, abuelas, tías, hermanas. Eran mujeres rurales, que habían crecido amasando pan, cuidando del fuego, del huerto y de los niños de casa. Algunas se fueron a las ciudades y regresaron para cultivar su sueño de una casita en el campo. Las mujeres de mi infancia encerraban en sí mismas los secretos de la vida. Decir mamá era lo mismo que decir aire, pan, refugio, agua.

#MujeresRurales

(Dedicado a las mujeres de mi infancia y, en especial, a mi madre)

Cruce de caminos

Acababan de salir del hotel y Ursula miraba nerviosa a su alrededor. Estaba segura de que Leonardo aparecería para despedirse. Verlo y pedirle a Marco que le fuese a comprar la prensa fue cuestión de reflejos, los mismos que tuvo su amante de ocultar la rosa a tiempo de cruzarse con su esposo.

MVF©

 

Bater de olas

Quizá este experimento de min mesma,

este sentirme un pozo seco as veces

outras  charca de lodo, asolagada,

non sexa máis real que o pesadelo

que se esfuma de día, ou as pegadas

na area que o mar borra

intre tras intre,

ola tras ola,

sen que queden marcas.

Se este vago reloxo que bate no meu peito

contra as horas

non desanda a senlleira ruta

que me acórrala

Que valedoiro esforzo me secunda?

En cal reafirmación hei  de atoparme?

 

Traducción al castellano:

 

BATIR DE OLAS

Quizá este experimento de mi misma

este sentirme un pozo seco a veces

otras charca de lodo, anegada,

no sea más real que ese mal sueño

que se esfuma de día o las pisadas

en la arena que borra el mar

momento tras momento,

ola tras ola,

sin que queden marcas.

Si este sutil reloj que golpea contra las horas

en mi pecho

no desanda la única

ruta que me acorrala

¿Qué valioso esfuerzo me secunda?

¿En qué reafirmación podré encontrarme?

Renacimiento

―No quiero volver a la tierra―dijo el alma al guía―, en ese planeta uno envejece y se desgasta rápidamente. La gente está pendiente de mil y una necedades y tonterías; aparte de que no he visto en todo el universo planetario seres más toscos y tercos. Ridiculizan a todo aquel que trata de atraer su atención a lo primordial, dan por sentado que los astros están ahí para regirlos, encapsulan el tiempo y lo dividen en pequeñas celdas a las que llaman días, se pasan las noches durmiendo pero sin ser capaces de resetear sus sistemas. La mayor parte de los seres que allí habitan son unos grandes ignorantes. De hecho lo ignoran todo sobre ellos mismos, hasta desconocen las claves de su propio programa interno. Cuando enferman de algo serio sus doctores más reconocidos no hacen sino recortar trozos a sus cuerpos; hasta son capaces de extraerse órganos enteros o implantarse prótesis de diversos materiales en lugar de armarse de coraje y  buscar en su propio medio los actos y consecuencias que causan  su deterioro. No están dispuestos a cambiar, y ese es el handicap principal que arrastran: el de ser seres planos. Ni siquiera saben abstraerse y contemplar más dimensiones que las simples coordinadas que ellos mismos inventan. Por favor, Padre, no me envíe allí de nuevo. Ya he tenido más que suficiente con las setecientas vidas, sumamente agotadoras, que he vivido en ese caótico lugar sin pies ni cabeza.

―Olvidas que aún no has completado la misión que te fue encargada para realizar en el planeta azul.

―Bien sabe Dios que en cada viaje lo intenté. ¡No es culpa mía si no convenzo a la gente! He sido monje, fraile en misiones, predicador en el desierto… ¡Si incluso me tocó redactar la doctrina del catecismo siendo Claudio Fleury!

―Nadie te pide que convenzas a toda la gente, pero tienes que entender, hijo mío, que ni siquiera en una de esas vidas lograste convencer  a tus parientes más cercanos para que vendieran sus posesiones y las repartieran entre los pobres.

―¡Sus posesiones no me incuben! ¡Yo hice voto de pobreza y lo cumplí! ¿O es que soy acaso responsable de lo que hagan mis parientes?

―Sabes que sí.  Tu contrato fue escrito desde el minuto uno del génesis. Sabes que cuando aceptaste ser Adán tus descendientes heredaron el pecado original de tu soberbia.

―¡Pamplinas! yo lo único que les dejé fue la tierra para que la labraran.

―Pero tu estirpe pobló el mundo y sus obras te conciernen.

―¡Mi estirpe! ¡Pero si yo mismo fui creado del barro! ¿Qué podía hacer un producto de la tierra como yo?  Por más que me echéis la culpa creo que setecientas vidas dan para aligerar mi deuda…

―Solo una más.

―¿Para qué? ¿Qué es lo que se me pide en esta?

―Solo que te llames Eva, te cases con un Adán y puebles la tierra de nuevo.

 

MVF©

Wenzel Peter, Adán y Eva en el Paraíso Terrenal

Para la convocatoria de Zenda libros

#Historiasdeviajes

Destierro

Me desmoronan tantas casas deshabitadas,
esas cárceles grises de par en par abiertas
de las que no huye nadie; lo mismo que esas plantas que quedan descubiertas,
aferrándose a un trozo de tierra suspendido enseñando sus raíces al aire.
Me desmorona el cielo, tan plomizo,
cegando el horizonte, deformando
esas nubes con forma de promesa,
llenando el firmamento de fantasmas.
Me desmorona el triste silencio malherido
de la estación vacía,
esa copa del árbol que no alcanza la mano,
el gorrión que busca en el balcón las migas,
este día de junio, roto, descabalgado.
Me desmoronan esas cosas tan pequeñitas
que sostienen con pinzas el deambular diario.
El sonido de un vaso de cristal que se rompe,
la alarma de algún coche que suena en lontananza, una pequeña arista que surge
de repente, un olvido en el súper,
una fuga de agua.
Cuando todo es ambiguo y la tierra se mueve
las cosas más pequeñas son nuestra salvaguardia.
Me desmoronan esas piedras que nunca nombro, tantas cuerdas que intento atar y se desatan.
Cualquier día de junio puede romperse el cielo,
cualquier noche de julio puede desarraigarme,
volverme como esas algas que el mar arrastra:
una mujer con crines que nunca fue nenúfar,
una mujer sin tierra con sus raíces al aire.

Todas las palabras

Podría escribir la carta más dulce. Recordando el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Sus canciones, siempre alegres, tarareadas a ritmo de pedal. Un bordado. Un traspiés. Una postal. Una postal en la que estamos todos juntos, celebrando la vida como solo la pueden celebrar los que han salido de una guerra, de un tiempo de penuria, de jornadas durísimas de trabajo de sol a sol. Días de proyectos, doblados cuidadosamente en el fondo de las maletas: París. Suiza. Holanda. Alemania. Hoteles que os aguardaban para fregar platos y más platos, limpiar truchas, planchar manteles, asear habitaciones. Días de sueños en pisos compartidos. Días de escribir cartas, a deshora, entre faena y faena, a vuestros padres: Espero que al recibo de estas letras se encuentren todos bien. Noches en las que papá hacía guardias en la fábrica mientras mamá cosía. ¡Cuántos oficios no habréis sumado entre los dos! en ese tiempo en que papá fue camarero, portuario, fabricante de motos, mecánico de barcos y mamá fue niñera, costurera, cocinera, camarera de hotel. Y que ásperos los billetes que rozaban vuestras manos en los bolsillos. Que escurridizas las monedas que se escapaban de vuestro bote común nada más entrar. Sin domingos estuvisteis por esos mundos, que no os dejaban descansar. Mundos en pisos alquilados, sin cuarto propio, sin llaves propias ni intimidad. Y volvisteis. Con un puñado de monedas cosidas en el forro de los abrigos. Volvisteis para cuidar a vuestros padres, para ver crecer a los hijos en el lugar que os vio nacer. Para construir un hogar. Un hogar en el que allanar la tierra con vuestras manos y recoger piedras para alzar paredes. Paredes de una casa en lo alto del camino. Una casa en lontananza desde la que recordar. Desde la que criarnos a nosotras, vuestras hijas, que corríamos alegres por los pasillos oyendo el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Nosotras, que nos columpiábamos tendiendo cuerdas en los árboles, construyendo casitas de sueños, hilando collares de margaritas en el mes de abril. Hasta que ya no fuimos cuatro, ni nosotras fuimos dos. Y ahora, ahora que parecéis mayores, cansados, seguís tan fuertes por dentro. Ahora, que vuestro vaso de dolor solo se drena con el amor que vuestros nietos y yo tratamos de empacar en cestas de alimentos, en llamadas de teléfono, varias veces al día, y que nos devolvéis con creces al por mayor.

Ahora sigo queriendo escribiros la carta más dulce. Una carta que me hubiese gustado escribir antes de nacer, cuando eráis jóvenes y estabais llenos de incertidumbre y soñabais con construir un futuro mejor. Cuando mamá corría de un lado a otro y no necesitaba más oxigeno del que podía tomar. Cuando los dos construíais un nido que nosotras íbamos a llenar. Cuánto podría haberos dicho en esa carta entonces. Qué felices seríais sabiendo lo orgullosa que me haríais sentir. Lo bien que estabais haciendo todo. Lo mucho que mi hermana os querría desde ese lugar invisible desde el que ahora os ve. Sin duda os escribiría una carta muy dulce diciendo cuánto os queréis. Cuánto me preguntáis el uno por el otro. Cuánto amor me enviáis entre los dos.

Y pienso que sí. Que estoy cumpliendo mi sueño y os estoy escribiendo una carta muy dulce. La carta más dulce que vuestros ojos no pueden leer. Y no importa que tenga que escuchar vuestras voces por un auricular, porque cada día puedo contaros cuánto os quiero y en estas dos palabras está todo el descanso de la vida, todo el regalo de los hijos. Toda la verdad.

Texto escrito para Zenda libros #NuestrosMayores

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