Los tres tratos

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madastra, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a darle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle, y todos ellos pasaban largas horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tanto fue mi pavor y tan mala cara puse que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de gravedad. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico  solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar a las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendar el cuidado de mi alma. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en mi busca. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras muchos años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado a casa de un sacerdote para confesarle. Nada más llegar a su vivienda me encontré con la siniestra conocida, haciendo guardia en la puerta de entrada. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para abordarla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti, a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para acoger la promesa de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo… ―murmuré, confundido.
La muerte me miró con sorna y lanzó una gran carcajada. Como viese que yo seguía esperando, explicó:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
― ¡Vaya, debí haberlo figurado!―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, acoger la promesa de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el sacerdote que te ha llamado no es otro que el que te confesó en su día. Ya entonces estaba gravemente enfermo pero,  a cambio de tus largos años de oración, su tiempo le fue alargado.

 

Texto presentado a Zenda libros, con motivo del concurso Historias del día de muertos (con la palabra México incluida como premisa)

#DíadelosMuertos

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Bajo la morera

 

Imagen: elhogarnatural.com

El otro día una mujer me recordó a Karen. Tenía los mismos ojos almendrados y se movía ondulando las caderas como ella. A punto estuve de preguntarle su nombre cuando oí que alguien la llamaba. No era Karen. No volví a verla después de aquel verano, en el que nos hicimos amantes bajo la morera que había en la finca de sus abuelos. Recuerdo el sabor de su boca llena de azúcar, sus pechos que sabían a mermelada. Déjame coger las moras, pedía, riéndose bajo mis besos,  mientras yo la besaba más todavía. Sus ojos eran dos brasas que incendiaban mis sentidos, su cintura un dulce veneno que me mataba. Morir. Resucitar. Sufrir. Amar. Tal era la noria en la que girábamos.

Todavía hoy, cuando llega el tiempo de las moras, se me estremecen las entrañas.

MVF©

Texto elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa de: Sabor dulce.

https://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/10/bajo-la-morera.html

La sombra de Edelvina

La imagen puede contener: una o varias personas, planta y exterior
Del libro: La España oculta (de Cristina García Rodero)

 

La sombra de Edelvina alejó a todas las mujeres de Manuel. Ni siquiera su gran amor, Gerarda, fue capaz de ir más allá del umbral de la puerta de su casa. Algo se instalaba entre el cuerpo de Manuel y la vivienda, que ninguna de sus novias logró traspasar. Salían, apenas ponían el pie para entrar en ella,  con el rostro demudado y un ahogo difícil de calmar. Otra que le ha dado un aire, decían los vecinos al verlas desfallecer una a una, sin que nadie atinase a comprender la causa. Manuel, que se había criado a la vera de su madre y había gozado siempre, en vida de ésta, de su beneplácito para salir y entrar, sospechaba, aún sin quererlo, que la promesa hecha a Edelvina en su lecho de muerte le retendría para siempre soltero: Prométeme que nunca te irás de esta casa, le había suplicado a su hijo.

                                                                                  ©Manoli VF

 

Texto elaborado para la sección Viernes Creativos, de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/22/viernes-creativo-escribe-una-historia-205/comment-page-1/#comment-6439

https://www.facebook.com/groups/101042810429852/permalink/137886303412169/

 

El don

 

Tengo el extraño don de escuchar a los objetos. A menudo, estos tienen tal necesidad de hablar que me los llevo a casa. Mis hijos no comprenden por qué tengo la vivienda llena de trastos y dicen que es por el síndrome de Diógenes, que me afecta desde que vivo sola. No sé qué tiene que ver el sabio de Sinope conmigo, pero supongo que él tenía también este don y, por eso, acabó viviendo en un tonel, para no escuchar más las voces de las cosas que lo rodeaban. A mí no me molestan, porque me llevo bien con todas, solamente las sillas se ponen un poco impertinentes si no las atiendo, y les da por atrancarme el paso. El otro día la tele se estropeó y me dijo: “No quiero que me arregles más, porque no aguanto más películas y telediarios”. Desde entonces, es la encargada de moderar las conversaciones, salvo cuando llegan mis hijos y se apaga.

MVF©

 

Microrrelato finalista en el V Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez (Zafra-Badajoz)

Enlace a todos los relatos seleccionados:

http://www.colectivomanueljpelaez.org/uploads/docs/2017premio.pdf

 

Con el culo al aire y la ropa sin lavar

Mi madre siempre se quejaba de la ropa sucia que le llevaba cada fin de semana. Que si los calcetines no tenían pareja, que si las camisetas no eran mías o los calzones desteñían. Siempre decía que mi ropa era ropa de camaleón, porque la llevaba de un color y volvía de otro. ¿No será de Quique, oye? Preguntaba a veces de mala gana, sin querer saber más. Quique siempre fue mi amigo del alma a ojos de mamá, hasta el día en que llegó a nuestro nido sin avisar y nos encontró liados entre las sábanas. La recuerdo, con su porte altanero y diciendo con todo el orgullo de que fue capaz: “Creo que, tanto tú como Quique, ya podéis lavaros vuestra ropa, no pienso haceros la colada nunca más.”

 

Texto elaborado para el Concurso de Zenda libros con motivo del día del Orgullo  LGBT

#historiasconorgullo

El Aviso

En cierta ocasión en que regresaba a casa después de una noche de juerga, me encontré con un gato de un solo ojo que parecía aguardarme en el portal.

ꟷ¿Qué haces exponiéndote de esta forma a estas horas de la madrugada? ꟷme increpó.

ꟷ¿Desde cuándo a los gatos les importa la hora en la que llego a casa? ꟷpregunté a mi vez.

ꟷEscucha, por mucho que mi apariencia te engañe, te aseguro que no soy un gato.

ꟷ¿Ah, no? ¿Y qué clase de bicho eres?

ꟷNo soy más que tu conciencia que te está avisando.

Solté una carcajada pensando que había bebido más de la cuenta y, sin más consideraciones al respecto, comencé a subir los peldaños.

ꟷ¿Dónde vas, desgraciado? ¿No ves que no estás en condiciones de entrar en casa? Inquirió el minino, cerrándome el paso.

ꟷ¡Déjame en paz, miserable!  ꟷProrrumpí dándole un puntapié que lo lanzó escaleras abajo.

ꟷ¡No enciendas la luz, inconsciente! ꟷme gritó aún desde el fondo del rellanoꟷ ¡Recuerda que tu aliento etílico podría provocar un fuego!

Maldiciendo al gato con botas me dispuse a abrir la puerta de mi casa. Amigos, nunca despreciéis la forma que puede adoptar vuestra conciencia para avisaros de que  habéis dejado el gas abierto, porque lo siguiente que recuerdo es la sirena de los bomberos, eso y la voz del médico diciéndome al despertar:

ꟷTiene suerte de haber perdido solamente un ojo en el incendio.

                                                                             MVF ©

 

Cuento publicado en el número 2 de la revista de Zaragoza: El Callejón de las Once Esquinas

Amigas y más

Fotografía de Ron Dillon, que forma parte de las ganadoras del Concurso Best Engagement Photos 2017

 

Cuando se abrió el telón, en medio de la algarabía del público, ambas mujeres fijaron, expectantes, su vista en el escenario, en el que, al ritmo de la mítica canción de Mecano, dos siluetas se descolgaron, una por cada lado de la sala, aproximándose, espalda contra espalda, hasta converger en el centro.

Las dos amigas de la infancia, cuyos caminos se habían bifurcado por desavenencias irreconciliables, no pudieron menos de reaccionar ante el golpe de efecto de las equilibristas –sus hijas- quienes, soltándose el cabello, se dejaron caer en vertical, sujetándose de un solo pie para aferrarse de las manos y sellar, en el aire, su unión con un beso, mientras el público coreaba en pie, y a voz en grito, la canción que ellas estaban representando: Mujer contra Mujer.

 

                                                                            MVF ©

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

MVF

las equilibristas -sus hijas- quienes, soltándose el cabello, se dejaron caer en vertical, sujetándose de un solo pie para aferrarse de las manos y sellar, en el aire, su unión con un beso, mientras el público coreaba en pie y a voz en grito, la canción que ellas representaban:
Mujer contra Mujer.

El reencuentro

La imagen puede contener: personas sentadas y calzado
La conversación (Etienne) La Habana (Cuba)

Tanto tiempo llevaban en silencio. Tanto tiempo sin alargar las horas conversando, sin enhebrar verbos ni proyectos, sin sumar sueños ni encontrar un hueco por el que abrazarse, aferrados como estaban a los restos de sus naufragios. Tanto tiempo llevaban sin hablarse, tanto tiempo, que, después de vaciar el corazón y el alma por la red, buscando por separado aquello que habían perdido, cuando al fin dieron el paso para conocerse y se encontraron en el parque, no se reconocieron.

Las horas habían hecho tanta mella en sus contornos, abierto tantas grietas en sus cinturas que ya no eran los mismos. No repararon en lo familiares que se hacían el uno al otro, en la coincidencia de sus nombres ni en sus heridas y, contra viento y marea, así, tal como estaban, medio difuminados, decidieron comenzar de nuevo.

MVF

Texto Basado en la fotografía, elaborado para el blog de Escritura Creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/05/la-conversacion.html

El día dos de cada mes

El día dos de cada mes, Asunción Buenaventura salía del cuadro, se sentaba con Don José al calor de la vieja estufa, y fumaban puros “Don José Correa” hasta que se les nublaban los ojos del humo y el cuerpo les pedía juerga. Entonces, como en un ritual acordado de antemano, Asunción se iba despojando de la ropa y Don José saboreaba cada trozo de carne que iba dejando al descubierto. Nunca se preguntaron por qué se juntaban siempre en día dos ni querían saberlo. El resto de los días, Don José se conformaba con aparecer de perfil en cada uno de los puros, y Asunción con decorar la pared de la vieja fábrica.

                                                                      MVF©

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar el volumen de Microrrelatos de Realismo Mágico EL Legado de Gabo, en homenaje al escritor Gabriel García Márquez.
Publicado en la revista Valencia Escribe (01/05/2017) https://www.yumpu.com/es/document/fullscreen/58321161/ve-33-mayo/26
(Imagen de origen: lysia.l.y.pic.centerblog.net/o/9d575f9a.jpg)

Ser tú

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Tú que me lees, no sabes, lo que yo daría por traspasar el papel de este libro y convertirme en protagonista de tu vida. Siquiera un momento ser de carne y hueso; aunque la carne pese y los huesos duelan. Salir al balcón de tu casa y respirar el aire de tu jardín, adormecerme en el sofá cómo tú, cuando escuchas música. Enfadarme una y otra vez con tu compañero de piso. Salir a la calle, aunque me caiga y tenga que levantarme una y otra vez, aunque el tiempo me desgaste y un día quede de mí sólo un nombre y un par de fechas. Saber que he vivido. Salir de estas líneas en las que duermo todos los días, siempre dentro de la misma historia. Poder sacudirme el pelo de la cara, sentir el calor del sol, oír el ruido de la lluvia golpeando tus ventanas. Vivir tu vida y, si me cansase, escribir inventando otra.

Micro publicado en la red Falsaria, en la revista digital Valencia Escribe, y presentado al concurso de Zenda Historias de libros.