Nube de octubre

No quise ser alacrán, porque mi sueño era otro.

Arena blanca en la orilla que el agua despierta y lleva.

No quise ser árbol quieto, porque todo en la vida se mueve.

Hojas caducas que el viento de otoño arranca y extiende.

No quise ser golondrina por no buscar el sol siempre.

Vida ambulante de nidos desmontados tantas veces.

No quise ser más que nube. Eterna forma cambiante:

elefante en plena selva, oso polar en la nieve.

Nube de algodón de azúcar, aunque el granizo me encuentre.

 

#Otoño.

Colaboración para el concurso de Zendalibros.com

Anuncios

Los ojos llenos de hojas

Los ojos se llenan de hojas

en cuánto el agua se seca.

Las lágrimas enquistadas

nunca quisieron ser perlas.

Es otoño, dice el río,

que baja lleno  de piedras,

es otoño, y yo pregunto:

¿En qué cauce va el agua

que no se drena?

Una raíz es mi cuerpo

que ha perforado la tierra

en una estación de ocres,

de hojas y de plantas secas.

Es otoño, dice el bosque,

y alarga sus brazos huecos

llenos de viento y de niebla.

Es otoño en los caminos,

en mis manos y en mis piernas,

es otoño y voy andando

tan entera como puedo

mientras mis pies van pisando

una alfombra de hojas secas.

 

Poema compuesto para el concurso de Zendalibros.com

Foto de autoría propia.

A veces…

 

Escha van den Bogerd
Pintura de Escha van den Bogerd

A veces sueño.

Abro los ojos hacia dentro

y estás ahí,

al final de una realidad

que abarco con mis manos

en la que ya no eres

un muñeco que otros manejan,

que se deja manejar a sabiendas

de que cuelga de unos hilos tan débiles.

Sueño que no eres de cartón piedra

tan cobarde que ni siquiera existes.

Sueño que hablas y no enhebras palabras

de otra historia que no es la tuya.

Sueño.

Que no he estado inventándote,

creándote

a imagen y semejanza de mi ausencia:

ese agujero no cubierto,

ese grito

que amenaza con desbordarme.

Sueño.

Qué estás delante de mí y te pregunto:

¿Cómo diablos has podido

ser tan imbécil?

 

 

 

Un hogar feliz

Resultado de imagen de fotos de ventanas cerradas

El hogar es ahora un remanso de paz. Muy de mañana abro todas las ventanas para ventilar las habitaciones, antes de que despierte la ciudad y el ruido inunde las calles. Pasados unos minutos vuelvo a cerrarlas, para preservar el silencio. Insonorizar la vivienda ha aumentado mi tranquilidad. Practico mi tabla de ejercicios con regularidad y veo películas que muestran un mundo nuevo. Todo cuánto necesito comprar puedo pedirlo por la web o por teléfono. Estoy de baja por estrés, pero gracias a las buenas costumbres me estoy restableciendo. El otro día, cuando acudí al especialista en psicorobótica sus recomendaciones fueron claras: es imprescindible para mi total recuperación que el humano que vivía antes en esta casa siga cumpliendo la orden de alejamiento.

Manuela Vicente Fernández ©

 

Fuente de la imagen: Pinterest.

Micro presentado al concurso de Zendalibros.com #Ciencia Ficción

 

LA CASA DEL VIEJO

 

Fuente de la imagen: ibytes.es  “Boys card game”

 

Relato finalista en el II Premio  de Relato Breve convocado por el semanario Las Nueve Musas (Oviedo)

 

La casa en la que vivía el viejo era la más antigua del lugar, tanto, que se creía que había sido la primera casa del pueblo. Sus ancestros habían ayudado a la orden de los franciscanos desde tiempos inmemoriales. Ayudaban en las cosechas, en la restauración del convento y en lo que hiciera falta, quizás por ello, el viejo gozaba del respeto de los religiosos. Fray Rufino, el guardián del convento, le tenía en mucha estima y con frecuencia mandaba a los hermanos a llevarle diversos productos de la huerta. Los niños del lugar no compartíamos el mismo sentimiento por el anciano. Acostumbrábamos a llamarle viejo pese a la corrección de nuestras madres, que insistían en que nos refiriésemos a él como señor Demetrio, pero nosotros le llamábamos viejo a conciencia, porque nos resultaba gruñón y antipático.

Estábamos en los terribles años de 1942 en una Italia entregada a la causa nazi. Los niños de Perusa vivíamos la escasez en nuestras carnes y nos fastidiaba ver el privilegio con el que contaba el viejo ante la población y la orden de los franciscanos.
Burlábamos la vigilancia de nuestras madres y, si el tiempo era bueno, jugábamos a molestarlo. Sobornábamos a su perro con restos de comida, y entrábamos en su propiedad para tirarle piedras a los balcones, golpear con fuerza la aldaba de la puerta, y escapar corriendo en cuánto le divisábamos. Los más osados intentaban colarse dentro de la casa para amedrentar después a los demás contando siniestras historias, como que el viejo coleccionaba cosas extrañas y que guardaba en su despensa tarros llenos de formol con restos humanos. Las malas lenguas decían que andaba en tratos con el diablo y que los monjes, para que los dejase tranquilos y no trajese el mal a la aldea, le llevaban alimentos como una forma de mantenerlo a raya. Los chicos más mayores iban aún más allá de todo esto y aseguraban que los religiosos le llevaban, en medio de las viandas, cuidadosamente escondidos, restos que iban a parar a su laboratorio, como embriones de mujeres que habían sufrido abortos, o muñones amputados provenientes de la enfermería del convento. A decir verdad, yo no creía nada de esto y tenía al viejo por buena persona, a pesar de su talante huraño. Poco a poco, fui desligándome del grupo poniendo excusas para quedarme en casa cuando insistían en molestar al pobre hombre, pero, sabedor de sus planes, no dejaba de sentirme cómplice por mucho que me retirase, por lo que pronto urdí otro plan para contrarrestar el de ellos: me haría amigo del viejo y, entre los dos, los alejaríamos. Fue así como mi amistad con Demetrio comenzó a fraguarse.

El primer día que acudí a su casa lo hice con la excusa de llevarle unas viandas del convento en lugar del hermano Bruno, al que intercepté con el encargo por el camino. No olvidaré la expresión del anciano al abrirme la puerta. Intenté convencerle de que mi intención era buena pero, sin darme tiempo, cogió el cesto con la comida y me cerró la puerta en las narices. No me di por vencido y continué rondando su propiedad y ofreciéndole mi ayuda ante la menor excusa. Tanta fue mi insistencia que, al final, una tarde lluviosa de invierno en la que acudí de nuevo con unos tarros de mermelada de parte del prior, se compadeció de mí al verme empapado y me hizo pasar para que me secase las ropas junto al fuego. Demetrio era hombre de pocas palabras, pero generoso de puertas adentro. Sin importarle mis quince años, me invitó a un café irlandés y me ofreció su pitillera. Fue la primera persona en tratarme como a un adulto y eso le granjeó automáticamente mi respeto. Entre él y yo se estableció una extraña relación, y pronto pasé a ser su chico de los recados, a cambio él me daba propina y eso me daba cierta independencia a una edad en la que disponer de algo de dinero te amplía el mercado de posibilidades. Me pagaba también por tareas de poca monta, como segarle el césped, ayudarle a colocar una verja, o recoger el ganado. Demetrio contaba con un rebaño de cabras y ovejas de las que sacaba leche, quesos y mantequilla que luego vendía en los colmados del pueblo. Lo mismo hacía con los huevos de las gallinas o con los animales que cazaba, pero a mí no me cuadraban nunca las cuentas, pues muchas veces le acompañaba en sus cacerías, y el número de los venados o conejos que cazábamos era muy superior al número de los que vendía. Él me explicaba que el invierno era largo y que metía muchas piezas en el arcón refrigerador, en previsión del mal tiempo o de cualquier imprevisto que le impidiera salir de caza. Como yo era joven y, a fin de cuentas, no era asunto mío llevar la contabilidad del viejo, no me preocupaba mucho por estos detalles, pero no podía evitar que la duda se me instalase entre ceja y ceja, y regresase a mi memoria parte de la leyenda que envolvía al hombre, cada vez que veía como Demetrio tan solo vendía una de cuatro partes.

Descubrí su secreto, como suele pasar con la mayor parte de los descubrimientos importantes, por pura y simple casualidad. A estas alturas de mi amistad con Demetrio, contaba yo con una llave de seguridad para entrar en su casa en caso de urgencia, siempre que fuese estrictamente necesario. Conocedor de la reserva de mi amigo y de lo importante que resultaba para él mantener su intimidad no había hecho uso de ella hasta aquel día en que, después de golpear la puerta varias veces sin obtener resultado, decidí emplear la llave para poner a salvo las botellas de vino y las truchas escabechadas que acababan de enviarle por mí desde el convento, y, tras dejarlas encima de la mesa de la cocina, ya me iba cuando llamaron mi atención unos ruidos que provenían del fondo de la casa.

Extrañado, agucé el oído pues me pareció oír la voz de Demetrio, y otras voces desconocidas que le contestaban. A mi mente vinieron entonces las murmuraciones y leyendas sobre la actividad del viejo y a punto estuve de abandonar la casa pero, tal como afirma un antiguo dicho, la curiosidad mata al gato. Mi naturaleza impulsiva no podía dejar de lado la oportunidad que se me presentaba así que, con especial sigilo, busqué la puerta del sótano y comencé a descender, muy despacio, por sus escaleras empinadas. A medida que descendía palabras comprometedoras fueron llegando a mis oídos: pasaportes, salvoconductodeportados. Al darme cuenta de lo que allí ocurría quise volver sobre mis pasos sin que me viesen, pero ya era tarde. El crujido de una tabla al descender les había alertado de mi presencia.

―¿Quién va? ―preguntó el viejo Demetrio con una voz de mando que le desconocía, al tiempo que sentí el ruido de  una pistola al cargarse.

―Soy yo, Demetrio ―dije con un hilo de voz, mientras me agachaba por puro instinto.

El grupo de hombres y mujeres allí refugiados  ―pues tal era la palabra que los definía― no se ponían de acuerdo en qué hacer conmigo. La mayoría opinaba que su seguridad estaba en peligro y que era imposible que un chiquillo como yo mantuviese la boca cerrada. Aunque Demetrio estaba de mi parte, no dejaba de estar enojado, pues quedaba en una posición ante los demás que le obligaba a tomar responsabilidades. Tras largos momentos de tensión y juramentos en los que la mirada del hombre  me fulminaba a cada segundo,  acordaron que la única garantía que podían tener de que yo no hablase era dejarme allí encerrado. Ante mi cara de susto y perplejidad, Demetrio se aprestó a tranquilizarme.

―No te preocupes, chaval. El guardián del convento hablará con tus padres y les convencerá de que te hemos encargado una misión.

Comprendí que los religiosos eran sus aliados para acoger a los judíos y de ahí venían las continuas entradas de alimentos que le procuraban. De pronto cuadraron en mi mente las cuentas de adónde iban a parar los animales de caza que el viejo no vendía, las botellas de vino, y las ingentes cantidades de leña que almacenaba. Al mirar con detenimiento  las caras de aquellas gentes pude ver el sufrimiento en sus ojos, la amargura en el rictus de sus labios, pero también la esperanza en los rostros de los más jóvenes, pues había niños y adolescentes allí en los que antes no había reparado.

Fue así como comenzó una nueva etapa en mi vida, marcada por el encierro con los exiliados judíos que habitaban en el trasfondo del sótano de Demetrio, pues el sótano, propiamente dicho, no terminaba dónde parecía, sino que contaba con una puerta oculta, que daba lugar a otras escaleras, por las que descendían los refugiados al caer la noche para llegar a otro refugio más profundo. Durante el día, todos ellos ascendían al segundo sótano para recibir un poco de luz, que entraba fugazmente a través de un pequeño ventanuco. Se cuidaban mucho de descender en cuánto Demetrio tocaba un timbre que tenía conectado al refugio desde la parte alta. Aquella tarde yo le había dicho a Demetrio que no vendría porque tenía que estudiar para un examen de historia pero, en el último momento, me había llamado el hermano Bruno para entregarme las botellas de vino y las truchas que pensaba tener listas al final de la semana y, debido a un cambio de planes en la organización, habían preparado antes. Todo pareció confabular, en resumen, para que yo me quedara encerrado en el refugio con los huéspedes de Demetrio, y conociese de primera mano parte de los horrores del holocausto. Algunos de ellos habían perdido a sus padres, esposas, hijos, madres, hermanos y demás familiares, de mano de los oficiales hitlerianos. Hasta entonces, Auschwitz, Dachau, Gross-Rosen, no eran más que palabras pronunciadas a media voz y a las que aprendí a sumar otras, como Risiera di San Sabba, en el que las condiciones de vida eran míseras pese a no ser deshumanizantes como en los campos de Alemania. Conocí la tristeza de no ser nadie, de perderlo todo y de depender de la caridad de los demás para sobrevivir pero, sobre todo, gracias a este encierro forzoso, tuve la oportunidad de conocer a Amanda.

Yo tenía dieciséis años en aquellos momentos, tres menos que Amanda. Ella era una joven muy culta, a la que le encantaba leer, de una belleza sin igual. Sus ojos almendrados te miraban de tal manera que no podías ocultarle nada. En el medio de la oscuridad del refugio, su piel blanca resplandecía ante la escasa luz de que disponíamos, como si se tratase de un diamante. Había conseguido traer, entre sus pocas pertenencias, unos pocos libros, sobre cuya lectura volvía una y otra vez, siempre que la luz se lo permitía. Fue ella la que me contó la historia de su pueblo, la que me habló de política y de los sueños de grandeza delirantes aprovechados para hacer germinar la idea de La gran Alemania como excusa para conquistar el mundo. Pero no solo de política se nutrió nuestra relación. Con Amanda era posible hablar de cualquier tema, inabordable con cualquier otra chica. Yo la veía como una maestra, por mucho que ella, de naturaleza humilde, se restase méritos; podía sentir cómo mi mente se abría al hablar con ella, para encontrar las respuestas a lo que preguntaba. No me preocupaba estar en el refugio, al contrario, mi obsesión era irme con ellos cuando consiguieran marcharse, para seguir al lado de Amanda. Incluso le planteé mis deseos a Demetrio, que me miró como si estuviese loco y los desechó de inmediato.

Cuatro meses de aquel otoño-invierno de 1943 fueron los que pasé encerrado en los sótanos de Demetrio, y puedo asegurar, sin ningún temor a equivocarme, que fueron los más intensos y provechosos de mi existencia. No solo en el terreno sentimental, sino en el conocimiento de la naturaleza humana y en su inmensa capacidad de recuperación, de seguir adelante en las circunstancias más adversas e inesperadas que la vida pueda ponernos por delante. No dejó, ni por un momento, el viejo Demetrio que me relajase en mis responsabilidades con la excusa del encierro, sino que aprovechó para encomendarme que, dado mi repentino interés por la lectura y los acontecimientos políticos, llevase un diario de todo cuánto sucediese en el sótano además de la contabilidad de los gastos. Ese sería el proyecto con el que se me conocería, una vez terminada la etapa funesta que nos tocaba vivir. No dejaba de sorprenderme mi amigo con su conducta y sus intentos para animarme a formar parte activa de la historia. Tanto que solo ahora, con la escuela que dan los años, llegué a formarme una idea del formidable hombre conocido como el viejo de la colina, que vivía en un pueblo de Italia.
Cuando llegó el día en que, finalmente, llegaron los pasaportes y salvoconductos que necesitábamos para que los hebreos pudiesen continuar su camino, sentí desgarrarse una parte de mi alma. Sabía que no podía ir con ellos, abandonar a mi familia e intentar labrarme un futuro incierto al lado de una mujer increíble cuando yo no tenía más que dieciséis años. La infinita paciencia y razonamiento de Amanda, que soñaba con poder ser un día una buena maestra, me hizo ver, aunque a regañadientes, que nuestros destinos tenían que separarse. La noche antes de partir la pasamos leyendo juntos pasajes del reciente libro de Saint Exupèry: El principito, y nos cambiamos nuestros nombres por Rosa y Zorro. Me quedé con el libro, y con el obsequio de una foto suya que me dejó guardada dentro del mismo y dedicada, en su parte posterior, con una de las frases célebres del cuento:

Siempre estaré contigo. Recuerda que «lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque prometió escribirme a casa de Demetrio, nunca llegué a recibir sus cartas. El viejo héroe murió poco tiempo después, a causa de un fulminante ataque al corazón que nos dejó a todos conmocionados. Su casa fue derribada con el tiempo por sus sobrinos, los cuales construyeron en el terreno un hostal al terminar la guerra, sobre cuya fachada hicieron poner una placa que reza:
Antigua casa de Demetrio Belgrano, bajo cuya tutela numerosos judíos pudieron salvar sus vidas del holocausto nazi.

Los monjes franciscanos se alegraron de verme regresar a mis estudios y, cuando tuvimos que partir de la aldea por el traslado de trabajo de mi padre a otra localidad, nos brindaron gustosos cartas de acogida para otros conventos de la orden, por si en alguna ocasión llegábamos a necesitar de ayuda, así como las puertas abiertas del suyo para venir a visitarlos. Terminé con éxito la carrera de medicina y, a mi vez, intenté seguir ayudando a mis semejantes en todo cuánto, Amanda y todas las personas que estuvieron conmigo en aquellos oscuros tiempos, me habían enseñado.

 

Manuela Vicente Fernández
Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

 

 

 

 

 

 

 

 

La realidad y el deseo

 

Foto: Ann Mansolino (serie: Thresholds II )

 

Tenía los brazos eternos. Para  no lastimarse contra el suelo al caminar, ni dejarlos girar como cuerdas alrededor de su cuerpo, los embutía en unas largas y blancas mangas de algodón. Y así iba por la vida, acariciándolo todo a su paso y, a la vez, sin poder tocar nada de verdad.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo el tema: Relación entre el ser interno y la idea externa de identidad basada en la serie Thresholds II de la fotógrafa Ann Mansolino

Viajes

 

Foto: René Maltête

 

En todas partes, y no solo en Venecia, hay mujeres sirenas. Mujeres que, al llegar la noche, se llenan de escamas, sus piernas se unen en una larga cola de pez plateada. Esas mujeres, pocas, bajan a las profundidades. Y encuentran marineros perdidos, que están a punto de ahogarse. Los salvan del abismo del mar, despejan la sal de sus bocas, peinan sus cabellos enmarañados. Los conducen hasta la orilla, mientras susurran canciones en sus oídos, dulces canciones que les regresan de sus siniestros, de sus escarpados viajes. Yo conocí una vez a una sirena, cuando estaba a punto de ahogarme. La conocí y le pedí que se quedase conmigo. Y ahora, en las noches más oscuras, descendemos los dos a bañarnos.

Texto elaborado para la página Esta Noche Te Cuento bajo la temática: “Sirenas”

ENTC

 

 

El ruido de sus pasos al caminar

Resultado de imagen de fotos de zapatos de tacón

Camina deprisa. Como si al acelerar el paso espantase la oscuridad. Odia el ruido de sus zapatos sobre el pavimento  y piensa que tiene que llevarlos al zapatero para que le ponga suelas de goma, suelas silenciosas que no anuncien por dónde va.  Ha perdido el último tren y sabe que no llegará a tiempo de acostar a Martín y decide llamar para darle las buenas noches. Marca un número y le llega la voz familiar de su madre: el niño duerme ya. Ha llegado cansado del colegio y ha cenado temprano. No te preocupes, dice, todavía no ha llegado Ismael. Ismael es el padre de Martín y el marido de la mujer que camina deprisa en la oscuridad. La misma que acaba de llamar a casa para anunciar que no llegará a tiempo de acostar al pequeño.

La abuela pone la mesa, mientras el padre del niño, que acaba de entrar por la puerta, descuelga el teléfono. Llaman de la estación de tren, han encontrado este número en el dispositivo móvil de una mujer descalza, que  ha caído sin vida sobre el andén.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones en el V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

Fuente de la imagen: miszapatos.com

Llamadas a media noche

Resultado de imagen de imágenes de teléfonos fijos de noche
Fuente de la imagen: itpmperu-wordpress.com

 

La despierta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

Al otro lado de la línea el silencio. Un denso silencio.

―¿Eres tú, Daniel?

Le responde una voz rota, como un susurro lejano:

―Llamaba para decirte adiós, Sara.

―¿Ya has llegado a París?

―No.

Un sonido agudo como de una sirena de ambulancia atraviesa la noche, arrancándola del sueño y volviéndola de forma brusca a la realidad. Su corazón late desbocado mientras los pulmones se esfuerzan en respirar. No recuerda qué ha soñado pero siente la mano del miedo aferrada a su garganta, y otra vez ese sudor frío que anticipa lo que sucederá. Se levanta, y busca a media luz una pastilla para seguir durmiendo, pero apenas comienza a descender en brazos de Morfeo, la alerta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar la antología del V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

 

 

 

 

 

 

La dote

 

El anciano tiembla junto a la chimenea apagada. Apenas un rescoldo  del fuego perdura en la forma de una brasa medio cubierta por la ceniza. No se atreve a alzar la vista hacia el cuadro que preside el salón y revela el rostro de una noble dama: la que un día fuera su esposa. ¿Qué vas a hacer con nuestras tres niñas? Siente en su fuero interno que le pregunta la mujer. Pensaba casar este invierno a la mayor,  pero lo ha perdido todo, no le queda más que un tesoro: la juventud de sus tres doncellas. El terrible Igor vendrá a buscarlas mañana para llevárselas a su casa de citas. Gotas de helado sudor recubren la frente del padre, que se sobresalta al oír un ruido. Pájaros en el tejado, piensa, mientras acuden a su mente otros pájaros, los que tienen sus hijas, ignorantes de su destino, en sus bellas cabezas. El ruido se intensifica y suena ahora como un aleteo. Lo mismo es un murciélago, se dice, que  ha quedado atascado en el tiro.  Aún no termina de pensarlo cuando una bolsa cae desde el agujero de la chimenea, levantando una nube de ceniza. El anciano la recoge,  confuso, y abre los ojos como platos al descubrir su contenido: San Nicolás acaba de arrojarle una bolsa llena de monedas, salvando con su regalo, el porvenir de sus tres hijas.

 

Texto elaborado para Zenda libros 

#cuentosdeNavidad