Aviones de papel

No fue ayer. Sucedió en otra vida de la que no se acuerda, porque su memoria es selectiva y se reinicia con las actualizaciones que le va añadiendo, componiendo así un extraño puzle en el que encaja cada pieza. No fue él, claro que no, el mismo que renegaba de las reglas que ahora componen su libro de cabecera. Nunca sintió la tentación de escribir en renglones torcidos ni de salirse  un milímetro de la línea recta,  ni tan solo para tomar impulso. No fue él, y mis recuerdos están equivocados o desactualizados, quizás, y por eso no encajan en mi memoria las dos versiones: aquella que guardo de antaño y ésta que encuentro ahora. Sin duda siempre fue aficionado al teatro y no era sino una máscara la que usaba cuando me aseguró que nada estaba escrito  y  que  las reglas estaban para saltárselas.

Ilustración de Edward Hooper

Rutas

Ya que no puedo ser libre agrandaré mis prisiones.

Cambiaré los tristes muros por alegres horizontes.

                      Manuel Altolaguirre

 

Caminé en línea recta, tal y como me había sido indicado, a través de un largo pasillo hasta llegar a una bifurcación y detenerme. A mi derecha, aparecía una puerta con un letrero que en grandes letras rezaba: Recursos humanos. A mi izquierda, otra con una inscripción mucho más discreta: Quejas y reclamaciones. Entendí que entre ambas puertas, mediaba un considerable espacio que pasaba de los recursos directamente a las reclamaciones y, como siempre me ha gustado ir por libre, abrí una ventana justo en medio.

 

 

Ciento en la mano…

 

“Hay días en que no puedes creer en el ser humano
días en que la estupidez crece hasta rebasar el techo
del mundo y envolver el planeta en una nebulosa tóxica.
Días en que las grandes preguntas se responden solas
y dices para qué
para qué buscar vida más allá de esta vida
transportar el virus de la estupidez por toda la galaxia
y sentir que una gran masa de zombis camina
buscando absurdas recompensas
por todos los jardines de Hamelin mientras suena la flauta…”

 

MVF

               © Todos los derechos reservados

El silencio de la montaña (Conversaciones con la montaña III)

Lloro mansamente mi humanidad. A la vera de la montaña me he acercado para llorar. Lloro por la arrogancia que he sentido. Por pensar que, por un momento, podía cambiar las cosas. Por creer que  el tiempo, el espacio y la forma significaban algo. El silencio me enseña a verme: tan pequeña,tan diminuta y tan metida en el centro de la corriente que no puedo distinguirme.

La montaña me escucha y me habla. Me dice:

-No importa, nada es tan importante, ni siquiera tú.

Conversaciones con la montaña II

En silencio acudo a la montaña, para escuchar mi propia voz, preguntándome:

– ¿Qué fue lo que quisiste?

– Nada. Vanidad de vanidades. Aire.

-¿Por qué sigues, entonces, en la rueda del desear si cuando llega lo que deseas ya saltas a otra cosa?

-Porque mi corazón me engaña.

-¿No será tu ego?

– ¿Cómo puedo diferenciarlos?

– Porque el ego disminuye lo que obtienes empujándote siempre a desear otra cosa.

-¿Y el corazón?

– El corazón vive el momento y aguarda con paciencia, sin juicio.

En la montaña la paz es silencio.

-Montaña, dime: ¿Por qué no conoces el desasosiego?

-Porque el desasosiego sólo vive en lo que se descentra y yo nunca  salgo de mi centro.

-¿Por qué salgo yo del mío?

– Porque no sabes cuál es tu centro.

Conversaciones con la montaña I

– ¿Montaña eres feliz?-

-Soy una montaña.

-Y ¿No querrías a veces ser cualquier otra cosa?

-Para qué, si ya soy una montaña.

-Yo soy humana y a veces deseo ser otra cosa…

-Ah! pero eso es por tu propia naturaleza. Tú ya fuiste todas las cosas, por eso no te identificas con ninguna plenamente.

-Si he sido todas las cosas…¿Por qué soy humana ahora?

– Porque es lo único que te resistes a ser.