La luz del alba

A la luz del candil teje y desteje cojines, mantas. Borda sueños cuyos hilos invisibles no se atrapan.

Sale a volar cada noche. Sube a las altas montañas donde el silencio es de oro y de plata las palabras. Regresa al amanecer y entra despacio en la casa, arropa a sus dos sirenas y desteje sus pisadas.

Está en nuestros corazones. Quiere que abramos ventanas, que dejemos entrar aire puro y a ella irse con el alba.

A mi hermana T.

 

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La barca

La barca era chiquita. Había hecho muchos viajes y estaba llena de remiendos. La había heredado de sus padres y sacado a la mar innumerables veces, primero con ellos, más tarde con su esposo y, al aumentar la familia, también  con sus hijos.

Ahora la barquita necesitaba reparaciones, pero era urgente salir a la mar cada día en busca de nuevas provisiones.

Era invierno y era consciente del daño que el agua fría y el viento infligían a la  pequeña embarcación. Sabía que el mar estaba lleno de peces, pero dudaba de la capacidad de la barquita.

Su familia tenía hambre. Sus padres, demasiado mayores, esperaban los alimentos al otro lado del mar. Su esposo luchaba noche y día contra la helada, intentando mantener el fuego del hogar encendido, mientras su hija mayor  traía leña y su hijo pequeño crecía cada día más deprisa. Solo su anciana suegra, la abuela de los remedios mágicos, leía en el fondo de su alma e intentaba sellar con escamas y aceite de pez el fondo de la barquita. Mientras ella salía al mar, la abuela limaba en el espejo del agua las aristas de la luna. Al llegar la noche, entre las dos preparaban los peces que la hija mayor se encargaba de repartir a toda la familia.

Era invierno y la pequeña embarcación aguantaba,  mientras  todos hacían acopio de madera para poder reconstruirla.

 

MVF/ 24-noviembre-2018

#cadadía

Todos los lugares

 

Cuando Alicia despertó se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo. Tanto, que la lectura del libro que tenía cerrado sobre su regazo había dejado de interesarle. Ni siquiera las flores que se abrían a su alrededor o los abetos que la circundaban le parecían los mismos. Extrañada de lo mucho que había cambiado todo consultó su reloj. Apenas habían pasado unos minutos. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiesen tenido lugar tantos cambios? Estaba pensando en ello cuando vio acercarse a su hermana.

-¿Otra vez te has quedado dormida, Alicia?

-No estoy segura de haber dormido -respondió ésta en voz muy baja.

-¿Cómo es eso?

-Bueno, lo que quiero decir es que no estoy segura de no estar durmiendo ahora.

-¿Te has vuelto loca? -preguntó su hermana.

-Es posible. ¿Nunca has tenido una sensación de irrealidad que no se corresponde con lo que percibes? o, lo que es lo mismo ¿Nunca has tenido la sensación de percibir otra realidad que no se corresponde con la que vives?

-No hay quien te entienda, Alicia. Va a ser que este lugar que eliges para leer no es el más indicado.

-¿Indicado para quién? escucha, hermana, quiero hacerte una pregunta y que me respondas con sinceridad.

-¿Cómo si no?

-Bueno, estoy segura de que me entiendes. Imagínate que no estás a gusto con la realidad que vives. No me preguntes. No, todavía. Tú solo imagina que has podido ver desde lejos el lugar que ocupas. Sí. Algo así como si pudieses tomar cierta perspectiva para mirarlo todo en su conjunto: es decir, el papel que ocupas y el papel que ocupa, a su vez, todo el resto; que lo has visto todo desde una posición más amplia en la que te has descubierto desempeñando un rol del que solo eras consciente a medias, y que te desvaloriza ante ti misma frente al elenco de otras posibilidades.

-¿Algo así como cuándo ves desarrollarse de forma simultanea el guión de una obra y ves como los personajes se equivocan de dirección? -preguntó su hermana.

-Sí. Como cuando has visto a uno de los personajes guardar el huevo de Pascua y después ves cómo alguien lo está buscando en otro lugar.

-Entiendo… ¿Y cuál es tu pregunta?

-La pregunta es ¿Te interesaría fingir que juegas a encontrar el huevo cuando ya sabes dónde está?

-Claro que no. Habría que volver a esconderlo en otro lugar para jugar con honestidad.

-Exactamente, y ahí es adonde yo quería ir: ¿ Estarías dispuesta a ser sincera y asumir el  riesgo de no encontrarlo en la nueva búsqueda o prefieres asegurarte el beneficio cerrando los ojos a la realidad?

-Bueno, todo depende de lo que signifique el huevo de Pascua y la búsqueda. Quiero decir que si el valor del huevo es el mismo y la búsqueda solo te va a conducir a dar rodeos pues…

-Oh, debí haber supuesto que no me comprenderías.

-¿Qué es lo que no he comprendido, Alicia?

-Toda búsqueda lleva implícito su propio valor y, por tanto, su propia recompensa. ¿Cómo has podido pensar que sería el mismo huevo de Pascua el que hallases, si prosiguieses  en su búsqueda?

-Entiendo lo que quieres decir. Sencillamente, no es posible volver al punto de partida una vez que una deja atrás ese punto.

-Está claro.

-Pues entonces, si la pregunta viene a ser si me quedaría en el mismo punto, sabiendo que hay otro camino que me resulta mucho más interesante, la respuesta es no. Jamás me perdonaría ser tan cobarde y conformista.

-¿Independientemente de cuál fuese el resultado?

-Por supuesto, porque quedarme aquí habría dejado de parecerme satisfactorio y eso ya no sería capaz de cambiarlo.

-¿Ves entonces a lo que me refería cuando decía que la realidad que vivimos no es la única realidad?

-Creo que sí, Alicia. Y creo que debes seguir durmiendo y despertando en este lugar, porque no cabe duda de que estás en la dirección correcta.

Aviones de papel

No fue ayer. Sucedió en otra vida de la que no se acuerda, porque su memoria es selectiva y se reinicia con las actualizaciones que le va añadiendo, componiendo así un extraño puzle en el que encaja cada pieza. No fue él, claro que no, el mismo que renegaba de las reglas que ahora componen su libro de cabecera. Nunca sintió la tentación de escribir en renglones torcidos ni de salirse  un milímetro de la línea recta,  ni tan solo para tomar impulso. No fue él, y mis recuerdos están equivocados o desactualizados, quizás, y por eso no encajan en mi memoria las dos versiones: aquella que guardo de antaño y ésta que encuentro ahora. Sin duda siempre fue aficionado al teatro y no era sino una máscara la que usaba cuando me aseguró que nada estaba escrito  y  que  las reglas estaban para saltárselas.

Ilustración de Edward Hooper

Rutas

Ya que no puedo ser libre agrandaré mis prisiones.

Cambiaré los tristes muros por alegres horizontes.

                      Manuel Altolaguirre

 

Caminé en línea recta, tal y como me había sido indicado, a través de un largo pasillo hasta llegar a una bifurcación y detenerme. A mi derecha, aparecía una puerta con un letrero que en grandes letras rezaba: Recursos humanos. A mi izquierda, otra con una inscripción mucho más discreta: Quejas y reclamaciones. Entendí que entre ambas puertas, mediaba un considerable espacio que pasaba de los recursos directamente a las reclamaciones y, como siempre me ha gustado ir por libre, abrí una ventana justo en medio.

 

 

Ciento en la mano…

 

“Hay días en que no puedes creer en el ser humano
días en que la estupidez crece hasta rebasar el techo
del mundo y envolver el planeta en una nebulosa tóxica.
Días en que las grandes preguntas se responden solas
y dices para qué
para qué buscar vida más allá de esta vida
transportar el virus de la estupidez por toda la galaxia
y sentir que una gran masa de zombis camina
buscando absurdas recompensas
por todos los jardines de Hamelin mientras suena la flauta…”

 

MVF

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El silencio de la montaña (Conversaciones con la montaña III)

Lloro mansamente mi humanidad. A la vera de la montaña me he acercado para llorar. Lloro por la arrogancia que he sentido. Por pensar que, por un momento, podía cambiar las cosas. Por creer que  el tiempo, el espacio y la forma significaban algo. El silencio me enseña a verme: tan pequeña,tan diminuta y tan metida en el centro de la corriente que no puedo distinguirme.

La montaña me escucha y me habla. Me dice:

-No importa, nada es tan importante, ni siquiera tú.

Conversaciones con la montaña II

En silencio acudo a la montaña, para escuchar mi propia voz, preguntándome:

– ¿Qué fue lo que quisiste?

– Nada. Vanidad de vanidades. Aire.

-¿Por qué sigues, entonces, en la rueda del desear si cuando llega lo que deseas ya saltas a otra cosa?

-Porque mi corazón me engaña.

-¿No será tu ego?

– ¿Cómo puedo diferenciarlos?

– Porque el ego disminuye lo que obtienes empujándote siempre a desear otra cosa.

-¿Y el corazón?

– El corazón vive el momento y aguarda con paciencia, sin juicio.

En la montaña la paz es silencio.

-Montaña, dime: ¿Por qué no conoces el desasosiego?

-Porque el desasosiego sólo vive en lo que se descentra y yo nunca  salgo de mi centro.

-¿Por qué salgo yo del mío?

– Porque no sabes cuál es tu centro.