CIENTO UN INTENTOS

Mi Quijotesca hazaña es hacer que me veas, con mi lanza bajando estrellas para dártelas. Un camino de símbolos a tus pies pongo ahora, querida Dulcinea. Que mi fiel compañero de ausencias te lo diga: si no he ensartado letras como quien cuenta días para que me leyeras y así, me dieras vida. Esta noche sin luna en la que me refugio es el silencio con el que me ignoras. Pero yo seguiré, más allá de estas líneas, reclamando una aurora. Con mi fiel Rocinante y mi fiel escudero: mi portátil, lector, y mi saco de sueños.

Microrrelato finalista en la primera ronda (47 primeros micros) en el VI Certamen Literario Canyada D’Art.

(textos recibidos: 447)

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¿Hay alguien ahí?

Cuando soy una extraña en mi país y en mi tierra, abro una puerta en la pared y me escapo. Es muy sencillo, aunque ya se que lo difícil es ser sencillo,  pero si no pienso en ello me sale. Lo hago cuando estoy harta de los desencuentros, porque se que si espero voy a comenzar a hablar sola, acelerar el paso y a no contestar a los saludos. No es que me importe especialmente que me tomen por loca, visionaria o rarita, sino que necesito que me dejen en paz, que dejen de llamarme a gritos o de preguntarme adónde voy. Si dispongo de tiempo pinto la puerta con detenimiento, le pongo hiedras y guirnaldas en el dintel, con todo lujo de detalles. Pero hay veces en que tengo el tiempo justo de dibujarla a toda prisa para escaparme, como hoy mismo, que tuve que trazarla antes de llegar a casa, justo al salir del bazar del barrio (el único que hay) y encontrarme por tercera vez consecutiva con el loco “oficial” del pueblo, el único que sigue estable e incluso ha mejorado con los años. Fue  al ser consciente de este último pensamiento, cuando busqué instintivamente un espacio para improvisar mi puerta. Justo al otro lado de la calle había un muro liso y blanco, perfecto para mi objetivo. Creé mentalmente una puerta amplia, redonda, de fácil trazado y la crucé preguntando:

-¿¿Hay alguién ahí??

El corazón del guerrero

     “Tu casa es una fortaleza inexpugnable. Tu aguerrido carácter te hace levantar muros que contengan cualquier expansión. Cual señorial retiro, tus dominios se extienden a todo lo ancho y largo del espacio que ocupas. ¡Solitario guerrero de confinados días!  ¡Ni las ninfas más bellas traspasan el dintel de la puerta de tu corazón! Dicen que eres un caballero. Que guardas las distancias por tu exquisita educación. Que en aras al deber sobrellevas tu soledad,  porque el guerrero es el guardián  que nunca descansa.  El centinela que no duerme. El único que no se abandona al amor. Pero en tu cuerpo regio hay una cicatriz invisible. Lo se porque en las noches de luna oigo el lamento de tu silencio. Debajo de tu pétrea armadura se esconde un nombre de mujer. Me lo han dicho tus labios, guerrero, cuando soplando sobre tu ligero sueño se te escapó un suspiro. Nadie es capaz de engañar al que se cuela por todos los resquicios del mundo. Soy el viento, guerrero, y he tomado ese nombre para esculpirlo en el libro del tiempo. Ella vendrá a ti, algún día, y no habrá armadura que te esconda de su presencia. Entonces, habrás ganado la única batalla que merece la pena ganar: La de ceder al amor.”

Cortesía

No dejes que me vean cuando yo no me vea. Cuando tenga la ropa descompuesta o la boca torcida. Si estás aquí y aún eres algo mío (un hijo o un bastón para mi cuerpo en quiebra); si preguntan por mí diles que estoy dormida, que la luz me molesta, que el ruido me fatiga. Distráeles, dales las gracias y una flor por las molestias, vino o zumo, lo que quieras, pero no consientas que adviertan como pierdo la vista y confundo sus rostros, como sus voces me son desconocidas. Dales, eso sí, las gracias a todos. Invítales a una copa en mi nombre. Diles que agradezco en el alma su visita.

Cibercaptura

Vivo en un mundo virtual con un cuerpo físico. Prisionera de una realidad de autómatas, que ejecutan sus acciones mecánicamente. Si grito, centenares de cabezas se volverán a mirarme, mientras bicentenares de manos inmortalizarán mi grito con sus dispositivos móviles. Si intento arrebarles sus mortíferas armas, las fuerzas de seguridad me detendrán y me acusarán de asalto. No quiero olvidar quién soy e intento desvincularme de sus mecánicos actos. Se, sin embargo, que el tiempo corre en contra de mis deseos. Al buzón de mi casa ya solo llegan facturas, mientras varios mensajes amenazan con desbordar mi correo electrónico. En las últimas facturas aparece la dirección de una pagina web, mientras se indica que el recibo digital ya está a mi disposición. En la pantalla de mi televisor se anuncia la nueva asistencia sanitaria por videoconferencia. Mis amigos me envían abrazos virtuales y las plantas de mi jardín se secan, mientras el jardinero, absorto en su último videojuego, planta nuevas especies en su jardín del ciberespacio. Es inútil  descolgar el teléfono para intentar emitir un S.O.S que se escuche en alguna parte, porque ya no queda nadie que pueda descolgarlo.

Alguna vez…

“He experimentado en mi mismo cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad…para instruirme a amar el mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal cómo es y amarlo y vivirlo a gusto.”

( Hermman Hesse en “Sidharta”)

Alguna vez pensé en ti. Perseguí tus invisibles huellas, a través de ignotos caminos. Por entonces aún creía que tenías oídos, barba blanca y brazos tan anchos que acogían el mundo. Pronto comprendí que así no te hubiese querido. Porque me hubiese sido díficil comprenderte e imposible insultarte con propiedad, con reconocimiento. Pronto entendí que sería absurdo encontrarte vestido de un color político, sentando a tu derecha a los ilustres ricos, repartiendo migajas a los tristes esclavos, abriendo tus palacios tan sólo los domingos. ¿De qué color tendrías tu venerable piel? ¿En qué idioma hablarías? ¿Y por qué, en los tiempos que corren, no habrías de ser mujer? Supe que era imposible que te identificases con hábitos ni escuelas que flagelan la sangre. Supe que no habitabas en  cuadros ni estandartes, ni tu morada era un hotel reservable. Te comprendí mirando unos ojos desiertos, perdidos en un mundo de soledad y de hambre. Te advertí tras los sueños congelándose a trozos en puertas de hospitales. Te adiviné  en las manos curtidas de una madre, en el pecho cruzado con la cruz del desplante. Pude insultarte entonces mirándome al espejo, viéndote en cada imagen. Comprendí que la vida enseña en carne propia, escribiendo con sangre. Supe entonces que ya no podía inventarte, amarte en esa imagen deseada o soñada, en un mundo ideal tejido a mi capricho, dónde nunca faltase mi zona de confort en la que proyectarte, dando la espalda a un mundo que arañase esa débil burbuja que me aislase. Te insulté y me rendí, viendo que el mundo sigue, pese a todo, adelante.

Mis pequeñas letras

Vivo en un país dónde se escribe en el agua. Grandes veleros portan mensajes en sus velas. Frases y slogans cruzan los mares inscritos en grandes yates. Desde primera línea de playa se advierten buques cargados de palabras que los grandes trasatlánticos lucen en brillantes rótulos. Por las tardes, cuando el tráfico disminuye, salgo con mi pequeño bote y echo la red para pescar las letras olvidadas, esas pequeñas letras que salen despedidas por la borda, cuando arrecia el viento del norte. Encuentro mensajes cuya plataforma ha caído, como un puzle desmembrado, bajo el peso de las grandes pancartas. Mensajes que voy guardando delicadamente en distintas botellas, para devolverlos al mar de la incertidumbre. Se hace de noche cuando recojo la red y porto en mis viejas cestas, las últimas letras huérfanas del día que he logrado rescatar. Las seco cuidadosamente al llegar a casa, enhebrándolas en hilos de plata, y las cuelgo a la entrada de mi improvisado hogar adoptivo, para que sepan que aún siguen vivas, para que todo aquel que quiera darles cobijo de verdad, las descubra.

Mil y una

Iba en el autobús, oyendo mil y una conversaciones y se preguntaba si realmente formaba parte de este hormiguero, o había sido abducida y situada en medio de un caos que no comprendía. Se preguntaba, a su vez, si alguno de sus convecinos se hacía las mismas preguntas, o era solamente ella la extraña, la diferente.

Cabía asimismo la posibilidad de que algunos pensasen como ella, pero fingiesen ser como los demás en un intento de integrarse con ellos.
En éstas estaba cuando, al pasar el bus por una rotonda vio un inmenso cartel con la imagen en primer plano de un perro y el siguiente eslogan en letras bien destacadas:

NADIE TE AMARÁ MÁS QUE TU PERRO

Fue entonces cuando todas sus preguntas obtuvieron respuesta.

“O vivimos todos juntos como hermanos o morimos todos juntos como idiotas”

(Martín Luther King)

Mudanzas

Percibí que algo quedaba en mí de esos lugares, tantas veces recorridos. De esas calles cruzadas, unos días a toda prisa, zarandeada por los acontecimientos diarios; otros a paso lento, empujando carritos de niños, o simplemente a ritmo de domingo, en días festivos en los que pudo vérseme, como un habitante más del lugar, tomando asiento en una de las múltiples terrazas para pedir un aperitivo. Y es que mi alma, a lo largo de todos esos años ambulantes, hubo de impregnarse de mil y una sensaciones que habrían de revestir mi cuerpo, mis ademanes, y hasta mi forma de hablar, como envolturas pasajeras que acabarían desgastándose hasta fundirse conmigo y   acabar constituyendo esa esencia atemporal que permanece en nosotros, a través de los distintos cambios, configurándonos tal y como somos, y ya nunca nos abandona.