Retorno

 

La imagen puede contener: 1 persona, agua
Fotografía: Juan Felipe López Arbide

 

Miraba el paisaje maravillado, como si nunca antes hubiese visto la nieve en las montañas que lo vieron crecer, y volvía a oír, como si viajase junto a él, la voz de su padre diciéndole: “Algún día volverás y lo verás todo con otros ojos”.

Micro basado en la imagen, elaborado para el espacio Viernes Creativo (El Bic Naranja)

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/08/viernes-creativo-escribe-una-historia-203/?c=6392#comment-6392

https://www.facebook.com/groups/101042810429852/permalink/135167373684062/

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A un tiro de piedra

Sucedió un aciago día de invierno. Digo lo de aciago porque en clase de lengua justo acabábamos de descubrir que esta palabra significa infeliz, infausto. Con nuestras mochilas a la espalda retomamos el camino hacia el pueblo y al llegar a la mitad del trayecto, cuando ya se divisaban las casas blancas con sus chimeneas tiñendo el cielo de gris, nos dimos cuenta de que faltaba Elvira, la más pequeña de los hermanos. Fue Tomé el que dio la voz de alarma y todos arrojamos las carteras al suelo para volver tras ella. La llamamos a gritos y nos dividimos para buscarla. Entre los cuatro, peinamos toda la zona y no dejamos arbusto sin rastrear, pero no encontramos señales de Elvira. Siempre había sido una niña distraída, y era tan delgada que casi podía verse a través de su cuerpo.

Llegamos a casa desconsolados, llorando a moco tendido. Papá, que sintió nuestro llanto, nos salió al encuentro desde el cobertizo, llevándose las manos a la cabeza al notar la ausencia de nuestra hermana.
ꟷ¿Cómo pudo pasar esto? ꟷNo hacía más que preguntar.
Aquella noche, alguien tiró una piedra a los cristales de mi ventana:
ꟷNo se lo digas a nadie, Juan ꟷpidió una niña tan transparente que a través de ella pasaba la luz de la luna— solo quería jugar a ver si me encontrabais, pero ni yo misma pude hallar el camino de vuelta.

Microcuento publicado en el Nº3 de la revista El Callejón de las Once Esquinas

El loco y el mar

 

Fondosg.com/Playa de las Catedrales (Ribadeo-Lugo)

 

Nadie sabía de dónde había venido. Apareció por el lugar una mañana de primeros de julio, y repetía la misma ruta todos los días. Bajaba a la playa temprano y se quedaba junto a las rocas, donde extendía sus dos toallas. Una al sol y otra a la sombra. Siempre dos. A mediodía, sacaba dos bocadillos de la bolsa térmica y dos bebidas. Su conducta captaba enseguida la atención de los turistas, que se extrañaban de verle gesticular solo, y lo tomaban por loco al oírle hablar en voz alta, como dirigiéndose a alguien que parecía tener siempre presente. Al volver de la playa, se detenía muchas veces en las tiendas de souvenirs que bordeaban la costa, y pedía a las dependientas que le mostraran collares, anillos y demás abalorios femeninos que insistía en probar a una imaginaria mujer que nadie veía.

Pronto la gente comenzó a referirse a él como el loco de la novia y dejó de extrañarse de sus manías. Los camareros le servían las consumiciones por partida doble sin preguntar, y en el cine sellaban sus dos entradas como si tal cosa. Toda esta falsa normalidad cambió la tarde en la que, en uno de los chiringuitos de la playa, una persona lo reconoció. Enseguida, trataron de retenerle para contactar con su familia, que había denunciado hacía un tiempo su desaparición. Pero Jaime, que así resultó llamarse nuestro protagonista, aprovechó un descuido y se largó. Al parecer, no había podido superar la muerte de su novia el pasado verano, que se ahogó en el mar pese a todos sus esfuerzos por salvarla y cuyo cuerpo no habían logrado recuperar. Se organizaron grupos de búsqueda para encontrar a nuestro hombre, y no quedó un rincón de la isla por registrar. Al fin, cuando ya se había perdido toda esperanza sobre su paradero, un turista dio la voz de alarma: en el rincón de la playa donde Jaime extendía sus dos toallas, habían hallado, dobladas y casi ocultas entre las rocas, dos notas escritas con la misma caligrafía, y en la que constaba el mismo mensaje, eso sí, firmado con distintas firmas:

Buscadnos en el mar.

 

Relato presentado al concurso de Zenda libros #AmoresDeVerano

 

Tic, tac

Resultado de imagen de fotos de reloj

 

Tic, tac. El reloj, como un arma arrojadiza. Un misil disparado al corazón. Tic, tac. Y tus labios sobre mis labios, tu cuerpo helado, buscando cobijo en mi interior.

Tic, tac. Y una balsa a punto de partir dejándome sola en un rincón. Tic, tac. Y un verano añadiendo fuego, cuando no queda más que la memoria de lo que se ha vivido por quemar.

Tic, tac. Y tu nombre sobre el atlántico, y en mis días la certeza de que no volverás.

 

Texto presentado al concurso de Zenda #AmoresDeVerano

 

Hacia el lugar donde se oculta el día

Recuerdo las cassettes con los éxitos de Duncan Dhu, las tardes de verano en el cine América, y el sabor de su piel. Sobre todas las cosas sigo recordando, sigo sintiendo en la boca el sabor agridulce de su piel. Elva era como una noche clara de verano, como ese trago de café con su nube de leche. Amarga y dulce. Azúcar y sal. La vida se nos atrancó en medio adoptando la ira de sus padres y la inconformidad de los míos. Enemigos de siempre, de raza y genes no exentos de la sangre de los dos. Mi padre era el patrón y su madre la criada mestiza. Nuestro amor era una aberración a los ojos de todos. No volví a verla ni a saber en qué jardín arribaron sus pies, hice caso a mis padres y me casé con una buena chica pero no sabría decir, ni siquiera ahora, después de cincuenta años de matrimonio, a qué sabe su piel.

Relato presentado al concurso de Zenda libros #AmoresDeVerano

Verano del noventa y seis

 

Pintura: Ropa tendida (Toñi Ortiz) -Artelista.com

Aurora tendía la ropa en la terraza común. Prendas mínimas que yo nunca había visto ni imaginaba que existiesen. Los veranos en Villagris eran como una larga siesta en la que la ciudad desaparecía, envuelta en una nube de calor. Pero el verano del noventa y seis tenía la piel de Aurora, una piel joven y tersa con rutas insospechadas y desniveles por los que resbalaban mis ojos igual que barcas en la corriente del río. Viéndola tender la ropa descalza, sorteando los charcos que dejaban las prendas al gotear, me atreví a preguntarle si quería venir con nosotros a bañarse en la laguna.

―¿Y quiénes son «nosotros»? ―preguntó a su vez.

―Pues nosotros. Ya sabes: tú y yo.

Podía haber mencionado a mi hermana, Carmen, pero sabía que nos estorbaría. Observé la mueca en el rostro de Aurora ¿sorpresa?, ¿burla? Decidí lanzarme de cabeza.

―¿Crees que soy muy joven para ti?

Aurora lanzó una carcajada y, en medio de la risa, me dio la respuesta definitiva.

―Es obvio que no, puesto que me preguntas.

 

Desde ese día en la terraza la hora de la siesta fue la nuestra. Aprendí tanto ese verano sobre curvas que, cuando comenzaron las clases, yo ya estaba en otro nivel, y Aurora muy avanzada contando lunas.

 

Texto presentado al concurso de Zenda libros #AmoresDeVerano

La isla y sus vistas

 

Aunque el mar era de todos en la isla, la arena de la playa estaba dividida en dos bandos:

En uno estaban los individualistas, que tenían su espacio acotado con cintas y banderines, letreros de prohibido el paso y miniviviendas sombrilleras, en las que no faltaba el registro del número de granos de arena ni el punto de referencia establecido. En el otro lado estaban los comunitarios, todos vestidos de igual color y con la misma camiseta solidaria; se reían a la vez y comían a la misma hora, hacían la siesta cumpliendo el rito de la digestión y, aunque eran una piña, todas las tardes se partían los dientes entre ellos jugando al fútbol.

En cuánto llegué, unos y otros me pidieron que eligiese un bando.

—¿No puedo elegir un sitio neutro? —pregunté, incapaz de decidir.

Desde entonces, parece que lleve puesta la capa de Harry Potter. Nadie me ve cuando llego a la playa, aunque los de un lado sujeten bien su sombrilla cuando paso y  los del otro abran un ojo durante la siesta.

 

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros, con la consigna de emplear la palabra “Mar” (que pasó a la final y quedó entre los veinte seleccionados)

La evasión

Imagen extraída de la red

Comenzamos a pintarlas como un juego, en una de las muchas vueltas que solíamos dar en torno al muro del patio. Uno de nosotros comenzó, no importa quién, porque cuando llevas el mismo uniforme no hay grandes diferencias entre unos y otros. Existen los matices, claro, y causan grandes conflictos a la hora de convivir, pero para los ojos que nos miran, todos somos iguales. Una masa de fracasados, simples delincuentes que luchan entre sí para sobrevivir. Pues en una de esas vueltas apareció. Una mariposa roja pintada con sangre. ¿De qué otro tipo de pintura podíamos disponer en un lugar como este? Se estableció el juego, y las normas fueron surgiendo sobre la marcha: Una mariposa, primer aviso. Dos mariposas, y era hora de jugar a los dados. Tres mariposas, y uno de los nuestros volaba por encima del muro. Pum, así de fácil.

 Micro finalista en el V Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez (Zafra- Badajoz)

Enlace a los relatos seleccionados y publicados:

http://www.colectivomanueljpelaez.org/uploads/docs/2017premio.pdf

El viento que no se va

Desde que éramos niños, padre siempre contaba que tenía un viento en el corazón. Un viento que era, a la vez, su espada y su salvación. Su espada, porque sabía dónde encontrarle a cada momento, por mucho que se escondiese. De hecho, sabía de cierto que algún día, cuando estuviese desprevenido haciendo equilibrios en el hilo de la vida, el viento soplaría tan fuerte que se lo llevaría. Su salvación, porque ese mismo viento le impulsaba a volar tan alto como sus alas le permitían, a sorberse el aroma de las horas y capturar la esencia de los instantes mágicos, como los que vivía a nuestro lado.

Siempre que sucedía algo extraño en casa o desaparecía cualquier cosa todos echábamos la culpa al viento de papá, que lo revolvía todo a su paso. Nos acostumbramos tanto a su presencia que no lo oímos cuando comenzó a soplar más y más fuerte, pues para entonces el viento ya era nuestro amigo, uno más en nuestra casa que se sentaba con  nosotros a la mesa, y nos acompañaba en nuestro caminar.

Recuerdo que aquella noche hubo una gran tormenta y el viento se puso pesado hasta hacernos rabiar. Yo estuve a punto de levantarme y decirle a papá que sujetase el suyo con fuerza, no fuese a armar algún estropicio, pero tuve la cobardía de quedarme bajo las sábanas, contando los truenos que caían y rezando a Santa Bárbara para que cesase el temporal.

Por la mañana nos despertó el llanto de mamá. Mi hermano y yo corrimos hasta su habitación amedrentados, y la vimos sentada en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. El balcón estaba abierto, y una brisa suave y fresca entraba por todo el cuarto, pero no vimos a papá. Únicamente sus zapatos, negros y relucientes, al pie de la baranda, nos indicaban que esta vez había volado de verdad.

MVF

Relato elaborado para el concurso de Zenda libros bajo el lema: viento.

 

 

 

 

 

 

 

 

El legado del viento

imagen: https://www.youtube.com/watch?v=dB5hArlQ7qs

Pasaron muchas cosas antes de llegar a este tiempo. Pasaron mujeres jóvenes con cinturas de media luna y ojos de ensueño, mujeres cuyas cinturas crecieron como la luna llena, hasta arrojar cuerpos con pies de barro y alma de cielo. Mujeres que pasaban por el camino de la vida con niños prendidos a sus faldas, que llamaban a mi puerta para anunciarme el parto de otras mujeres: ¡Venga rápido, doña Asunción, que la reclama una criatura! Niñas que vi crecer hasta convertirse en  muñecas rusas que portaban otras muñecas, generación tras generación.

Me gustaba el silencio de mi casa. Me gustaba saber que yo, la partera Asunción, sería la última mujer de mi estirpe. Nunca me sentí culpable de no perpetuar mi apellido, de no ceder el legado de traer vidas al mundo a una nueva Asunción. Después de haber asistido, apenas cumplida la mayoría de edad,  a más de un centenar de partos al año durante varias décadas, consideré cubierta esa función. Nunca envidié esos vientres redondos, ese pálpito interno de piernas y manos, ese romperse hasta partirse en dos, con ese tijeretazo de cordón que, pese a la separación, nunca termina de cortarse.

Después de asistir a un parto, volvía al silencio de mi casa, solo turbado por el fragor del viento, que me hablaba de mundos en los que no existía la escisión, la sempiterna pena por la carne de tu carne. En los que no había mujeres siempre a punto de dar a luz, llantos desesperados de recién nacidos en busca de un pezón caliente.

Y aquí estoy ahora. Ya no pasan delante de mi casa mujeres de cinturas crecientes, abuelas apresuradas. Mi única compañía es el viento, que entona una canción con mi nombre: emigraré a un país de luz sin sombra.

 

MVF ©

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo el lema #palabrasalviento