La evasión

Imagen extraída de la red

Comenzamos a pintarlas como un juego, en una de las muchas vueltas que solíamos dar en torno al muro del patio. Uno de nosotros comenzó, no importa quién, porque cuando llevas el mismo uniforme no hay grandes diferencias entre unos y otros. Existen los matices, claro, y causan grandes conflictos a la hora de convivir, pero para los ojos que nos miran, todos somos iguales. Una masa de fracasados, simples delincuentes que luchan entre sí para sobrevivir. Pues en una de esas vueltas apareció. Una mariposa roja pintada con sangre. ¿De qué otro tipo de pintura podíamos disponer en un lugar como este? Se estableció el juego, y las normas fueron surgiendo sobre la marcha: Una mariposa, primer aviso. Dos mariposas, y era hora de jugar a los dados. Tres mariposas, y uno de los nuestros volaba por encima del muro. Pum, así de fácil.

 Micro finalista en el V Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez (Zafra- Badajoz)

Enlace a los relatos seleccionados y publicados:

http://www.colectivomanueljpelaez.org/uploads/docs/2017premio.pdf

El viento que no se va

Desde que éramos niños, padre siempre contaba que tenía un viento en el corazón. Un viento que era, a la vez, su espada y su salvación. Su espada, porque sabía dónde encontrarle a cada momento, por mucho que se escondiese. De hecho, sabía de cierto que algún día, cuando estuviese desprevenido haciendo equilibrios en el hilo de la vida, el viento soplaría tan fuerte que se lo llevaría. Su salvación, porque ese mismo viento le impulsaba a volar tan alto como sus alas le permitían, a sorberse el aroma de las horas y capturar la esencia de los instantes mágicos, como los que vivía a nuestro lado.

Siempre que sucedía algo extraño en casa o desaparecía cualquier cosa todos echábamos la culpa al viento de papá, que lo revolvía todo a su paso. Nos acostumbramos tanto a su presencia que no lo oímos cuando comenzó a soplar más y más fuerte, pues para entonces el viento ya era nuestro amigo, uno más en nuestra casa que se sentaba con  nosotros a la mesa, y nos acompañaba en nuestro caminar.

Recuerdo que aquella noche hubo una gran tormenta y el viento se puso pesado hasta hacernos rabiar. Yo estuve a punto de levantarme y decirle a papá que sujetase el suyo con fuerza, no fuese a armar algún estropicio, pero tuve la cobardía de quedarme bajo las sábanas, contando los truenos que caían y rezando a Santa Bárbara para que cesase el temporal.

Por la mañana nos despertó el llanto de mamá. Mi hermano y yo corrimos hasta su habitación amedrentados, y la vimos sentada en la cama, cubriéndose el rostro con las manos. El balcón estaba abierto, y una brisa suave y fresca entraba por todo el cuarto, pero no vimos a papá. Únicamente sus zapatos, negros y relucientes, al pie de la baranda, nos indicaban que esta vez había volado de verdad.

MVF

Relato elaborado para el concurso de Zenda libros bajo el lema: viento.

 

 

 

 

 

 

 

 

El legado del viento

imagen: https://www.youtube.com/watch?v=dB5hArlQ7qs

Pasaron muchas cosas antes de llegar a este tiempo. Pasaron mujeres jóvenes con cinturas de media luna y ojos de ensueño, mujeres cuyas cinturas crecieron como la luna llena, hasta arrojar cuerpos con pies de barro y alma de cielo. Mujeres que pasaban por el camino de la vida con niños prendidos a sus faldas, que llamaban a mi puerta para anunciarme el parto de otras mujeres: ¡Venga rápido, doña Asunción, que la reclama una criatura! Niñas que vi crecer hasta convertirse en  muñecas rusas que portaban otras muñecas, generación tras generación.

Me gustaba el silencio de mi casa. Me gustaba saber que yo, la partera Asunción, sería la última mujer de mi estirpe. Nunca me sentí culpable de no perpetuar mi apellido, de no ceder el legado de traer vidas al mundo a una nueva Asunción. Después de haber asistido, apenas cumplida la mayoría de edad,  a más de un centenar de partos al año durante varias décadas, consideré cubierta esa función. Nunca envidié esos vientres redondos, ese pálpito interno de piernas y manos, ese romperse hasta partirse en dos, con ese tijeretazo de cordón que, pese a la separación, nunca termina de cortarse.

Después de asistir a un parto, volvía al silencio de mi casa, solo turbado por el fragor del viento, que me hablaba de mundos en los que no existía la escisión, la sempiterna pena por la carne de tu carne. En los que no había mujeres siempre a punto de dar a luz, llantos desesperados de recién nacidos en busca de un pezón caliente.

Y aquí estoy ahora. Ya no pasan delante de mi casa mujeres de cinturas crecientes, abuelas apresuradas. Mi única compañía es el viento, que entona una canción con mi nombre: emigraré a un país de luz sin sombra.

 

MVF ©

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo el lema #palabrasalviento

El día dos de cada mes

El día dos de cada mes, Asunción Buenaventura salía del cuadro, se sentaba con Don José al calor de la vieja estufa, y fumaban puros “Don José Correa” hasta que se les nublaban los ojos del humo y el cuerpo les pedía juerga. Entonces, como en un ritual acordado de antemano, Asunción se iba despojando de la ropa y Don José saboreaba cada trozo de carne que iba dejando al descubierto. Nunca se preguntaron por qué se juntaban siempre en día dos ni querían saberlo. El resto de los días, Don José se conformaba con aparecer de perfil en cada uno de los puros, y Asunción con decorar la pared de la vieja fábrica.

                                                                      MVF©

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar el volumen de Microrrelatos de Realismo Mágico EL Legado de Gabo, en homenaje al escritor Gabriel García Márquez.
Publicado en la revista Valencia Escribe (01/05/2017) https://www.yumpu.com/es/document/fullscreen/58321161/ve-33-mayo/26
(Imagen de origen: lysia.l.y.pic.centerblog.net/o/9d575f9a.jpg)

Ser tú

Resultado de imagen de imágenes de libros

Tú que me lees, no sabes, lo que yo daría por traspasar el papel de este libro y convertirme en protagonista de tu vida. Siquiera un momento ser de carne y hueso; aunque la carne pese y los huesos duelan. Salir al balcón de tu casa y respirar el aire de tu jardín, adormecerme en el sofá cómo tú, cuando escuchas música. Enfadarme una y otra vez con tu compañero de piso. Salir a la calle, aunque me caiga y tenga que levantarme una y otra vez, aunque el tiempo me desgaste y un día quede de mí sólo un nombre y un par de fechas. Saber que he vivido. Salir de estas líneas en las que duermo todos los días, siempre dentro de la misma historia. Poder sacudirme el pelo de la cara, sentir el calor del sol, oír el ruido de la lluvia golpeando tus ventanas. Vivir tu vida y, si me cansase, escribir inventando otra.

Micro publicado en la red Falsaria, en la revista digital Valencia Escribe, y presentado al concurso de Zenda Historias de libros.

Soñando a salvo

Una vez leí que el caos es una ley natural y el orden un sueño del ser humano, que necesita seguridad hasta en el movimiento y el cambio. Pues qué puede ser más seguro que un sueño,  pensé, que esa diminuta burbuja que crece y crece hasta llenar todo nuestro espacio. Un lugar seguro pueden ser unos brazos abiertos que nos esperan, el regazo de una montaña cuando estás cansado y te sientas en uno de sus huecos, pero también las páginas de un libro, que rompen el muro del silencio y te hablan al oído de mundos que nunca hubieras imaginado. Un lugar seguro es la historia en la que encuentras un reflejo de ti sin esperarlo. Sabes que nunca antes la oscuridad fue tan mansa, la luz iluminó tantos colores. Y olvidas ya quién fuiste, dónde ibas, porque llegas a casa. Todo lo que después ocurra, todo lo que destruya el viento, puede ser soportado, mientras el árbol de los sueños se sostenga para seguir soñando.

 

Microhistoria para el concurso de Zenda Historias de libros

Libro al que hago referencia: En lugar seguro (Wallace Stegner)

Cita: El caos es la ley de la naturaleza, el orden es el sueño del hombre (Henry Brooks Adams)

El cielo abrasador

Perdidos en sus respectivos mundos –-espejos de los nuestros―  girando en la espiral viciosa del ataque y la retirada, Port y Kit hicieron el equipaje que les llevaría de vuelta a sus profundos miedos, más allá del espejismo y la dureza del desierto del Sahara. Allí, donde el que escribe olvida el libro y emprende su propio viaje para irse, por momentos con uno, antes de encontrarse en el otro, fue donde acerté a vernos. Siendo Paul, creé a Port a través de las quejas de Jane, e intenté hacer lo mismo con Kit, pero ella, al igual que mi compañera, viajaba sola, bajo la implacable mirada del cielo, en el que un sol de fuego como ninguno, alumbraba sus pasos de barro.

Microhistoria para el concurso de Zenda Historias de libros

#historiasdelibros

Libro en el que se basa el texto: El cielo protector (Paul Bowles)

 

Humedades

El año en que me enamoré de él llovió tanto que, de ahogarme entre mis lágrimas de noche y cambiar mis pies mojados durante el día, asomaron nenúfares por todas partes: abriéndose entre las baldosas de casa, reventando los desagües del baño, invadiendo el agua sucia de la bañera y la funda de mi almohada. Al final de aquel torrencial año, justo cuando él anunció su boda con una chica que parecía la doble de Melissa Gilbert y comenzó a edificar su casa en la pradera, me di de bruces en la biblioteca con un libro El año del diluvio, de Eduardo Mendoza, y supe que era una señal. Llorosa y desesperada, forré dos ejemplares con los últimos nenúfares recién abiertos, y se los entregué de regalo de bodas, para que la pena que me habían causado regresase con ellos y nunca les faltase el agua.

Para el concurso de Zenda Historias de libros:

#historiasdelibros

Libro citado en el texto: El año del diluvio (Eduardo Mendoza)

Alquimia

Resultado de imagen de imágenes de plumas con sangre

Cuando comenzaba a escribir daba igual lo que vertiese. Penas descarnadas florecían cual hortensias silvestres sobre el teclado, cuchillos hambrientos de sangre se transformaban en metáforas universales y hasta los pedazos de noche, esos que nadie quiere, de triste miseria y desgarro de bilis, que caen por el agujero del tiempo, fructificaban en girasoles de letras, conformando un cuadro de palabras. Solo ella se daba cuenta de que la belleza que vomitaba en sus textos era directamente proporcional a la ponzoña que tragaba, de que su hambrienta pluma se nutría, al igual que Dorian Grey en el libro de  Wilde, de la vida en su forma más primitiva: sangre transmutada en tinta, fuego apagado con lágrimas.

 

Historia elaborada para el concurso de Zenda Historias de libros:  #historiasdelibros

Libro citado en el texto: El retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde)

Suave es la noche cuando no regresas

Recuerdo tu mirada la primera vez que nos vimos. Tus ojos verdes invitándome a perderme dentro de ellos. No olvido las tardes, abiertas de par en par para nosotros, como las hojas de un libro aún por escribir. La boda, contigo vestido de príncipe con levita, y yo de blanco inmaculado como la mejor de las novias. Después… los golpes desdibujan mi memoria, van y vienen las noches de pasillos sanitarios, los  puños llenos de sangre. Los ojos rotos, el recuerdo herido, y tú, cada vez más pequeño cuánto más grandes son tus manos. Suave es la noche, era el libro de cabecera de mi cama. Suave, como los rostros de nuestros hijos, como las sábanas de la noche de bodas, como tu voz pidiéndome perdón de rodillas. Suave es la noche, amor, suave, aunque a golpes de yunque te recuerde. Hoy has salido temprano y me he quedado un tiempo mirándote. Tu espalda recortada contra el día que amanece tan blanco. El coche no tiene frenos y no lo sabes. Suave es la noche cuando no regresas. Sé que hoy cerraré los ojos tranquila, aunque me despierte el sonido del teléfono. Conmigo quedará el que un día fuiste, el de los ojos verdes. El otro, el que ahora veo arrancar el coche, dormirá para siempre con los ojos abiertos.

Historia elaborada para el concurso de Zenda #historias de libros: #historiasdelibros

Libro citado: Suave es la noche (Scott Fitzgerald)