Un paso por delante

Martín intentó matar el tiempo de todas las formas posibles: escondiendo el reloj debajo de la cama, concentrándose en el ahora para alejarse del segundero, haciendo tortas con nata y hasta apagando el reloj de un manotazo. Pero el tiempo continuaba, impasible, sonando en las campanas de la vieja torre y cambiando el color del día a su paso. Entonces Martín tomó la mejor decisión de su vida: cargarse el tiempo a la espalda.

MVF©

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior
Micro basado en la imagen propuesta por el colectivo VE (Valencia Escribe)
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Una historia de bandidos

 

La imagen puede contener: exterior
Foto extraída de la red e inspiradora del presente ejercicio, propuesta por VE (Valencia Escribe)

 

Con esa indumentaria de detective clásico llamaba irremediablemente la atención. Tanto que, dos calles antes de llegar al local de la fiesta de disfraces, tuvo que entrar de forma apresurada en la lavandería para evitar que su ex, disfrazada de Bonnie junto a ese bandido de Clyde por el que lo había abandonado, le disparase haciéndose la confundida desde las ventanas del Ford V8 por las que hacía asomar la punta de su metralleta.

 

Recordando a los míticos forajidos Bonnie Parker and Clyde Barrow

El plan

 

Comenzaba a ponerse el sol entre la arboleda cuando me puse en marcha. Había dejado a mis hermanos durmiendo tranquilamente en la casa del ogro, una vez que me aseguré de que este cayera a plomo desde el andamio. Su mujer era buena y consentiría de buen grado casarlos con sus siete hijas. Por mi parte, con  las  botas del gigante,  pensaba recorrer el mundo, hacerme cartero y llegar a ser tan famoso que narraran mi vida en un cuento.

 

Relato finalista en el I Certamen de Microrrelatos María de Molina, basado en la fotografía propuesta.

https://www.mariademolina24ediciones.es/resultados-del-certamen

 

 

La dote

 

El anciano tiembla junto a la chimenea apagada. Apenas un rescoldo  del fuego perdura en la forma de una brasa medio cubierta por la ceniza. No se atreve a alzar la vista hacia el cuadro que preside el salón y revela el rostro de una noble dama: la que un día fuera su esposa. ¿Qué vas a hacer con nuestras tres niñas? Siente en su fuero interno que le pregunta la mujer. Pensaba casar este invierno a la mayor,  pero lo ha perdido todo, no le queda más que un tesoro: la juventud de sus tres doncellas. El terrible Igor vendrá a buscarlas mañana para llevárselas a su casa de citas. Gotas de helado sudor recubren la frente del padre, que se sobresalta al oír un ruido. Pájaros en el tejado, piensa, mientras acuden a su mente otros pájaros, los que tienen sus hijas, ignorantes de su destino, en sus bellas cabezas. El ruido se intensifica y suena ahora como un aleteo. Lo mismo es un murciélago, se dice, que  ha quedado atascado en el tiro.  Aún no termina de pensarlo cuando una bolsa cae desde el agujero de la chimenea, levantando una nube de ceniza. El anciano la recoge,  confuso, y abre los ojos como platos al descubrir su contenido: San Nicolás acaba de arrojarle una bolsa llena de monedas, salvando con su regalo, el porvenir de sus tres hijas.

 

Texto elaborado para Zenda libros 

#cuentosdeNavidad

Genio y figura

Imagen extraída de la red

Todo iba como la seda hasta que llegó el mexicano. Después de tantas generaciones durmiendo en paz, las cosas comenzaron a ir de mal a peor en cuánto llegó el cuate. De repente todo fue ruido de cuerdas, de cantos y de trompetas. El nuevo era aficionado al mariachi y se pasaba las noches dale que te pego con sus ensayos. Mira que se lo dijimos, hasta doña Asunción le fue a tocar a su lápida. Pero él erre que erre con su México, hijo, que no había forma de abrirle los ojos y hacerle ver que no era música para estos lares. Para cuando llegó el día de los muertos, ya tenía toda una banda de aficionados coreándole. Nada, que al final, tanto fue el ruido que los vecinos llamaron al señor párroco, y entre todos lo llevaron al cementerio nuevo, que al estar recién edificado aún no contaba con inquilinos, pero fue inútil, porque el muy padre, todas las noches de Dios se escapa.

 

Texto elaborado para el concurso de Zenda Libros, Historias del día de muertos.

#DíadelosMuertos

 

El duelo

Fuente de la imagen: exottica.com

A Gabriela se le murió la mascota nada más arribar a México. La pobre, llevaba días sin ingerir alimento y su color había mutado a un tono de lo más fangoso. Pero la niña Gabriela culpó por siempre del óbito a la tierra de los chilangos, como se empeñó en llamarlos desde que oyó el término. De poco sirvieron los intentos de toda la familia por conseguir que disfrutase de su estancia en la república mexicana. La niña estaba de luto por Minerva, que así se llamaba la difunta mascota, y persistía, erre que erre, en llorarla y llorarla. Cuando la festividad del día de los muertos, tan reconocida y celebrada en el territorio, se acercaba, todos miramos con recelo a Gabriela; la cual, por primera vez en muchos meses, pareció reanimarse y se apuntó con gran entusiasmo a los talleres para celebrar la festividad. Catrinas, centros llenos de cempasúchil, velas y calaveritas, comenzaron a salir de sus manos para adornar un altar en el que la deidad era su muerta favorita: una putrefacta tortuga, que la niña jamás había enterrado, y lucía ahora adornada con brillantes collares y una abundante melena rubia.

 

Relato presentado al Concurso de Historias del Día de Muertos de Zenda libros y que resultó seleccionado como finalista.

#DiadelosMuertos

Retorno

 

La imagen puede contener: 1 persona, agua
Fotografía: Juan Felipe López Arbide

 

Miraba el paisaje maravillado, como si nunca antes hubiese visto la nieve en las montañas que lo vieron crecer, y volvía a oír, como si viajase junto a él, la voz de su padre diciéndole: “Algún día volverás y lo verás todo con otros ojos”.

Micro basado en la imagen, elaborado para el espacio Viernes Creativo (El Bic Naranja)

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/08/viernes-creativo-escribe-una-historia-203/?c=6392#comment-6392

https://www.facebook.com/groups/101042810429852/permalink/135167373684062/

A un tiro de piedra

Sucedió un aciago día de invierno. Digo lo de aciago porque en clase de lengua justo acabábamos de descubrir que esta palabra significa infeliz, infausto. Con nuestras mochilas a la espalda retomamos el camino hacia el pueblo y al llegar a la mitad del trayecto, cuando ya se divisaban las casas blancas con sus chimeneas tiñendo el cielo de gris, nos dimos cuenta de que faltaba Elvira, la más pequeña de los hermanos. Fue Tomé el que dio la voz de alarma y todos arrojamos las carteras al suelo para volver tras ella. La llamamos a gritos y nos dividimos para buscarla. Entre los cuatro, peinamos toda la zona y no dejamos arbusto sin rastrear, pero no encontramos señales de Elvira. Siempre había sido una niña distraída, y era tan delgada que casi podía verse a través de su cuerpo.

Llegamos a casa desconsolados, llorando a moco tendido. Papá, que sintió nuestro llanto, nos salió al encuentro desde el cobertizo, llevándose las manos a la cabeza al notar la ausencia de nuestra hermana.
ꟷ¿Cómo pudo pasar esto? ꟷNo hacía más que preguntar.
Aquella noche, alguien tiró una piedra a los cristales de mi ventana:
ꟷNo se lo digas a nadie, Juan ꟷpidió una niña tan transparente que a través de ella pasaba la luz de la luna— solo quería jugar a ver si me encontrabais, pero ni yo misma pude hallar el camino de vuelta.

Microcuento publicado en el Nº3 de la revista El Callejón de las Once Esquinas

El loco y el mar

 

Fondosg.com/Playa de las Catedrales (Ribadeo-Lugo)

 

Nadie sabía de dónde había venido. Apareció por el lugar una mañana de primeros de julio, y repetía la misma ruta todos los días. Bajaba a la playa temprano y se quedaba junto a las rocas, donde extendía sus dos toallas. Una al sol y otra a la sombra. Siempre dos. A mediodía, sacaba dos bocadillos de la bolsa térmica y dos bebidas. Su conducta captaba enseguida la atención de los turistas, que se extrañaban de verle gesticular solo, y lo tomaban por loco al oírle hablar en voz alta, como dirigiéndose a alguien que parecía tener siempre presente. Al volver de la playa, se detenía muchas veces en las tiendas de souvenirs que bordeaban la costa, y pedía a las dependientas que le mostraran collares, anillos y demás abalorios femeninos que insistía en probar a una imaginaria mujer que nadie veía.

Pronto la gente comenzó a referirse a él como el loco de la novia y dejó de extrañarse de sus manías. Los camareros le servían las consumiciones por partida doble sin preguntar, y en el cine sellaban sus dos entradas como si tal cosa. Toda esta falsa normalidad cambió la tarde en la que, en uno de los chiringuitos de la playa, una persona lo reconoció. Enseguida, trataron de retenerle para contactar con su familia, que había denunciado hacía un tiempo su desaparición. Pero Jaime, que así resultó llamarse nuestro protagonista, aprovechó un descuido y se largó. Al parecer, no había podido superar la muerte de su novia el pasado verano, que se ahogó en el mar pese a todos sus esfuerzos por salvarla y cuyo cuerpo no habían logrado recuperar. Se organizaron grupos de búsqueda para encontrar a nuestro hombre, y no quedó un rincón de la isla por registrar. Al fin, cuando ya se había perdido toda esperanza sobre su paradero, un turista dio la voz de alarma: en el rincón de la playa donde Jaime extendía sus dos toallas, habían hallado, dobladas y casi ocultas entre las rocas, dos notas escritas con la misma caligrafía, y en la que constaba el mismo mensaje, eso sí, firmado con distintas firmas:

Buscadnos en el mar.

 

Relato presentado al concurso de Zenda libros #AmoresDeVerano

 

Tic, tac

Resultado de imagen de fotos de reloj

 

Tic, tac. El reloj, como un arma arrojadiza. Un misil disparado al corazón. Tic, tac. Y tus labios sobre mis labios, tu cuerpo helado, buscando cobijo en mi interior.

Tic, tac. Y una balsa a punto de partir dejándome sola en un rincón. Tic, tac. Y un verano añadiendo fuego, cuando no queda más que la memoria de lo que se ha vivido por quemar.

Tic, tac. Y tu nombre sobre el atlántico, y en mis días la certeza de que no volverás.

 

Texto presentado al concurso de Zenda #AmoresDeVerano